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Ciencia

Querían plantar 200.000 árboles de una especie nativa para producir aceite. El problema es que para hacerlo drenaron uno de los pocos humedales que quedaban

La paradoja ocurrió en Nueva Zelanda: una plantación de mānuka, una especie autóctona asociada normalmente a restauración y biodiversidad, acabó invadiendo un humedal protegido. Hubo tierra arada, cientos de metros de canales y miles de litros de agua extraídos. Y un detalle importante: aunque el caso ha vuelto a circular en 2026, la sentencia judicial es de 2021.
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Plantar árboles suele ocupar el lado correcto de cualquier historia medioambiental. Cortarlos es el problema; poner más sobre el terreno, la solución.

En Te Araroa, al nordeste de Nueva Zelanda, ocurrió algo bastante más incómodo.

Una empresa dedicada desde los años 90 a extraer aceite de mānuka decidió levantar una plantación de unas 30 hectáreas para alimentar su fábrica. El proyecto implicó plantar alrededor de 200.000 ejemplares, según la información difundida sobre el caso. El mānuka, además, ni siquiera es una especie invasora: Leptospermum scoparium es originaria de Nueva Zelanda.

El problema no eran exactamente los árboles. Era dónde y cómo los estaban plantando.

Parte del terreno pertenecía a Te Whare Wetlands, un humedal reconocido oficialmente como de importancia regional. Para convertir aquel espacio húmedo en una plantación productiva, Tairāwhiti Pharmaceuticals removió el terreno, excavó canales para bajar el nivel del agua y después utilizó agua del propio humedal para mantener vivos los árboles jóvenes.

Es decir: para plantar un bosque de árboles nativos tuvieron que empezar modificando el ecosistema nativo que ya estaba allí.

Para que los árboles crecieran había que conseguir que el humedal fuese menos humedal

Querían plantar 200.000 árboles de una especie nativa para producir aceite. El problema es que para hacerlo drenaron uno de los pocos humedales que quedaban
© Coromind.

La operación comenzó en noviembre de 2019.

La sentencia del Tribunal de Distrito de Gisborne explica que la tierra destinada a la plantación fue arada con discos y rastrillada. Aproximadamente 3,1 hectáreas de esos trabajos entraron dentro de la zona oficialmente identificada como humedal, y entre 1,5 y 1,9 hectáreas de vegetación de humedal resultaron directamente afectadas.

Después llegaron las zanjas.

La empresa excavó unos 460 metros de canales con una finalidad muy concreta: reducir el nivel freático y evitar que el agua se acumulase e inundase la plantación. Dicho de otra manera, se modificó el funcionamiento hidrológico del terreno precisamente porque el lugar se comportaba como lo que era: un humedal. Y todavía faltaba una paradoja.

Durante aproximadamente 51 días de enero y febrero de 2020, la compañía bombeó agua del mismo humedal hacia un pulverizador portátil para regar los ejemplares plantados. Sus propios cálculos situaron el consumo en unos cinco metros cúbicos diarios, es decir, aproximadamente 5.000 litros al día.

Ni las obras ni aquella extracción de agua estaban autorizadas mediante el correspondiente consentimiento de recursos, según determinó el tribunal. La compañía terminó declarándose culpable de dos infracciones de la legislación neozelandesa de gestión de recursos.

El problema es que debajo de esos árboles ya había un ecosistema

Mirar una zona húmeda y pensar que podría aprovecharse mejor si estuviera cubierta de árboles es precisamente la clase de razonamiento que explica por qué los humedales han desaparecido a tanta velocidad.

Te Whare no era simplemente un terreno embarrado.

Los documentos oficiales lo describen como parte de un complejo de humedales de agua dulce y costeros con mānuka, lino, carrizales y otras formaciones vegetales. También constituye hábitat para aves como el avetoro australasiático y la polluela maorí, además de especies de peces amenazadas como la lamprea y el kōkopu gigante. El Departamento de Conservación había identificado el área como zona ecológica prioritaria de categoría 1 ya en 1988.

Los humedales, además, hacen bastante más que acumular agua. Retienen sedimentos, eliminan nutrientes, ayudan a regular los sistemas hídricos y proporcionan refugio a comunidades enteras de plantas y animales. En el caso de Te Whare, el tribunal destacó que esas funciones resultaban especialmente importantes por su proximidad a la costa.

El contexto convierte unos pocos hectáreas en algo mucho menos pequeño.

Nueva Zelanda ha perdido alrededor del 90% de sus humedales originales durante los últimos 150 años. En la propia región de Gisborne, el juez Brian Dwyer señaló durante la sentencia que apenas permanecía aproximadamente el 1,75% de la extensión original.

Por eso el tribunal advirtió de un peligro particular: pequeñas intervenciones que, observadas individualmente, pueden parecer menores, pero que acumuladas terminan haciendo desaparecer todo el ecosistema.

Y aquí hay otro detalle: esta historia no ocurrió en 2026

Querían plantar 200.000 árboles de una especie nativa para producir aceite. El problema es que para hacerlo drenaron uno de los pocos humedales que quedaban
© Coromind.

El caso ha vuelto a circular estos días como una noticia medioambiental, pero existe una precisión importante. La sentencia es del 22 de julio de 2021. Tairāwhiti Pharmaceuticals fue condenada a pagar 28.000 dólares neozelandeses, divididos en dos multas de 14.000 dólares. El juez partió inicialmente de 40.000 dólares y aplicó reducciones por los antecedentes previos de la compañía y su rápida declaración de culpabilidad.

También hay un matiz que merece conservarse. El tribunal no describió 30 hectáreas de humedal destruidas, como podría deducirse de algunas versiones del relato. La plantación ocupaba unas 30 hectáreas, pero los trabajos dentro del humedal afectaron a unas 3,1 hectáreas, y la alteración directa de vegetación se estimó entre 1,5 y 1,9. Los expertos de ambas partes discreparon sobre la magnitud exacta del impacto, aunque coincidieron en que podía mitigarse y repararse.

Ese matiz no hace menos extraña la historia. La hace más interesante.

Porque el mānuka puede ser fantástico para recuperar determinados terrenos. Investigaciones recientes muestran incluso que grandes plantaciones de esta especie en suelos adecuados pueden favorecer aves, insectos y murciélagos y contribuir a capturar carbono. Pero plantar árboles no es automáticamente conservar naturaleza.

A veces el ecosistema que necesita protección no se parece a un bosque. Está lleno de agua, juncos, peces y barro. Y convertirlo en uno puede ser exactamente el problema.

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