La escena se repite en miles de hogares. Llega la noche, termina el cuento y los padres se preparan para abandonar la habitación. Sin embargo, justo cuando parece que todo está listo para dormir, aparece una petición inesperada: quedarse unos minutos más, dejar la luz encendida o simplemente no alejarse de la cama.
Para algunas familias, esta situación ocurre de manera ocasional. Para otras, se convierte en una rutina que puede prolongarse durante meses. Incluso hay niños que, después de haber aprendido a dormir solos, comienzan a reclamar nuevamente la compañía de sus padres.
Aunque muchos adultos interpretan este comportamiento como una costumbre difícil de abandonar, dos especialistas en sueño infantil advierten que detrás de esa necesidad pueden existir razones muy diferentes. Y comprenderlas resulta fundamental antes de decidir cómo actuar.
Por qué algunos niños necesitan la presencia de sus padres para dormir

Una psicóloga infantil especializada en neuropsicología y trastornos del sueño, asegura haber observado un incremento de niños que necesitan acompañamiento para quedarse dormidos.
Desde su perspectiva, este fenómeno puede estar relacionado con una mayor sobreprotección y con los temores que los adultos transmiten, muchas veces involuntariamente, a sus hijos. Se trata de una cuestión relacionada con la sobreprotección durante la infancia, un comportamiento cuyas consecuencias también han despertado el interés de la psicología.
Sin embargo, una conocida pediatra en redes sociales, donde reúne a más de medio millón de seguidores, plantea una interpretación diferente.
Según explica, las preocupaciones relacionadas con el descanso infantil siempre han estado presentes en las consultas pediátricas. El problema podría encontrarse, en parte, en las expectativas de los adultos, que esperan que sus hijos desarrollen autonomía nocturna desde edades demasiado tempranas.
Para la especialista, buscar compañía durante la noche no necesariamente representa un problema de independencia. También puede ser una manera natural de encontrar tranquilidad en un momento del día en el que los niños se sienten especialmente vulnerables.
La edad constituye otro elemento fundamental. La psicología recuerda que entre los 2 y los 5 años comienzan a aparecer las primeras pesadillas, mientras que hasta los 5 o 6 años pueden existir dificultades vinculadas con la maduración.
A partir de esa etapa, considera importante investigar las causas cuando los problemas persisten. Cambios escolares, conflictos familiares o dificultades con los amigos pueden provocar retrocesos en los hábitos de descanso.
Si estas situaciones continúan hacia los 10 u 11 años, recomienda buscar orientación especializada.
No siempre es miedo: la diferencia que muchos padres pasan por alto
Uno de los aspectos más importantes consiste en distinguir entre un niño que teme quedarse solo y otro que simplemente disfruta de la compañía.
La pediatra recuerda que los adultos también suelen preferir dormir junto a sus parejas, sin que esa elección se interprete como una falta de autonomía.
Por eso, considera que la pregunta principal no debería ser únicamente dónde duerme el niño, sino si consigue descansar adecuadamente, mantiene una buena actividad durante el día y presenta un desarrollo saludable.
También pueden intervenir factores emocionales. Cuando padres e hijos comparten poco tiempo durante la jornada, la noche puede convertirse en una oportunidad para recuperar esa cercanía. Este aspecto cobra especial relevancia cuando se consideran las dificultades emocionales de los niños y la importancia de comprender sus necesidades.
La rama de la psicología, por su parte, insiste en que cada situación requiere una evaluación individual. Aplicar una técnica que funcionó con otra familia puede resultar ineficaz cuando las causas son diferentes.
La psicóloga menciona el caso de un niño de 5 años que sufría pesadillas mientras veía escenas de El señor de los anillos junto a su padre. El adulto no había considerado que determinadas imágenes podían generar temor.

A esas edades, los pequeños todavía pueden tener dificultades para diferenciar completamente la ficción de la realidad.
En consecuencia, obligar a un niño asustado a permanecer solo, ignorando su angustia, no necesariamente solucionará sus dificultades para dormir.
Qué hacer cuando un niño aparece en la cama de sus padres durante la madrugada
Las diferencias entre ambas especialistas también aparecen cuando se aborda una de las situaciones más habituales: los niños que abandonan su habitación durante la noche.
La experta en comportamiento psicológico propone distinguir entre episodios excepcionales y comportamientos repetidos. Si un pequeño acaba de sufrir una pesadilla o experimenta un temor puntual, permitirle quedarse con sus padres puede ofrecerle tranquilidad.
Sin embargo, cuando esta conducta ocurre todas las noches, especialmente después de los 6 años, recomienda acompañarlo nuevamente a su habitación.
La pediatra considera que no existe una única organización familiar correcta. Algunas familias prefieren el colecho, otras acompañan a sus hijos hasta que se duermen y otras optan por habitaciones separadas.
Lo verdaderamente importante, sostiene, es que todos los integrantes de la familia consigan descansar bien. Esta prioridad coincide con el interés científico por la calidad del sueño y su relación con el bienestar emocional y el rendimiento académico.
Pese a estas diferencias, ambas coinciden en que las rutinas ayudan a mejorar el sueño infantil.
Mantener horarios regulares, repetir determinadas actividades antes de acostarse, favorecer el ejercicio físico y pasar tiempo al aire libre son medidas recomendadas. Estos comportamientos forman parte de los hábitos para fortalecer el cerebro durante los primeros años de vida.
También resulta conveniente limitar la exposición a pantallas durante las últimas horas del día y procurar que el momento de dormir no se convierta en una discusión constante.
Cómo enseñarles a dormir solos sin convertir la noche en una batalla
Para las familias que desean introducir cambios, se recomienda avanzar progresivamente, evitando imponer transformaciones repentinas.
Una posibilidad consiste en involucrar al niño en la preparación de su habitación. Elegir una colcha, participar en la organización del espacio o jugar allí durante el día puede ayudarlo a sentirse más cómodo.

Leer cuentos antes de acostarse y utilizar una luz tenue cuando existe temor a la oscuridad también puede facilitar la transición.
Otra estrategia consiste en reducir gradualmente la presencia física de los adultos. Primero pueden permanecer acostados junto al pequeño, después limitarse a darle la mano y, finalmente, sentarse cada vez más lejos durante intervalos breves.
La pediatra advierte que comparar a los niños con otros de su edad puede generar una presión innecesaria.
En este proceso, también conviene prestar atención a la exposición temprana a pantallas, una cuestión que distintas investigaciones han relacionado con aspectos del desarrollo cognitivo y emocional.
No obstante, existen señales que merecen atención médica, como ronquidos frecuentes, pausas respiratorias, somnolencia durante el día, cambios importantes de comportamiento o pesadillas recurrentes que provocan sufrimiento.
También conviene consultar cuando la falta de sueño perjudica la vida cotidiana o provoca agotamiento familiar.
En definitiva, dormir solo no constituye por sí mismo una medida de bienestar infantil. Comprender qué necesita cada niño y encontrar una dinámica que permita descansar a toda la familia puede ser mucho más importante que alcanzar una determinada edad sin pedir compañía.
[Fuente: El País]