La cuenta atrás ya estaba en marcha. El Neil Gehrels Swift Observatory llevaba más de dos décadas orbitando la Tierra cuando la actividad del Sol comenzó a acelerar un problema que los ingenieros no podían detener: el telescopio estaba perdiendo altura y acercándose poco a poco hacia la atmósfera.
La NASA decidió intentar algo que nunca había hecho. Contrató a Katalyst Space para fabricar en menos de un año una nave robótica que viajara hasta Swift, lo capturara en pleno vuelo y lo empujara cientos de kilómetros hacia arriba.
LINK despegó el pasado 3 de julio. Siete semanas después, la agencia ha confirmado que el intento de rescate ha terminado: la nave no podrá atrapar ni elevar el observatorio debido a problemas persistentes con su sistema de control de orientación. Sin otra intervención, la NASA considera probable que Swift reingrese en la atmósfera antes de que termine 2026.
La misión de rescate empezó a torcerse pocas semanas después del lanzamiento

El plan parecía sacado de una película. LINK, una nave de aproximadamente 400 kilogramos equipada con tres brazos robóticos, debía acercarse lentamente a Swift, fotografiarlo para identificar dónde sujetarlo y finalmente aferrarse a una estructura que jamás había sido concebida para recibir otra nave. Después utilizaría sus propulsores para elevar progresivamente el conjunto.
Pero a finales de julio LINK comenzó a girar sobre varios ejes a unos nueve grados por segundo. La comunicación se volvió intermitente y los ingenieros descubrieron que dos de sus tres ruedas de reacción no funcionaban y que parte del sistema de propulsores de gas frío había perdido capacidad.
Katalyst consiguió reducir el giro utilizando los motores eléctricos de la propia nave y durante unos días todavía parecía existir una posibilidad de salvar la misión. El encuentro con Swift simplemente se retrasaría.
No fue suficiente.
La NASA anunció el 19 de agosto que los problemas de orientación persisten y hacen demasiado arriesgado intentar la captura. LINK todavía tratará de aproximarse a Swift y efectuar operaciones de proximidad para obtener datos útiles para futuras misiones, pero ya no intentará rescatarlo.
Swift pasó de 600 kilómetros de altura a caer hacia la Tierra

El enemigo de Swift no fue una avería repentina, sino algo muchísimo más lento: la atmósfera terrestre. Aunque solemos imaginar que el espacio comienza como una frontera perfectamente vacía, las capas superiores de la atmósfera siguen ejerciendo una pequeña resistencia sobre los satélites en órbita baja. Swift no dispone de un sistema de propulsión capaz de recuperar esa altura, por lo que ha ido descendiendo progresivamente desde los aproximadamente 600 kilómetros de su órbita original hasta alrededor de 347 kilómetros.
El problema se agravó con el aumento de la actividad solar. Cuando el Sol está especialmente activo, las capas superiores de la atmósfera se calientan y expanden, aumentando la resistencia que sufren los satélites. En el caso de Swift, ese efecto aceleró una caída que la NASA esperaba que fuese mucho más lenta.
La situación llegó a ser tan seria que la agencia suspendió las observaciones científicas y modificó la orientación del telescopio para hacerlo más aerodinámico y ganar tiempo para el rescate.
Lo que desaparecerá es una máquina diseñada para reaccionar cuando el Universo explota
Swift fue lanzado el 20 de noviembre de 2004 para una misión principal prevista inicialmente para apenas dos años. Ha terminado funcionando durante más de 21.
Su especialidad son los estallidos de rayos gamma, algunas de las explosiones más energéticas conocidas, relacionadas con fenómenos como el colapso de estrellas masivas y las fusiones de estrellas de neutrones. Swift puede detectar uno de estos destellos y girar rápidamente para estudiarlo con tres instrumentos en rayos gamma, rayos X, ultravioleta y luz visible.
Durante su vida también ha observado supernovas, agujeros negros, cometas, asteroides y otros fenómenos transitorios. Esa capacidad para reaccionar rápidamente lo convirtió en una especie de sistema de alarma del Universo, avisando a otros observatorios cuando algo extraordinario aparecía en el cielo.
Ahora la NASA tendrá que apoyarse en el resto de su flota mientras busca alternativas para cubrir ese vacío.
La paradoja es difícil de ignorar: Swift sobrevivió casi veinte años más de lo que exigía su misión original, pero probablemente no será una avería la que termine con él. Será la lenta resistencia de una atmósfera situada cientos de kilómetros bajo sus paneles, después de que la nave enviada expresamente para salvarlo consiguiera llegar al espacio… pero no pudiera mantener el control suficiente para agarrarlo.