Un planeta que se arruga a medida que se enfría
Mercurio es el planeta más pequeño del sistema solar y también uno de los más extraños. Su enorme núcleo metálico ocupa buena parte de su interior y, desde que el planeta se formó hace unos 4.500 millones de años, ha ido perdiendo lentamente el calor acumulado durante aquella etapa inicial.
Al enfriarse, su interior se contrae. Y cuando el interior reduce su volumen, la superficie debe adaptarse. El resultado son enormes escarpes y crestas de contracción, auténticas arrugas planetarias que pueden extenderse durante cientos de kilómetros.
Durante décadas, los científicos utilizaron precisamente esas estructuras para calcular cuánto había disminuido el tamaño de Mercurio. Pero un nuevo trabajo publicado en Geophysical Research Letters sugiere que estaban viendo solamente una parte de la historia.
Los cráteres estaban ocultando las pruebas
El estudio, liderado por Gaku Nishiyama, del Centro Aeroespacial Alemán, comparó mapas de las estructuras tectónicas de Mercurio con un nuevo mapa global de la rugosidad de su superficie.
Y apareció un patrón llamativo.
Las regiones más accidentadas mostraban muchas menos estructuras de contracción que las zonas más lisas.
Eso no significa necesariamente que allí Mercurio se haya encogido menos. Los investigadores creen que los impactos de asteroides y cometas producidos durante miles de millones de años pudieron cubrir muchas de aquellas antiguas arrugas con cráteres y grandes cantidades de material expulsado.
Es decir, las estructuras siguen estando ahí, pero parte de ellas ya no puede verse fácilmente desde el espacio.

Mercurio podría haber perdido hasta 23 kilómetros
Al corregir ese posible sesgo, los investigadores calcularon que la contracción global del planeta habría sido entre un 10% y un 30% mayor de lo estimado anteriormente.
Eso elevaría la reducción total de su diámetro hasta aproximadamente 23 kilómetros desde que Mercurio se formó. La cifra sigue siendo pequeña comparada con sus cerca de 4.880 kilómetros de diámetro actuales, pero para los científicos supone una diferencia importante.
Saber cuánto se ha contraído un planeta permite reconstruir cómo se ha enfriado su interior y proporciona pistas sobre la composición y el tamaño de su núcleo.
Un Mercurio que se contrajo más de lo esperado podría obligar a revisar algunos modelos sobre su evolución térmica.
MESSENGER permitió descubrirlo años después de terminar su misión
Los investigadores trabajaron principalmente con información recopilada por MESSENGER, la misión de la NASA que orbitó Mercurio entre 2011 y 2015.
Aquí hay una corrección importante respecto a algunas versiones de la noticia: MESSENGER no llegó a Mercurio en 2021. La sonda entró en órbita en 2011 y terminó su misión en 2015 al impactar de manera controlada contra el planeta.
Sus datos continúan produciendo descubrimientos más de una década después.
Sin embargo, existe un límite: las observaciones disponibles dificultan identificar estructuras de apenas unos kilómetros, por lo que incluso la nueva estimación podría seguir siendo incompleta.
BepiColombo podría resolver el misterio
La próxima gran oportunidad llegará con BepiColombo, la misión conjunta de la Agencia Espacial Europea y la agencia japonesa JAXA.
La nave ya se encuentra en su fase de llegada, pero todavía no ha entrado en órbita alrededor de Mercurio. La inserción orbital está prevista para el 21 de noviembre de 2026, y su fase científica comenzará en abril de 2027.
Sus instrumentos podrán estudiar la topografía de Mercurio con mayor detalle y buscar escarpes y crestas que MESSENGER no pudo distinguir.
Si aparecen muchas más de esas estructuras escondidas entre cráteres y escombros, la conclusión será clara: Mercurio se encogió todavía más de lo que acabamos de descubrir.