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Ciencia

Neandertales y Homo sapiens empezaron a enterrar a sus muertos casi al mismo tiempo. Los arqueólogos creen que no fue solo por razones simbólicas

Los registros más antiguos de enterramientos aparecen concentrados en una misma región y época, cuando dos especies humanas convivían y competían por los mismos recursos. Una nueva interpretación propone que las tumbas pudieron funcionar como marcadores sociales y territoriales, además de rituales.
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Durante mucho tiempo, la imagen que hemos construido sobre los primeros enterramientos humanos tiene un aire casi íntimo: pequeños grupos despidiendo a sus muertos, quizá con gestos simbólicos, quizá con una vaga noción de trascendencia. Esa lectura no es errónea, pero puede ser incompleta. Al revisar los lugares y las fechas de los entierros más antiguos conocidos, algunos arqueólogos empiezan a ver algo más prosaico —y más político— detrás del gesto: la necesidad de marcar presencia en un paisaje compartido por distintas especies humanas.

Cuando dos humanidades compartían refugios

Hace más de 100.000 años, neandertales y Homo sapiens coincidieron en una franja clave de Oriente Próximo. No eran poblaciones sedentarias, pero sí grupos que volvían una y otra vez a los mismos refugios naturales: cuevas, abrigos rocosos, terrazas protegidas del viento. En un entorno así, el acceso a un buen lugar para guarecerse, cazar o establecer campamentos temporales era un recurso estratégico.

El dato llamativo es que los enterramientos más antiguos de ambas especies aparecen en esa misma región y en un intervalo de tiempo muy parecido. No se trata de dos tradiciones separadas por miles de kilómetros y siglos, sino de prácticas que emergen cuando dos humanidades comparten espacio, clima y recursos. Esa coincidencia temporal y geográfica es la que ha hecho saltar las alarmas interpretativas: quizá enterrar a los muertos no fue solo una innovación cultural, sino también una respuesta a la convivencia forzada.

Cuevas como “activos” en el Paleolítico

Pensábamos que los primeros entierros eran solo rituales. Hay quien cree que también fueron una forma primitiva de reclamar territorio
© JORGE GONZÁLEZ GARCÍA, UNIVERSITY OF SOUTH FLORIDA Y ELENA SANTOS, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.

Desde fuera, una cueva es solo una oquedad en la roca. Para grupos seminómadas del Paleolítico, era algo mucho más valioso: un refugio estable frente al clima, un punto de referencia en el territorio y, en muchos casos, un lugar al que regresar generación tras generación. En ese contexto, dejar a los muertos en el interior o en las inmediaciones del refugio podía tener un efecto muy concreto: convertir ese espacio en “nuestro”.

No hace falta imaginar una propiedad en sentido moderno. Basta con asumir que los paisajes también se construyen socialmente. Un lugar asociado a los antepasados adquiere un peso simbólico que va más allá de su utilidad inmediata. Enterrar a los muertos allí podía ser una forma de anclar la identidad del grupo al territorio y, de paso, enviar un mensaje implícito a otros grupos humanos que frecuentaban la zona.

Similitudes, diferencias y un lenguaje compartido

Los registros arqueológicos muestran que neandertales y Homo sapiens trataban a sus muertos de forma sorprendentemente parecida en algunos aspectos: seleccionaban lugares concretos, colocaban los cuerpos en posiciones relativamente cuidadas y, en ocasiones, añadían objetos al enterramiento. Las diferencias existen, pero no parecen tan profundas como para hablar de mundos culturales completamente separados.

Esto abre otra posibilidad incómoda para nuestras narrativas lineales: que ambas especies compartieran —o copiaran— prácticas culturales básicas. No sabemos si hubo imitación directa, convergencia por necesidades similares o algo más complejo. Lo que sí parece claro es que enterrar a los muertos no fue una ocurrencia aislada de una sola “humanidad”, sino una respuesta compartida a un contexto común.

Un comportamiento que aparece… y desaparece

Pensábamos que los primeros entierros eran solo rituales. Hay quien cree que también fueron una forma primitiva de reclamar territorio
© JORGE GONZALEZ/ELENA SANTOS/CNRS.

Uno de los aspectos más intrigantes es que estos enterramientos tempranos no forman una tradición continua. Aparecen en un momento concreto y, tras la desaparición de los neandertales en la región, los enterramientos humanos también se vuelven más escasos durante un tiempo. Esto sugiere que la práctica pudo estar ligada a una situación histórica específica: la convivencia y competencia entre dos especies humanas.

Si el enterramiento funcionaba, en parte, como un marcador territorial, su pérdida de sentido en ausencia de competencia directa resulta casi lógica. Cuando el paisaje deja de estar “disputado” entre humanidades distintas, quizá ya no hace falta señalarlo de la misma manera. La cultura, como la tecnología, también responde a problemas concretos.

Más preguntas que certezas

Los arqueólogos insisten en que esta interpretación no es una “solución milagrosa” que explique todos los entierros del Paleolítico. El registro es fragmentario, los yacimientos son pocos y cada hallazgo está condicionado por circunstancias muy concretas. Es probable que muchas muertes ocurrieran lejos de cuevas o refugios y no dejaran huella arqueológica reconocible.

Aun así, la hipótesis introduce una idea sugerente: que uno de los gestos más cargados de significado que asociamos a la humanidad —enterrar a los muertos— también pudo cumplir una función práctica en un mundo donde el territorio importaba tanto como la memoria. Quizá, al empezar a enterrar a sus muertos, neandertales y Homo sapiens no solo estaban diciendo “te recordamos”, sino también “este lugar es nuestro”.

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