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Ciencia

La NASA envió unas 3.300 abejas al espacio para averiguar si podían construir sin gravedad. Al principio chocaban contra las paredes, pero siete días después habían levantado 200 cm² de panal

En 1984, miles de abejas viajaron a bordo del Challenger sin saber dónde estaba arriba o abajo. Tras unos primeros días caóticos, comenzaron a volar, organizarse y construir panales casi normales.
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En abril de 1984, el transbordador Challenger despegó con cinco astronautas, un satélite que debía ser reparado en órbita y varios miles de pasajeros bastante menos preparados para viajar al espacio.

Eran abejas.

La NASA había colocado unas 3.300 abejas melíferas y una reina dentro de un pequeño módulo a bordo de la misión STS-41C. El objetivo parecía casi absurdo: comprobar qué ocurría con una colonia cuando desaparecía una de las referencias físicas que había acompañado a estos insectos durante toda su evolución.

La gravedad. Y, sobre todo, descubrir si todavía serían capaces de construir sus famosos hexágonos.

El problema no era sobrevivir. Era saber dónde estaba arriba

La NASA envió unas 3.300 abejas al espacio para averiguar si podían construir sin gravedad. Al principio chocaban contra las paredes, pero siete días después habían levantado 200 cm² de panal
© NASA.

El experimento nació del Shuttle Student Involvement Program, un programa de NASA y la National Science Teachers Association que permitía llevar al espacio propuestas diseñadas por estudiantes. Una de ellas fue la de D. M. Poskevich, que quería estudiar cómo construirían las abejas en microgravedad. El trabajo acabó convirtiéndose en un estudio publicado en 1985 en la revista Apidologie.

La pregunta tenía sentido porque las abejas utilizan la gravedad como una de sus referencias para orientarse dentro de la colmena y construir el panal. Meterlas en órbita significaba quitarles literalmente el arriba y el abajo. Y se notó.

Durante los primeros momentos del vuelo, algunas intentaban desplazarse como lo hacían en la Tierra y acababan chocando contra las paredes del pequeño recinto. Volar era posible, pero hacerlo de forma controlada era otro asunto.

La situación fue cambiando poco a poco. Los investigadores observaron que, conforme avanzaba la misión, las abejas parecían aprender a moverse mejor por el módulo. El caos inicial empezó a parecerse cada vez más al comportamiento de una colonia.

Después empezaron a aparecer los hexágonos

La NASA envió unas 3.300 abejas al espacio para averiguar si podían construir sin gravedad. Al principio chocaban contra las paredes, pero siete días después habían levantado 200 cm² de panal
© NASA.

Ahí llegó la verdadera sorpresa. Durante los casi siete días que duró STS-41C, las abejas construyeron alrededor de 200 centímetros cuadrados de panal. No solo produjeron cera y levantaron celdas: también utilizaron parte de ellas para almacenar el jarabe azucarado que tenían como alimento.

Cuando los investigadores analizaron aquellas estructuras después del regreso, encontraron algo llamativo. La densidad de celdas, su profundidad, diámetro y grosor de las paredes eran similares a las construidas bajo gravedad terrestre.

La diferencia estaba en la orientación. En una colmena normal, las celdas presentan una ligera inclinación relacionada con la gravedad. En el espacio, esa orientación dejó de ser consistente. Las abejas podían conservar buena parte de la arquitectura del panal aunque ya no existiera una dirección gravitatoria que les indicara cómo colocarlo.

La colonia hizo todavía más cosas. Las abejas ventilaron el recinto, distribuyeron comida y agua y mantuvieron una organización sorprendentemente funcional. La reina llegó incluso a poner unos 35 huevos dentro del panal recién construido. Ninguno sobrevivió posteriormente al traslado a una colmena terrestre, por lo que el experimento no pudo demostrar si una nueva generación podía desarrollarse con normalidad tras haber comenzado en microgravedad.

Todo esto ocurría mientras el Challenger hacía historia a pocos metros

Las abejas eran, en realidad, una diminuta parte de una misión mucho más espectacular. El Challenger despegó el 6 de abril de 1984 y permaneció en el espacio durante 6 días, 23 horas y 40 minutos. STS-41C desplegó el enorme Long Duration Exposure Facility y protagonizó una operación inédita: capturar el averiado satélite Solar Maximum Mission, repararlo mediante caminatas espaciales y volver a liberarlo en órbita.

La operación no salió bien a la primera. Los problemas para capturar Solar Max obligaron a retrasar el segundo intento, dejando una jornada adicional para otras tareas. NASA cuenta que parte de aquel día terminó dedicándose precisamente al experimento de las abejas.

La comparación resulta difícil de mejorar. Mientras unos astronautas demostraban que podían alcanzar una máquina averiada, atraparla y repararla mientras orbitaba la Tierra, a pocos metros miles de insectos estaban resolviendo su propio problema de ingeniería.

Les habían quitado el suelo, el techo y cualquier referencia gravitatoria. Y aun así encontraron la manera de seguir construyendo hexágonos.

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