Perder a un ser querido no siempre significa dejar de sentir su presencia. Algunas personas aseguran escuchar sus pasos, percibir su perfume o experimentar la sensación de que continúa acompañándolas, incluso mucho tiempo después de su muerte.
Aunque tradicionalmente estos fenómenos se han relacionado con experiencias sobrenaturales, la neurociencia está investigando cómo la memoria, las emociones y los mecanismos de percepción podrían explicar estas sensaciones.
Un estudio publicado en noviembre de 2025 en la revista Social Cognitive and Affective Neuroscience propone que nuestro cerebro conserva representaciones mentales de las personas importantes, incluso después de que fallecen. Estas conexiones podrían ayudar a comprender por qué algunas ausencias llegan a sentirse como presencias físicas.
Un fenómeno que experimenta hasta el 60% de las personas en duelo
Las experiencias relacionadas con la presencia de familiares fallecidos son mucho más frecuentes de lo que suele imaginarse.
Una revisión científica publicada en 2026 en la revista Mortality señala que distintas investigaciones estiman que entre el 50% y el 60% de las personas en duelo han experimentado alguna vez estas sensaciones.
Algunas describen haber escuchado una voz conocida o percibido una caricia. Otras simplemente sienten que alguien está a su lado, aunque no puedan verlo. Estos episodios pueden resultar reconfortantes, pero también provocar desconcierto o miedo.
Los científicos destacan que experimentar estas sensaciones no significa necesariamente padecer un trastorno psicológico.

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Qué sucede en el cerebro cuando perdemos a alguien
La investigadora Alicja Nowacka, de la Universidad de Auckland, desarrolló junto con sus colaboradores un modelo para explicar estos fenómenos.
Según su propuesta, el cerebro construye redes de representación de las personas cercanas mediante recuerdos, emociones y experiencias compartidas.
Estas conexiones permiten reconocer una voz, identificar determinados movimientos o anticipar comportamientos habituales. Cuando alguien muere, esas representaciones no desaparecen inmediatamente.
El cerebro continúa utilizando información acumulada durante años, incluso cuando somos conscientes de que esa persona ya no está. Aquí interviene el procesamiento predictivo, un mecanismo mediante el cual nuestra mente interpreta estímulos utilizando experiencias anteriores.
Por ejemplo, un ruido en el pasillo podría recordar los pasos de un familiar fallecido y activar una sensación intensa de familiaridad.
Sin embargo, los investigadores aclaran que este modelo todavía es una hipótesis y no demuestra definitivamente el origen de estas experiencias.
Sentir una presencia no significa tener alucinaciones patológicas
Durante décadas, algunas de estas experiencias fueron interpretadas como posibles señales de problemas psiquiátricos.
Sin embargo, diferentes investigaciones encontraron que también ocurren en personas sin enfermedades mentales.
En 1971, un estudio realizado con 293 personas viudas en Gales encontró que el 46,7% había experimentado algún tipo de percepción relacionada con su pareja fallecida. Actualmente, algunos especialistas prefieren utilizar la expresión experiencias sensoriales o cuasisensoriales de los fallecidos, evitando asociarlas automáticamente con trastornos psicológicos.
No obstante, cuando generan sufrimiento intenso o interfieren con la vida cotidiana, es importante buscar orientación profesional.
Por qué seguimos sintiendo a quienes ya no están
La psicología también estudia este fenómeno mediante la teoría de los vínculos continuos.
Esta perspectiva sostiene que las relaciones afectivas pueden mantenerse internamente después de una pérdida, mediante recuerdos, costumbres y conexiones emocionales. Sentir una presencia podría formar parte de esa continuidad afectiva, aunque todavía faltan investigaciones para comprender completamente sus mecanismos.
La ciencia no ha demostrado que estas experiencias correspondan a contactos reales con personas fallecidas.
Lo que sí revela es que nuestros vínculos emocionales pueden permanecer profundamente arraigados en el cerebro, incluso cuando quienes los originaron ya no están físicamente presentes.