A unos 710 metros de profundidad en el Atlántico, la luz del sol es apenas un resplandor débil que llega desde arriba. En esa penumbra, un pequeño pez nada con dos ojos tubulares apuntando hacia adelante, como un par de prismáticos. Es Winteria telescopa, una especie de pez de ojos de barril que nunca antes había sido filmada viva en su hábitat natural. Un equipo de científicos lo consiguió este año.
El registro se hizo durante una expedición de 35 días del Schmidt Ocean Institute a bordo del buque de investigación Falkor (too), entre mayo y junio de 2026. El destino fue una de las regiones menos exploradas del océano: la zona de fractura Doldrums, un sistema de fallas de unos 600 kilómetros que cruza la dorsal mesoatlántica justo al norte del ecuador, a unos 1.300 kilómetros de la costa noreste de Brasil.
Un pez que mira hacia arriba
Los peces de ojos de barril pertenecen a la familia de los opistoproctidos y están adaptados a vivir en la zona de penumbra del océano. Sus ojos tubulares son extremadamente sensibles a la luz, lo que les permite detectar las siluetas de otros animales recortadas contra la tenue luz que llega desde la superficie, o los destellos de organismos bioluminiscentes. La disposición de los ojos les da, además, visión binocular, algo poco común en los peces.
Como estos animales son frágiles y suelen llegar dañados a la superficie, verlos vivos en su ambiente natural es una oportunidad única para estudiar su comportamiento y su postura en el agua.
Fuentes hidrotermales poco comunes

El hallazgo más importante de la expedición, sin embargo, está en el fondo marino. A unos 4.000 metros de profundidad, el equipo descubrió los primeros campos de fuentes hidrotermales conocidos en el sistema Doldrums. El mayor tiene el tamaño de unos 14 campos de fútbol y cuenta con 23 chimeneas, 13 de ellas activas, conocidas como fumarolas negras, que expulsan fluidos a 280 °C. El segundo campo, mucho más pequeño, apareció en la última inmersión, a 170 kilómetros del primero.
Lo que los hace especiales es su funcionamiento. Combinan la actividad volcánica típica de las dorsales oceánicas con un proceso llamado serpentinización, una reacción química que se produce cuando el agua de mar entra en contacto con rocas del manto terrestre. Se conocen muy pocos sistemas mixtos como estos en el mundo. La serpentinización interesa también a la astrobiología, porque genera condiciones químicas que podrían haber favorecido el origen de la vida en la Tierra y que podrían existir en otros mundos.
Alrededor de las fuentes, el equipo documentó anémonas, cangrejos, mejillones y miles de camarones del género Rimicaris, que dependen de bacterias capaces de obtener energía de los compuestos químicos de los fluidos, en lugar de la luz solar.
Calamares con brazos de ocho metros
A unos 3.600 metros de profundidad, el robot submarino SuBastian también filmó dos calamares de aletas grandes, del género Magnapinna. Son animales misteriosos, de aspecto casi alienígena, con aletas enormes y brazos larguísimos y delgados que pueden alcanzar unos ocho metros. A pesar de esa longitud, no deben confundirse con el calamar gigante: se trata de un grupo distinto, del que se sabe muy poco porque casi todo lo que se conoce proviene de unos pocos videos.
El equipo también registró corales del género Iridogorgia, conocidos como corales fuegos artificiales, a unos 2.000 metros.
Tecnología para mirar más profundo
Parte del éxito se debió a la tecnología. Por primera vez se usó en una misión científica el vehículo autónomo The Childlike Empress, que mapeó unos 147 kilómetros cuadrados del fondo marino con una resolución de un metro. Esos mapas permitieron dirigir con precisión las inmersiones del robot. Los científicos del Servicio Geológico de Brasil aportaron además datos de una anomalía química detectada en el agua en 2013, que ayudó a delimitar la zona de búsqueda.
La expedición fue liderada por Aaron Micallef, del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey (MBARI), con científicos de universidades de Brasil, Colombia e Italia. Para Micallef, el descubrimiento muestra por qué la exploración sigue siendo importante. En cada inmersión aparecieron señales de circulación de fluidos a lo largo de fallas y fracturas, lo que sugiere que estos sistemas podrían mover más agua de mar hacia el interior de la corteza terrestre de lo que se creía.