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Ciencia

Para entrar en este glaciar hay que destruirlo un poco cada año. Seis millones de kilos de hielo. Cuatro semanas de trabajo. Y un túnel que no deja de encogerse

En los Alpes suizos, una cueva excavada a mano permite caminar dentro de un glaciar vivo. También deja ver, sin filtros, cómo se está derritiendo.
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No hay maquinaria pesada. No hay explosivos. No hay atajos. Cada primavera, un grupo de trabajadores entra en el glaciar del Ródano con herramientas, paciencia y semanas por delante. Su misión es tan extraña como reveladora: sacar toneladas de hielo a mano para abrir un túnel dentro de un glaciar que se está derritiendo.

No lo hacen para estudiar minerales. No lo hacen para explorar. Lo hacen para que la gente pueda entrar y ver, desde dentro, cómo el hielo desaparece.

Desde 1993, se han retirado más de seis millones de kilos de hielo para recrear esta cueva artificial una y otra vez. Y cada año, el trabajo es más corto. Y el glaciar, también.

Donde el hielo todavía se deja tocar

El glaciar del Ródano está a unos 2.300 metros de altitud, cerca del paso de Furka, en los Alpes suizos. Es uno de los pocos lugares donde todavía es posible acercarse físicamente al cuerpo de un glaciar sin expediciones técnicas ni escaladas imposibles.

Por eso la cueva existe ahí. Porque el hielo está al alcance. O, mejor dicho, todavía está al alcance.

La estructura no es permanente. No es una gruta natural. Es un túnel excavado directamente en el cuerpo del glaciar. Vive una temporada. Y luego muere.

Un túnel que nunca es el mismo

Para entrar en este glaciar hay que destruirlo un poco cada año. Seis millones de kilos de hielo. Cuatro semanas de trabajo. Y un túnel que no deja de encogerse
© Unsplash – Francesco Ungaro.

Cada año, al inicio de la temporada de verano, se abre de nuevo el acceso. Durante unas cuatro semanas, los trabajadores cortan, pican y retiran bloques de hielo para crear un pasillo que suele superar los 100 metros de longitud.

Y cada año, ese pasillo es más frágil.

El hielo no es una roca. Es un material vivo. Se mueve. Se deforma. Fluye lentamente como un líquido muy espeso. La presión, la temperatura y el propio peso del glaciar van retorciendo el túnel desde dentro.

A eso se suma el calor del verano. El goteo constante. Los canales de agua que aparecen en las paredes. El adelgazamiento progresivo del techo.

En algunos veranos, la cueva puede perder más de 30 metros de longitud en pocas semanas. Literalmente, desaparece.

Caminar dentro del deshielo

Entrar en la cueva es una experiencia rara. El suelo está húmedo. Las paredes brillan. El techo gotea. El aire es frío, pero no tanto como uno esperaría. Se escuchan pequeños crujidos. Nada espectacular. Nada cinematográfico. Solo hielo cediendo.

El color azul es lo primero que llama la atención. Un azul profundo, casi eléctrico. No es pintura. Es física. El hielo denso absorbe casi todos los colores de la luz visible y deja escapar sobre todo el azul. Es bonito. Y es inquietante.

Porque ese azul se está yendo.

A medida que pasan las semanas, los visitantes notan cambios reales. Un tramo que estaba ayer ya no está. Una pared que era lisa ahora tiene una grieta. Un techo que parecía sólido ahora gotea más.

No hace falta un guía para entenderlo. El glaciar se está retirando delante de tus ojos.

Mantas blancas contra el sol

En algunas zonas, el glaciar está cubierto con grandes mantas geotextiles blancas. Parecen sábanas gigantes. Su función es simple: reflejar la radiación solar y frenar el derretimiento.

En condiciones favorables, pueden reducir la pérdida de hielo hasta en un 70 u 80%. Es un parche. Un alivio temporal. No una solución.

Las mantas no salvan al glaciar. Solo lo retrasan.

Y esa es, quizá, la imagen más potente de todo el lugar: humanos cubriendo un glaciar con telas para intentar que no se derrita.

Cuando el turismo se vuelve evidencia

La cueva empezó como una atracción turística. Una curiosidad alpina. Un “mira qué raro”. Con el paso de los años, se transformó en algo distinto: una representación física del calentamiento global.

No hay gráficos. No hay estadísticas en pantallas. No hay simulaciones. Hay metros que desaparecen. Hay hielo que ya no está. Hay un túnel que se acorta cada verano.

La paradoja es brutal: la cueva solo existe porque el glaciar se está derritiendo. Si el hielo fuera estable, no habría que reconstruirla. Si el hielo fuera estable, no se perdería. Si el hielo fuera estable, no haría falta tocarlo.

Pero no lo es.

El esfuerzo humano como síntoma

Diseño Sin Título (65)
© eldiscretoencantodeviajar.

Seis millones de kilos de hielo retirados a mano en tres décadas. Es una cifra absurda. Casi grotesca. Y profundamente simbólica.

Porque ese esfuerzo no es para conquistar la montaña. Es para mantener visible algo que se está yendo.

El glaciar continúa perdiendo volumen año tras año. Retrocede. Se afina. Se fragmenta. La cueva se reconstruye. Y vuelve a encogerse.

Es un bucle extraño: el ser humano trabaja para abrir una herida en el hielo, y el clima se encarga de agrandarla.

Un reloj hecho de agua

En los Alpes, muchos glaciares ya no permiten el acceso directo. Están demasiado lejos. Demasiado arriba. Demasiado rotos. El del Ródano todavía se deja tocar.

Por eso esta cueva importa.

Porque es uno de los pocos lugares donde todavía se puede ver, tocar y caminar dentro de un glaciar vivo. Y, al mismo tiempo, ver cómo muere.

No es un museo. No es una exposición. Es un proceso en marcha.

Cada metro que se pierde es una página que se arranca. Cada temporada más corta es un aviso. Cada reconstrucción es una admisión silenciosa: esto no se está estabilizando.

El hielo no negocia

No hay épica aquí. No hay héroes. No hay villanos claros. Solo física, temperatura y tiempo.

El glaciar no negocia. No entiende de turismo, ni de economía local, ni de nostalgia alpina. Se derrite. Punto.

Y mientras tanto, cada verano, alguien vuelve a entrar con herramientas para abrir un túnel que sabe que no va a durar.

No para salvarlo.
No para detenerlo.
Solo para que podamos verlo desaparecer.

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