Durante casi dos siglos, los paleontólogos dieron por hecho que los primeros sinápsidos, el gran linaje evolutivo del que acabarían surgiendo los mamíferos, se reproducían mediante huevos. Parecía la explicación más lógica. El problema es que faltaba algo bastante importante: un huevo fósil convincente que lo demostrase.
Ahora lo tienen.
Un equipo de la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, y del European Synchrotron Radiation Facility (ESRF), en Francia, ha identificado un embrión de Lystrosaurus conservado en posición dentro del huevo hace unos 250 millones de años. El trabajo, publicado en PLOS ONE, constituye la primera evidencia directa de un embrión de un sinápsido no mamífero de esta antigüedad.
Y el descubrimiento aporta bastante más que la confirmación de que Lystrosaurus ponía huevos. Su tamaño, la posición del embrión y el desarrollo de sus huesos permiten reconstruir cómo podían nacer sus crías y plantear una hipótesis especialmente interesante: su estrategia reproductiva pudo ayudar a este animal a prosperar después de la extinción masiva del Pérmico-Triásico.
El fósil apareció en 2008, pero la pista decisiva estaba escondida dentro de su mandíbula
El ejemplar, catalogado como NMQR 3636, fue encontrado en Sudáfrica en 2008. Desde entonces ya llamaba la atención por su extraordinario tamaño y por la posición del esqueleto: el pequeño Lystrosaurus aparecía completamente enrollado dentro de un nódulo de apenas unos centímetros. Jennifer Botha, una de las autoras del estudio, sospechó desde el principio que podía tratarse de un animal muerto antes de eclosionar. No había, sin embargo, una cáscara mineralizada alrededor que permitiera demostrarlo.
La solución llegó mediante tomografía computarizada de alta resolución y radiación de sincrotrón. El fósil fue escaneado en la línea BM18 del ESRF con una resolución de 17,27 micrómetros por vóxel, suficiente para reconstruir digitalmente huesos extremadamente pequeños sin destruir la roca.
La prueba fundamental apareció en la mandíbula. Las dos mitades de la mandíbula inferior todavía no estaban completamente fusionadas. En animales con pico como tortugas y aves, esa unión se completa durante las últimas fases del desarrollo dentro del huevo. Además, las extremidades, la pelvis y otras partes del esqueleto presentaban un grado de osificación inferior al de otros Lystrosaurus recién nacidos utilizados para la comparación.
El animal, por tanto, no era simplemente una cría diminuta que había muerto poco después de nacer. Todavía no estaba preparado para salir del huevo.
El huevo probablemente era blando y pesaba al menos unos 115 gramos

Hay una razón bastante buena por la que nadie había encontrado antes algo semejante. Los investigadores no detectaron una cáscara calcificada alrededor del embrión. La hipótesis más probable es que Lystrosaurus pusiera huevos con una cubierta blanda y correosa, mucho menos susceptible de fosilizar que las cáscaras mineralizadas que conocemos de muchos dinosaurios.
El equipo pudo reconstruir aproximadamente su volumen a partir del espacio ocupado por el esqueleto. La estimación conservadora es de unos 115 centímetros cúbicos, equivalente a una masa cercana a 115 gramos si se emplea la densidad del agua como referencia. El valor real pudo ser superior porque el fósil está comprimido, incompleto y no incluye todo el volumen que habría ocupado la yema. Eso convierte al huevo en algo especialmente interesante.
Comparado con el tamaño corporal estimado de Lystrosaurus, era relativamente grande para un amniota terrestre no aviano. Los investigadores relacionan esa característica con una mayor cantidad de yema y, por tanto, con crías capaces de completar una parte mayor de su desarrollo antes de la eclosión.
El estudio propone así que los pequeños Lystrosaurus podían ser precociales: nacer relativamente desarrollados, desplazarse pronto y ser capaces de alimentarse por sí mismos. La existencia de huevos grandes también hace improbable que las crías dependieran de leche para completar su desarrollo, como ocurre con los monotremas actuales.
Un huevo grande pudo ser una ventaja cuando casi todo lo demás estaba desapareciendo
Lystrosaurus ocupa un lugar peculiar en la historia de la vida. Este herbívoro sobrevivió a la extinción masiva del final del Pérmico, ocurrida hace unos 252 millones de años, el episodio de pérdida de biodiversidad más grave conocido. Después de la crisis se convirtió en uno de los vertebrados terrestres dominantes de numerosos ecosistemas del Triásico temprano.
El nuevo fósil permite añadir la reproducción a las posibles razones de ese éxito. Los huevos relativamente grandes tienen una menor relación entre superficie y volumen, por lo que los de cubierta blanda son menos vulnerables a perder agua que huevos más pequeños. Esa característica habría resultado útil en los ambientes áridos y sometidos a sequías que siguieron a la extinción.
Al mismo tiempo, nacer en una fase relativamente avanzada habría permitido a las crías comenzar a desplazarse y buscar los escasos recursos disponibles poco después de eclosionar. El equipo también señala que Lystrosaurus alcanzaba la madurez sexual relativamente pronto, otra característica que podría resultar ventajosa en un mundo con elevada mortalidad juvenil.
Eso no demuestra que los huevos grandes fueran la razón por la que Lystrosaurus sobrevivió. El propio estudio plantea la estrategia reproductiva como una pieza dentro de un conjunto mucho más amplio de adaptaciones. Pero el fósil permite por primera vez conectar directamente dos historias que hasta ahora estaban separadas.
Por un lado, cómo se reproducían algunos de los primeros miembros de la rama evolutiva de los mamíferos. Por otro, cómo uno de los grandes supervivientes de la peor extinción de la Tierra pudo enfrentarse al mundo que quedó después. Y toda esa información llevaba 250 millones de años enrollada dentro de una roca de apenas unos centímetros.