Marte no siempre fue el desierto frío y oxidado que recorren actualmente los róveres. Hace más de 3.500 millones de años, el agua llenó cráteres, transportó sedimentos y excavó redes de valles que todavía pueden observarse desde el espacio.
Eso no significa que fuera un gemelo exacto de la Tierra ni que tuviera necesariamente cielos azules. Los modelos sobre su clima siguen ofreciendo escenarios diferentes, desde periodos relativamente cálidos y húmedos hasta episodios breves de deshielo separados por largas etapas frías. Lo que sí muestran las rocas es que hubo ambientes donde el agua líquida permaneció el tiempo suficiente para transformar profundamente el paisaje.
La pregunta decisiva es si esos ambientes fueron solamente habitables o si llegaron a estar habitados.
Lagos capaces de conservar señales de vida
Perseverance explora el cráter Jezero, donde hace más de 3.500 millones de años existieron un río, un delta y un lago. Sus sedimentos contienen arcillas y otros minerales capaces de conservar moléculas orgánicas y posibles rastros microscópicos durante miles de millones de años.
Curiosity ha encontrado en el cráter Gale antiguas rocas sedimentarias, moléculas orgánicas y pruebas de que allí también existieron lagos potencialmente habitables. En 2026, la NASA anunció la identificación de 21 moléculas de carbono en una muestra perforada por el róver, siete de ellas nunca detectadas antes en Marte. Sin embargo, las moléculas orgánicas pueden originarse mediante procesos geológicos y no constituyen por sí mismas una prueba de vida.
La señal más intrigante procede de Cheyava Falls, una roca estudiada por Perseverance. Sus manchas contienen minerales y reacciones químicas que en la Tierra pueden relacionarse con microorganismos, pero también pueden producirse sin intervención biológica. La NASA la clasifica como una biofirma potencial, no como el descubrimiento de vida marciana.
Marte perdió buena parte de su protección
El planeta comenzó a transformarse cuando desapareció su campo magnético global. Sin esa protección, su atmósfera quedó más expuesta al viento solar, que durante miles de millones de años ayudó a expulsar gases hacia el espacio.
La pérdida atmosférica no fue probablemente un único cataclismo ocurrido en una fecha concreta, sino un proceso prolongado en el que también participaron reacciones químicas, el almacenamiento de dióxido de carbono en las rocas y la menor actividad interna del planeta. A medida que disminuyeron la presión y el efecto invernadero, el agua superficial dejó de ser estable y Marte se volvió progresivamente más frío y seco.
Cualquier ecosistema superficial habría tenido que adaptarse, desaparecer o desplazarse hacia lugares protegidos.
¿Pudo la propia vida enfriar el planeta?
Un modelo publicado en Nature Astronomy planteó una posibilidad sorprendente. Si el Marte primitivo albergó microorganismos que consumían hidrógeno y dióxido de carbono para producir metano, su metabolismo podría haber alterado la composición atmosférica.
En las condiciones propuestas por el modelo, la reducción del hidrógeno habría debilitado el efecto invernadero y enfriado el planeta varias decenas de grados. La vida no habría provocado necesariamente su extinción completa, pero podría haber vuelto inhabitable la superficie y obligado a los microorganismos a desplazarse cada vez más profundamente.
Se trata de una simulación sobre una biosfera hipotética. No demuestra que esos microbios existieran ni que fueran responsables de la transformación climática de Marte.
La última frontera está bajo la superficie
El subsuelo ofrece protección frente a la radiación ultravioleta y cósmica. Además, las reacciones entre el agua y ciertos minerales pueden producir hidrógeno y otras fuentes químicas de energía, como ocurre en la biosfera profunda terrestre.
Un análisis de las ondas sísmicas registradas por la misión InSight propuso que las rocas situadas aproximadamente entre 11,5 y 20 kilómetros de profundidad podrían contener suficiente agua líquida para cubrir Marte con un océano de entre uno y dos kilómetros. Sin embargo, otros investigadores han señalado que los datos también pueden explicarse mediante minerales, hielo o diferentes estructuras rocosas. La existencia de una corteza completamente saturada de agua continúa sin estar confirmada.
Las señales de radar detectadas bajo el polo sur también fueron interpretadas inicialmente como lagos salados, pero algunas aparecen en regiones demasiado frías y podrían proceder de arcillas, hielo u otros materiales reflectantes.
La respuesta puede estar encerrada en los tubos de Perseverance
Perseverance ya ha sellado decenas de muestras marcianas, incluida la procedente de Cheyava Falls. Analizarlas en laboratorios terrestres permitiría buscar estructuras microscópicas, proporciones isotópicas y moléculas demasiado complejas para los instrumentos instalados en un róver.
Sin embargo, Mars Sample Return sigue siendo un concepto de misión futura. La NASA continúa evaluando cómo recuperar los tubos y devolverlos a la Tierra, sin una arquitectura ni un calendario definitivo públicamente confirmados.
Por ahora existen tres posibilidades: que Marte nunca desarrollara vida, que su biosfera desapareciera al perderse los ambientes superficiales o que algunos microorganismos continúen aislados a kilómetros de profundidad.
Marte puede estar biológicamente muerto. También podría conservar fósiles químicos de un ecosistema perdido o una biosfera tan profunda que ninguna misión haya logrado acercarse todavía. El verdadero enigma no es solo dónde está la vida marciana, sino si alguna vez llegó a existir.