Cuando se habla del deshielo del Ártico, casi siempre se piensa en el verano, cuando el hielo marino alcanza su mínimo anual. Pero el invierno también importa, y mucho. El hielo que cubre el océano entre diciembre y marzo influye en el clima de buena parte del hemisferio norte, y es justamente donde los modelos climáticos más discrepan entre sí. Un nuevo estudio intentó resolver esa incertidumbre con una estrategia ingeniosa: usar el pasado como prueba.
El trabajo, publicado en la revista Nature Geoscience por Crystal Fu, del Instituto Scott de Investigación Polar de la Universidad de Cambridge, junto con otros investigadores, entre ellos el matemático Marco Aquino-López, del Centro de Investigación en Matemáticas de México, concluye que el Ártico podría perder alrededor de un millón de kilómetros cuadrados más de hielo invernal que lo que indicaban las proyecciones anteriores. Es una superficie comparable a la de España y Francia juntas.
Un Ártico más cálido hace 6.000 años

La clave del estudio está en el Holoceno medio, un periodo de hace unos 6.000 años. Por cambios en la órbita de la Tierra, el Ártico recibía entonces más radiación solar en verano, era más cálido que en la era preindustrial y tenía menos hielo marino. No es una copia exacta del futuro, pero ofrece algo muy valioso: un caso real de un Ártico más cálido contra el cual comparar los modelos.
Para reconstruir cómo era el hielo en esa época, los investigadores recurrieron a una pista química. Ciertas microalgas que viven dentro del hielo marino producen una molécula llamada IP25. Cuando mueren, esa molécula se deposita en el fondo del mar y queda preservada en los sedimentos durante miles de años. Medir cuánto IP25 hay en una capa de sedimento permite estimar si en ese momento había hielo marino en el lugar.
El equipo reunió la mayor base de datos de este tipo hasta la fecha, con registros de decenas de sitios del Ártico, y la complementó con marcadores de organismos que viven en aguas abiertas.
Un examen para los modelos climáticos

Después, los investigadores compararon esas reconstrucciones con lo que 27 modelos climáticos simulaban para el Holoceno medio. Encontraron que muchos de ellos calculaban más hielo invernal del que muestran los sedimentos.
Con un método estadístico bayesiano, le dieron más peso a los modelos que mejor reproducían el pasado y menos a los que fallaban. Luego aplicaron esos mismos pesos a las proyecciones para las próximas décadas. El resultado fue una estimación con menos hielo, alrededor de un millón de kilómetros cuadrados menos, y con mucha menos incertidumbre: en algunas proyecciones, el rango de resultados posibles se redujo hasta un 85%.
Para comprobar el método, aplicaron los pesos a simulaciones del clima reciente. Según Fu, de esa forma eliminaron por completo el sesgo que llevaba a los modelos a sobrestimar el hielo. Los mayores retrocesos se esperan en el mar de Barents y en las cuencas de Groenlandia y Labrador. Para la investigadora, la lección es simple: sin importar si el calentamiento es natural o causado por los humanos, si la temperatura sube, el hielo marino se derrite.
Las señales ya están ahí
Los datos satelitales muestran que la tendencia ya está en marcha. En marzo de 2025, el hielo invernal del Ártico alcanzó el máximo anual más bajo desde que existen registros, y en 2026 igualó esa marca.
Efectos lejos del Ártico
La pérdida de hielo invernal no es un problema solo para el Ártico. Se ha relacionado con cambios en los patrones del clima en el Reino Unido, el norte de Europa y América del Norte. Además, el mismo método de ponderación sugiere que los modelos actuales podrían estar subestimando la nieve futura en el sureste de Groenlandia, con posibles efectos sobre la estabilidad de su capa de hielo, y las lluvias en la región mediterránea, lo que aumentaría el riesgo de inundaciones en el sur de Europa.
Para Aquino-López, usar la evidencia del pasado permite producir mapas mucho más confiables de dónde es probable que desaparezca el hielo. La idea de fondo trasciende este estudio: los registros naturales guardados en sedimentos, hielo y fósiles pueden funcionar como un examen para los modelos que usamos para anticipar el futuro.