Décadas de investigaciones paleontológicas en el sur de China despertaron un renovado interés por criaturas legendarias como el Yeti y Pie Grande después de que el zoólogo Wladimir Tschernezky publicara en 1960, en la revista Nature, su análisis de una misteriosa huella. En aquel trabajo planteó que aquella marca, junto con los relatos locales sobre el Yeti procedentes de la región del Himalaya, podía ser evidencia de la supervivencia de un enorme primate bípedo, de complexión robusta y posiblemente relacionado con los fósiles de Gigantopithecus que comenzaban a aparecer en yacimientos chinos.
La hipótesis de Tschernezky terminó vinculando para siempre al llamado «Abominable Hombre de las Nieves» con el legendario Sasquatch estadounidense y con Gigantopithecus, un género de simios gigantes que habitó Asia aproximadamente entre hace 2 millones y 200.000 años.
Desde entonces, antropólogos, paleontólogos y especialistas en anatomía y genética de primates han aprendido mucho más sobre Gigantopithecus y otros grupos prehistóricos, como Paranthropus y Australopithecus.

Ahora, un nuevo estudio publicado en el American Journal of Biological Anthropology sostiene que algunas de estas categorías podrían necesitar una revisión profunda y que ciertos grupos deberían ser considerados dentro del género Homo, el mismo al que pertenecemos los seres humanos modernos.
Las fronteras entre especies son cada vez más difíciles de mantener
Según Ian Towle, investigador del Monash Biomedicine Discovery Institute y autor del estudio, estas agrupaciones no necesariamente representan ramas evolutivas independientes. Además, algunas de las diferencias de comportamiento y adaptación al entorno que durante décadas se utilizaron para separarlas son cada vez más difíciles de justificar.
El registro fósil también ha aportado pistas importantes. Diversos géneros de simios extintos presentan características dentales que durante mucho tiempo se consideraron más propias de los humanos, como caninos relativamente pequeños y otras semejanzas en la dentición.
Entre los ejemplares que muestran estas características aparecen representantes de Indopithecus, Ouranopithecus e incluso Gigantopithecus, el gigantesco simio que, por sus dimensiones, ha sido relacionado ocasionalmente con las leyendas de Pie Grande.
Para Towle, cuanto más se conoce sobre nuestros antepasados y sobre los primates fósiles estrechamente relacionados con ellos, más evidente resulta que nuestro árbol evolutivo es mucho más complejo y menos lineal de lo que sugieren las clasificaciones tradicionales.

Uno de los principales problemas está en la separación histórica entre Homo y Australopithecus. Durante mucho tiempo, por ejemplo, se utilizó el tamaño del cerebro como uno de los rasgos fundamentales para distinguir al género Homo. Sin embargo, la incorporación de especies como Homo habilis, Homo floresiensis y Homo naledi ha complicado considerablemente esa definición.
Algunas de estas especies tenían cerebros cuyo tamaño se encontraba dentro de rangos comparables a los de determinados Australopithecus.
El uso de herramientas tampoco marca una frontera tan clara
Algo similar ocurre con una característica que durante años se consideró especialmente vinculada a nuestros antepasados: la fabricación y utilización de herramientas.
Hoy se sabe que el uso de herramientas es mucho más común entre los primates de lo que se creía anteriormente. Incluso Paranthropus, un género que durante mucho tiempo fue considerado poco capaz de utilizar herramientas, ha quedado relacionado con hallazgos arqueológicos que muestran herramientas de aproximadamente 2,6 millones de años junto a sus fósiles en yacimientos de Kenia y Etiopía.
Esto pone en duda la utilidad de clasificar grupos completos basándose en uno o dos rasgos aislados, como el tamaño cerebral, la forma de desplazarse o la capacidad para utilizar herramientas.

Towle sostiene que estas categorías, a las que denomina «taxones cajón de sastre», no encajan de manera clara con las reconstrucciones actuales de las relaciones evolutivas entre los distintos homininos.
¿Podría cambiar nuestra visión de la evolución humana?
El investigador no llega a afirmar que Gigantopithecus u Ouranopithecus deban incorporarse directamente al género Homo. Su propuesta se centra principalmente en reconsiderar la clasificación de Paranthropus y Australopithecus.
La cuestión de fondo, sin embargo, va mucho más allá de cambiar el nombre de algunas especies. El estudio plantea que las categorías utilizadas durante más de 150 años para ordenar nuestra historia evolutiva podrían no reflejar adecuadamente lo que actualmente sabemos gracias a la paleontología, la genética y la anatomía comparada.
La taxonomía moderna intenta clasificar a los organismos de acuerdo con sus verdaderas relaciones evolutivas y su ascendencia compartida. Sin embargo, según Towle, la clasificación de nuestros propios antepasados ha tardado más en adaptarse a esta forma de entender la evolución.
Y aquí aparece una conclusión especialmente llamativa: cuanto más se reconstruye nuestro pasado, menos parece un árbol perfectamente ordenado y más se asemeja a una compleja red de especies relacionadas entre sí.
Eso no significa que Pie Grande o el Yeti hayan existido realmente. Pero sí plantea una posibilidad mucho más interesante desde el punto de vista científico: algunos de los antiguos primates que durante décadas fueron considerados ramas claramente separadas de nuestra historia podrían haber estado evolutivamente mucho más cerca del género Homo de lo que las etiquetas tradicionales nos han hecho pensar.