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Creo recordar que colecciono cosas, la mayoría legales, desde que descubrí que simplemente podía guardarlas y volver a “admirarlas” en otro momento. ¿Se supone que tengo algún tipo de patología? ¿Estoy enfermo? ¿O simplemente se trata de un valor emocional con el que revivir el pasado?

Al igual que lo hacía mi abuelo, un tipo llamado John Jay Pittman encontró su gran hobby: coleccionar monedas de todo el mundo. Pittman no era un hombre adinerado, pero se las ingenió para hacer crecer su hobby hasta límites insospechados.

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En primer lugar, leyó y estudió sobre la historia de las monedas. De esta forma, luego pasó a invertir gran parte de sus ingresos (recordemos, limitados) y los de su mujer, una maestra de escuela, para conseguir más y más monedas. En la década de 1950 llegó a hipotecar su casa para viajar a Egipto y pujar por monedas en la subasta de la King Farouk Collection.

Lo cierto es que Pittman sacrificó su estilo de vida y el de su familia a lo largo de muchas décadas. El hombre falleció en 1996, que se sepa, sin arrepentimientos aparentes por lo que muchos podrían clasificar como extremo o enfermizo. Por cierto, su sufrida familia recibió el justo beneficio a los esfuerzos del hombre cuando la colección se vendió en una subasta por más de 30 millones de dólares.

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¿Por qué lo hizo? O quizás más interesante, ¿estaba mal de la cabeza o se trata de una acción inherente al ser humano?

Es verdad que el caso de Pittman es extremo, pero el acto de coleccionar no entiende de clases ni de tipos. Se sabe que a lo largo de la historia el ser humano ha guardado para sí toda clase de objetos. Saint Louis recolectó las reliquias de los santos y construyó templos para ellos.

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También se puede coleccionar de forma “altruista”, o al menos así lo reflejó Henry Wellcome, un farmacéutico que “coleccionó para la sociedad”. El hombre se pasó 40 años recolectando más de un millón de objetos que, según él, representaban la historia de la ciencia médica. Dicen que Napoleón coleccionaba países, un hábito que condujo al cliché del “complejo de Napoleón” que usamos para describir a un hombre que compensa los defectos físicos a través de actos de agresión. 

Y es que los personajes famosos no se libran. Mientras que tú o yo tenemos nuestras pequeñas debilidades, quizás colecciones que no le contaremos a nadie hasta que hayamos muerto, hoy sabemos que Demi Moore tiene toda una casa llena exclusivamente con su colección de muñecas, Sharon Stone esconde suéteres de cachemira, o el bueno de Nicolas Cage colecciona cráneos fosilizados de tarbosaurus, cobras, cocodrilos y una de las mejores colecciones privadas de cómics.

¿Por qué coleccionamos?

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Para muchas de las personas el valor de sus colecciones no es monetario sino emocional. Las colecciones permiten a las personas revivir su niñez, conectarse a un período o a un momento en el que se sientan atraídos. También, sus colecciones les ayudan a aliviar la inseguridad y la ansiedad de perder una parte de sí mismos y de mantener el pasado para continuar existiendo en el presente.

Otros lo hacen por la emoción de la caza. Para estos, coleccionar es una búsqueda, una búsqueda de toda la vida que nunca se puede completar. Cuentan los psicólogos que el coleccionismo puede proporcionar seguridad psicológica llenando una parte del yo que uno siente que falta o que carece de significado. En cualquier caso, la mayoría de los investigadores creen que los motivos no son mutuamente exclusivos, sino que se combinan entre ellos para cada coleccionista por una multitud de razones.

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A menudo los investigadores se han enfrentado a la gran pregunta adoptando una perspectiva freudiana al describir por qué lo hacemos. Entre los razonamientos destaca ese lado oscuro controlador e impulsivo de la colección, la necesidad de que las personas tengan “un objeto de deseo” o incluso de “algo único”.

Este deseo, y por tanto la propensión innata a coleccionar, comenzaría en el mismo instante del nacimiento. El bebé primero desea la comodidad emocional y física del pecho de la madre, luego la familiar envuelve al bebé, algo a lo que el niño se aferra para mayor comodidad y seguridad.

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Los muñecos de peluche, por ejemplo, se llevan a la cama y brindan la seguridad emocional necesaria para conciliar el sueño a los más pequeños. Se facilita así el sentido de propiedad y control a través de la posesión de estos artículos para el niño “vulnerable”.

Bajo esta teoría, uno empieza desde niño y puede terminar como Nicolas Cage. Aunque también existen coleccionistas sin emociones, o sin las emociones que se le presuponen al acto: aquellos que anteponen el comercio. Hablamos de los que buscan objetos para luego conseguir algo a cambio.

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Al igual que Pittman, Robert Lesser es otro de los grandes coleccionistas, aunque también un visionario con la capacidad de cambiar su propio rumbo. El hombre fundó sus colecciones posteriores construyendo una excelente colección de objetos de interés de Disney antes de que alguien más se interesara por ella, y luego la vendió por una suma de siete cifras una vez que el mundo del coleccionismo explotó.

Lesser se montó, mucho antes de que alguien descubriera su atractivo: las colecciones de robots de juguete más grandes de todos los tiempos (las exhibiciones de su colección han atraído multitudes) y las portadas de las revistas pulp.

Image: Una de las portadas de la colección de Lesser (Pinterest)

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En el bando contrario de estos coleccionistas “sin escrúpulos” estarían los coleccionistas de autógrafos. De hecho, el autor de muchos de los libros de recopilación de autógrafos, Mark Baker, describe a la mayoría de estos buscadores de autógrafos como “emocionalmente motivados para coleccionar”.

Baker estima que más del 90% de los coleccionistas de autógrafos no tienen intención de vender sus productos. Si no fuera por dinero, y asumiendo que los problemas que surgen de la infancia se resolvieron durante mucho tiempo, ¿qué razones dan las personas para coleccionar?

Por supuesto, esta la más sencilla de las respuestas: coleccionamos porque nos proporciona algún tipo de felicidad, la felicidad de agregar un nuevo hallazgo a la colección, la emoción de esa caza que hablábamos al comienzo, incluso la camaradería entre los “tuyos” al compartir tu colección con otros semejantes.

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Patología

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En el último de los casos, el último escalón de todos, se encuentra el “acaparador”, como lo define el neurólogo que lleva años estudiando estos comportamientos, el profesor Steven W. Anderson. Estos son los coleccionistas que han superado el comportamiento “normal” y saludable. Cuando una colección se convierte en acaparamiento es cuando también se vuelve patológica. Y cuando un acaparamiento es patológico, interfiere con la vida cotidiana normal.

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El acaparador es aquel que amontona objetos sin orden ni razón. Según Anderson:

Muchos acaparadores compulsivos con lesión cerebral habían sufrido daños en una región del cerebro que regula los comportamientos cognitivos, como la toma de decisiones, el procesamiento de la información y el comportamiento organizativo: la corteza prefrontal.

Aquellos con lesión cerebral que no mostraron comportamiento de acumulación, no tenían daño en su corteza frontal, pero mostraron daño distribuido a través de los hemisferios derecho e izquierdo de su cerebro.

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Una explicación psicoanalítica para el coleccionismo es que los niños no queridos aprenden a buscar consuelo en la acumulación de sus pertenencias. Otra es que el coleccionismo está motivado por ansiedades existenciales: la colección, una extensión de nuestra identidad, sigue viva, aunque nosotros no la tengamos.

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Más recientemente, los teóricos de la evolución sugirieron que una colección era una forma para que un hombre atrajese compañeros potenciales al señalar su habilidad para acumular recursos.

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También existe un fenómeno conocido como el efecto de dotación, que describe la tendencia a valorar más las cosas una vez que las poseemos. Otro es el concepto de contagio: algunos coleccionistas se sienten atraídos por las pertenencias de las celebridades porque se considera que estos objetos están imbuidos de la esencia de la persona que los posee.

Sea como fuere, somos tan únicos como especie que hemos hecho del acto de coleccionar una forma de satisfacción, no ya por el hecho de poseerlos, sino de buscarlos. Un deseo que solo fue posible hace miles de años, cuando nuestros antepasados abandonaron sus estilos de vida nómadas y se establecieron en un solo lugar.

¿Lo harían para que empezáramos a coleccionar? [NationalPsychologist, TalkingClocks, Wikipedia, New York Times, NCBI, HistoryToday]