La explicación sobre cómo surgieron las células complejas que forman animales, plantas y hongos ha sido durante años uno de los pilares de la biología moderna. Sin embargo, un reciente estudio desarrollado por investigadores españoles propone una visión más rica y compleja de ese proceso. Los resultados sugieren que la historia de nuestros orígenes celulares podría involucrar muchos más protagonistas de los que se pensaba hasta ahora.
Una teoría que parecía haber resuelto el enigma
Las ciencias suelen recurrir a modelos simplificados para explicar fenómenos extraordinariamente complejos. Uno de los ejemplos más conocidos es la teoría endosimbionte, una propuesta que describe cómo surgieron las células eucariotas, las mismas que componen todos los organismos complejos de la Tierra.
Según esta explicación, hace miles de millones de años un microorganismo incorporó a otro en su interior. En lugar de destruirlo, ambos establecieron una relación de cooperación que terminó beneficiando a los dos. Con el paso del tiempo, aquella asociación dio origen a estructuras fundamentales para la vida moderna.
Este modelo permite comprender el origen de las mitocondrias, responsables de producir energía dentro de nuestras células. También explica la aparición de los cloroplastos en las plantas, orgánulos especializados en realizar la fotosíntesis. La teoría, impulsada por la bióloga Lynn Margulis, goza de una aceptación casi universal dentro de la comunidad científica.
Sin embargo, un nuevo trabajo realizado por investigadores de instituciones españolas sugiere que esta explicación podría estar incompleta.

La búsqueda de pistas escondidas en el ADN
Reconstruir acontecimientos ocurridos hace unos 2.000 millones de años representa un desafío enorme. A diferencia de otros episodios de la historia de la vida, no existen fósiles directos capaces de revelar con claridad qué sucedió durante aquella época remota.
Ante esta limitación, los científicos optaron por seguir una estrategia diferente. En lugar de buscar evidencias en las rocas, examinaron los genomas de los organismos actuales.
La idea es relativamente sencilla: así como las personas conservan fragmentos genéticos heredados de generaciones anteriores, las células modernas todavía contienen rastros de sus ancestros más antiguos. Analizando esos vestigios genéticos, los investigadores intentaron reconstruir la composición del llamado LECA, el Último Ancestro Común de los Eucariotas.
Este organismo ancestral representa el punto de partida de todas las formas de vida compleja conocidas. Descifrar su origen equivale, en cierta medida, a investigar nuestras raíces biológicas más profundas.
Más protagonistas de los que imaginábamos
Los resultados obtenidos llevaron a los investigadores a una conclusión sorprendente. La transición hacia las células complejas no habría dependido únicamente de la colaboración entre dos microorganismos, sino de una red mucho más amplia de interacciones biológicas.
Entre los posibles participantes identificados aparece un grupo bacteriano conocido como Myxococcota. Según los autores, estos microorganismos podrían haber contribuido al desarrollo de funciones relacionadas con los lípidos y con la formación de las membranas celulares.
Otro grupo denominado Planctomycetota habría desempeñado un papel importante en la aparición de compartimentos internos, una característica distintiva de las células eucariotas que permite organizar múltiples procesos biológicos de forma eficiente.
La investigación también plantea la posible intervención de un actor aún más inesperado: los virus gigantes. En concreto, los científicos consideran que miembros del grupo Nucleocytoviricota pudieron facilitar intercambios de material genético entre distintos microorganismos, acelerando la aparición de nuevas capacidades celulares.
Un ecosistema complejo detrás del origen de la vida compleja
Los investigadores creen que LECA pudo surgir en entornos especialmente ricos en microorganismos, donde las interacciones biológicas eran constantes. En esos ecosistemas, el intercambio de genes entre especies diferentes habría sido mucho más frecuente de lo que se asumía hasta ahora.
Este escenario ayuda a explicar cómo distintos organismos pudieron aportar capacidades complementarias que, con el tiempo, terminaron integrándose en una única célula ancestral.
Los autores del estudio subrayan, sin embargo, que han actuado con extrema prudencia. Debido a la enorme distancia temporal que separa a los científicos actuales de aquellos acontecimientos, solo se han considerado evidencias genéticas especialmente sólidas y consistentes.
De hecho, reconocen que la historia real podría haber sido incluso más compleja y haber involucrado a otros microorganismos que todavía no han podido identificarse con suficiente certeza.
Una historia que sigue evolucionando
Lejos de derribar la teoría endosimbionte, este descubrimiento la amplía y la enriquece. La idea central de la cooperación entre microorganismos continúa siendo válida, pero ahora podría formar parte de un relato mucho más amplio, donde múltiples especies participaron en la construcción de las primeras células complejas.
Al fin y al cabo, toda explicación científica es una representación simplificada de la realidad. Del mismo modo que un mapa nunca puede reproducir cada detalle del territorio que describe, las teorías intentan resumir procesos inmensamente complejos. Este nuevo estudio recuerda que incluso las ideas más consolidadas pueden evolucionar cuando aparecen nuevas evidencias, acercándonos un poco más a comprender cómo comenzó la extraordinaria historia de nuestra propia existencia.
[Fuente: La Razón]