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Ciencia

NASA ya está ensamblando una nave del tamaño de un coche para cruzar el sistema solar. Cuando llegue a Titán hará algo que ningún laboratorio móvil ha intentado antes

Dragonfly viajará durante más de seis años hasta la mayor luna de Saturno. Allí despegará, aterrizará y analizará distintos lugares de un mundo con dunas orgánicas, una atmósfera espesa y lagos donde no corre agua.
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Todavía no está completamente terminada, pero ya ha comenzado a parecerse a la máquina que algún día volará sobre Titán. NASA y el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins están ensamblando Dragonfly, una nave de propulsión nuclear con el tamaño aproximado de un coche y una apariencia más cercana a la de un enorme dron que a la de los rovers utilizados en Marte.

A finales de junio de 2026, el equipo entregó antes de lo previsto el fuselaje de casi cuatro metros de longitud y comenzó a integrar sus sistemas mecánicos, térmicos y eléctricos. En los próximos meses, la estructura recibirá el cableado, los ordenadores de vuelo, los instrumentos científicos y el resto de los componentes necesarios para sobrevivir a un viaje de más de seis años. Por tanto, NASA no ha presentado todavía la nave completamente terminada, sino una misión que acaba de entrar en una de las fases más visibles de su construcción.

Dragonfly tiene previsto despegar no antes de julio de 2028 y llegar a Titán a finales de 2034. Si el calendario se mantiene, será enviada hacia Saturno para hacer algo que ningún laboratorio móvil ha intentado hasta ahora: volar repetidamente entre diferentes regiones de otro mundo, aterrizar, tomar muestras y continuar después hacia un nuevo destino.

No será el primer vehículo que vuele fuera de la Tierra, pero jugará en otra liga

NASA ya está ensamblando una nave del tamaño de un coche para cruzar el sistema solar. Cuando llegue a Titán hará algo que ningún laboratorio móvil ha intentado antes
© NASA/JPL-Caltech.

El pequeño helicóptero Ingenuity hizo historia en 2021 al completar el primer vuelo controlado y propulsado en otro planeta. Sin embargo, aquel aparato de 1,8 kilogramos llegó a Marte como una demostración tecnológica y no transportaba instrumentos científicos. Dragonfly, en cambio, está siendo concebida desde el principio como un laboratorio volador completo.

La nave pesará unos 875 kilogramos y medirá aproximadamente 3,85 metros de largo y de ancho, con una altura cercana a 1,75 metros. Dispondrá de ocho conjuntos de rotores coaxiales, distribuidos sobre cuatro brazos, que le permitirán despegar verticalmente y desplazarse por encima de terrenos que podrían resultar complicados para un vehículo con ruedas.

Titán ofrece unas condiciones especialmente favorables para volar. Su gravedad es mucho menor que la terrestre y su atmósfera es espesa, tranquila y formada principalmente por nitrógeno. Esa combinación permite generar sustentación con mayor facilidad y convierte el aire en una vía de transporte mucho más práctica que atravesar las dunas y superficies irregulares desde el suelo.

Durante su misión principal, prevista para unos 3,3 años, Dragonfly podría visitar entre 20 y 30 lugares y recorrer alrededor de 115 kilómetros desde su primera zona de aterrizaje. Cada vuelo permitiría avanzar varios kilómetros antes de descender, estudiar el terreno y recargar sus baterías mediante un generador termoeléctrico de radioisótopos semejante al utilizado por Curiosity y Perseverance.

El viaje durará seis años y el aterrizaje será muy diferente al de Marte

La salida está programada, por ahora, para julio de 2028. Después comenzará un crucero interplanetario de aproximadamente seis años y medio que terminará en diciembre de 2034, según explicó Elizabeth Turtle, investigadora principal de Dragonfly, en un programa oficial de NASA.

La llegada tampoco será una repetición de los conocidos “siete minutos de terror” de las misiones marcianas. La atmósfera de Titán se extiende tanto que Dragonfly necesitará aproximadamente dos horas para descender desde el punto de entrada hasta la superficie. Una vez liberada de su cápsula y sus paracaídas, la nave utilizará sus propios rotores para elegir un lugar seguro y completar la última parte del aterrizaje.

La comunicación con la Tierra dependerá de una antena de alta ganancia de 87,4 centímetros que ya fue instalada en la estructura. Permanecerá elevada cuando Dragonfly esté detenida para transmitir información mediante la Red del Espacio Profundo, pero deberá plegarse y quedar bloqueada antes de cada vuelo para evitar que las vibraciones afecten al vehículo.

Titán conserva una química que la Tierra perdió hace miles de millones de años

La mayor luna de Saturno es uno de los lugares más peculiares del sistema solar. Posee nubes, lluvia, ríos y lagos, aunque en su superficie extremadamente fría esos líquidos están formados principalmente por metano y etano. Bajo su corteza de hielo también podría esconderse un océano de agua situado a decenas de kilómetros de profundidad.

Dragonfly explorará primero las dunas ecuatoriales, ricas en materiales orgánicos, y avanzará después hacia lugares como el cráter Selk. Allí, un impacto antiguo pudo mezclar agua líquida con moléculas complejas basadas en carbono, creando durante cierto tiempo condiciones químicas especialmente interesantes para la astrobiología.

La nave podrá perforar la superficie, recoger pequeñas muestras y entregarlas a DraMS, su espectrómetro de masas, para determinar qué compuestos contienen. También estudiará la geología, el clima y las propiedades físicas del terreno. El objetivo principal no es anunciar que existe vida en Titán, sino averiguar hasta dónde puede avanzar la química antes de convertirse en biología.

Dragonfly no será simplemente un dron enviado a hacer fotografías. Será un laboratorio capaz de abandonar su lugar de aterrizaje una y otra vez. Y en un mundo donde desplazarse por el aire puede resultar más fácil que avanzar por el suelo, volar podría ser la única manera de descubrir todo lo que Titán lleva ocultando bajo su neblina.

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