Imagen: Alfredo Estrella

El estado mexicano de Sinaloa es la base del cartel de Sinaloa, una de las más poderosas organizaciones del tráfico de drogas de México. Concretamente en la ciudad de Culiacán se encuentra el cementerio donde los capos van a yacer eternamente. Y, evidentemente, lo hacen al más puro estilo narco.

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Cerca de 50.000 personas han muerto por culpa de la violencia relacionada con las drogas en M√©xico seg√ļn el Gobierno del mismo pa√≠s, pero no todos son recordados. Los narcotraficantes y traficantes de bajo nivel, o los civiles que se han visto atrapados en el fuego cruzado, a menudo fueron dejados en fosas comunes o arrojados sin contemplaciones por el borde de la carretera. Si no ten√≠an qui√©n los reclamara, a menudo ni siquiera aparecen en las cifras.

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La otra cara de la moneda es c√≥mo pasan al otro lado los grandes se√Īores de la droga. La diferencia es notable. En el cementerio de Jardines del Humaya descansan los restos de algunos de los narcotraficantes m√°s famosos, como Arturo Beltr√°n Leyva, Ignacio ‚ÄúNacho‚ÄĚ Coronel, Gonzalo Araujo y miembros de la familia del G√ľero Palma.

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Imagen: Alfredo Estrella

Otras tantas tumbas no tienen nombres para evitar que sean identificadas y, por tanto, evitar ser objeto de vandalismos debidos al odio. Cuando es as√≠, est√°n decoradas con fotos del fallecido. Por las im√°genes se puede apreciar que una buena mayor√≠a fueron asesinados entre sus 20 y 30 a√Īos, aunque incluso hay tumbas que parecen de ni√Īos.

Muchos de nosotros, aunque cont√°ramos con una fortuna suficiente para afrontar el desembolso, no se nos ocurrir√≠a hacer una cripta tama√Īo mini chalet a nuestros muertos. Sin embargo, hay que entender que M√©xico tiene una larga historia de conmemoraci√≥n de la muerte celebrando la vida.

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El D√≠a de Muertos es nacionalmente muy importante. Como a√Īadido, las tumbas ostentosas son vitales para los se√Īores de las drogas. Est√°n dispuestos a gastarse la suma que sea necesarias para que sus patriarcas disfruten de la vida eterna en un lugar que conmemore sus formas de vida. Se ha comparado con una suerte de tributo al estilo fara√≥n egipcio: la similitud est√° en que ambos lugares fueron construidos para simbolizar la ascensi√≥n de alguien importante y temido, y demostrar que de alguna manera a√ļn lo es: tanto importante como temido.

Imagen: Alfredo Estrella

Las tumbas, algunas de m√°s de dos y tres pisos, cuentan con todo tipo de comodidades para los visitantes: las hay con aire acondicionado, cristales blindados, sistemas de seguridad o iluminaci√≥n exterior. Por dentro est√°n equipadas con habitaciones, cocina, zonas donde los ni√Īos pueden jugar de forma segura o salas de estar con sof√°s. El muerto nada pide, pero al que le visita nada le falta.

Vista aérea del cementerio.

Los terrenos de este cementerio se venden en bloques de 1,10 por 2,25 metros, la medida est√°ndar de un ata√ļd en el pa√≠s, pero para poder hacer estas construcciones se ven obligados a comprarlos en bloques de tres, que se venden por 30000 pesos (algo menos de 1400 euros al cambio, m√°s de 2000 d√≥lares estadounidenses).

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Imagen: Alfredo Estrella

Aparentemente, si bien este cementerio fue construido en 1966, la tendencia de enterrar a los narcos aquí comenzó en la década de los 80, cuando fue inhumado Lamberto Quintero, un famoso traficante de marihuana que fue abatido por la espalda a ráfagas de rifles AR-15. Después de este siguió Inés Calderón Quintero, uno de los primeros en introducir cocaína en Estados Unidos y fallecido en un tiroteo con agentes policiales.

Con el tiempo, seg√ļn fueron ensangrent√°ndose las disputas entre c√°rteles de la droga, las familias han entrado en una especie de competici√≥n, probablemente t√≠pica de los narcos: querer tener m√°s opulencia que el de al lado; aumentando as√≠ la demanda de espacios en el camposanto. De todas formas, como resultar√° evidente, lo m√°s barato acaba siendo el terreno.

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Imagen: Alfredo Estrella
Imagen: Alfredo Estrella

As√≠, las construcciones se superan d√≠a a d√≠a e, ir√≥nicamente, los arquitectos de mausoleos de la regi√≥n, los constructores en general y los organizadores de eventos para el d√≠a de los difuntos se benefician de esas mismas personas que tanto mal les hicieron: no les falta demanda y por tanto no les falta trabajo. El cementerio en cuesti√≥n ha terminado siendo un ‚Äúpatrimonio cultural‚ÄĚ y un motor econ√≥mico para la ciudad.

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Por supuesto, este efecto positivo no intencionado no ser√° ni por asomo suficiente como para pagar el da√Īo que la mayor√≠a hizo en vida y desearles descansar en paz pero s√≠ les concede cierta inmortalidad. Al fin y al cabo, siguen influyendo en la vida de los vivos, aunque sea de una extra√Īa manera.