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Ciencia

Durante décadas imaginamos que un salto repentino nos convirtió en humanos modernos. Una revisión de fósiles, genes y herramientas sostiene que ese “momento Eureka” nunca ocurrió y deja al Homo sapiens sin una fecha exacta de nacimiento

El registro arqueológico ya no encaja con una revolución humana producida hace 50.000 años. Nuestra anatomía, cultura y capacidad para conquistar el planeta aparecieron por separado, a ritmos diferentes y en poblaciones africanas que se mezclaron durante milenios.
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La historia más cómoda de nuestra especie comenzaba con un interruptor. En algún momento del Paleolítico, una mutación o transformación cognitiva habría convertido a unos humanos anatómicamente parecidos a nosotros en personas capaces de crear arte, fabricar herramientas sofisticadas, comunicarse mediante símbolos y expandirse fuera de África.

El problema es que ese interruptor no aparece por ninguna parte. En una revisión publicada en Quaternary Science Reviews, el arqueólogo Huw S. Groucutt enfrenta los datos fósiles, genéticos y culturales. Su conclusión no identifica otro instante decisivo: sostiene que probablemente nunca existió un único nacimiento de la humanidad moderna.

La revolución humana de hace 50.000 años era perfecta. Quizá demasiado perfecta

Durante décadas imaginamos que un salto repentino nos convirtió en humanos modernos. Una revisión de fósiles, genes y herramientas sostiene que ese “momento Eureka” nunca ocurrió y deja al Homo sapiens sin una fecha exacta de nacimiento
© Philipp Gunz, MPI EVA Leipzig.

Durante décadas, la llamada Revolución del Paleolítico superior sirvió para explicar la explosión de arte, adornos, nuevas herramientas y organizaciones sociales complejas documentada en Eurasia. La hipótesis situaba un salto cognitivo hace aproximadamente 50.000 años, poco antes de la gran expansión del Homo sapiens por el planeta.

Groucutt advierte que esa narrativa depende de seleccionar las evidencias que encajan y minimizar las que no. El registro africano muestra que numerosos comportamientos considerados “modernos” existían mucho antes. El problema es que aparecían como destellos: una innovación surgía en una región, desaparecía durante miles de años y regresaba posteriormente en otro lugar.

Las cuentas perforadas recuperadas en la cueva sudafricana de Blombos tienen alrededor de 75.000 años, según los trabajos publicados en Science. En Kenia también se han encontrado evidencias de transporte de piedra a larga distancia y utilización de pigmentos de entre 320.000 y 295.000 años, descritas en otra investigación de Science.

No formaban un paquete cultural completo ni se extendieron inmediatamente por todo el continente. Eran experimentos locales que podían mantenerse, transformarse o desaparecer. Algo muy distinto a una actualización repentina del cerebro humano.

Nuestros primeros cráneos tampoco se ponen de acuerdo sobre cuándo empezamos a ser nosotros

Durante décadas imaginamos que un salto repentino nos convirtió en humanos modernos. Una revisión de fósiles, genes y herramientas sostiene que ese “momento Eureka” nunca ocurrió y deja al Homo sapiens sin una fecha exacta de nacimiento
© Wikimedia / Ryan Somma.

La anatomía complica todavía más la búsqueda de un primer humano moderno. Los fósiles de Jebel Irhoud, en Marruecos, tienen más de 300.000 años y combinan un rostro relativamente moderno con una caja craneal alargada y más arcaica. El descubrimiento, presentado en Nature, contribuyó a desmontar la idea de que nuestra especie apareció completa en una única región africana.

Otros fósiles conservan diferentes mezclas de rasgos modernos y antiguos. Por eso, expresiones como “humano anatómicamente moderno” pueden crear una frontera artificial: implican que existe una lista definitiva de características que apareció al mismo tiempo, cuando la evolución parece haberlas ensamblado gradualmente.

Ni siquiera las fechas son tan sólidas como parecen. Un hueso puede datarse directamente, pero en otros casos su edad se deduce analizando sedimentos, costras minerales o herramientas quemadas encontradas alrededor. Las incertidumbres pueden abarcar decenas de miles de años y cambiar completamente la posición de un fósil en el relato.

La humanidad se parece menos a una escalera y más a una red llena de caminos cortados

La genética tampoco señala una salida única y ordenada de África. Hubo migraciones tempranas que dejaron pocos descendientes, retrocesos, poblaciones aisladas y mezclas con neandertales y otros grupos. Una investigación en Nature Communications situó incluso una población humana estable durante miles de años en la meseta persa antes de la expansión definitiva por Eurasia.

Otro estudio publicado en Nature mostró que, desde hace unos 70.000 años, distintas poblaciones africanas ampliaron gradualmente su capacidad para vivir en bosques, desiertos y otros ambientes difíciles. Esa flexibilidad pudo preparar la expansión global posterior sin necesidad de una mutación milagrosa.

La consecuencia es incómoda, pero fascinante: no hubo una primera persona que despertara convertida en Homo sapiens. Nuestra especie fue construyéndose durante cientos de miles de años, entre poblaciones conectadas, rasgos heredados e innovaciones que no siempre sobrevivieron. No nacimos en un instante. Nos fuimos convirtiendo en humanos sin que nadie pudiera advertir cuándo había terminado el proceso.

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