La sensación de asco, que solemos asociar a lo desagradable o repulsivo, cumple una función vital para la supervivencia. Investigaciones recientes, citadas por National Geographic, revelan que las mujeres sienten esta emoción con más intensidad que los hombres. Esta diferencia no es casual: se relaciona con conductas que reducen la exposición a enfermedades y ayudan a proteger tanto a la persona como a su descendencia, aportando pistas sobre la longevidad femenina.
El asco como barrera contra infecciones
En macacas japonesas, las hembras limpian la comida antes de ingerirla, mientras que los machos lo hacen sin revisar. Este simple gesto reduce el riesgo de parásitos intestinales. En Tanzania, las hembras de babuino oliva evitan aparearse con machos infectados por bacterias similares a la sífilis. Incluso en gorilas, las hembras pueden abandonar un grupo si el macho dominante muestra signos visibles de enfermedad.

Evidencia en humanos: género y contexto
En experimentos de laboratorio, mujeres occidentales suelen puntuar más alto en repulsión frente a imágenes o relatos desagradables. Sin embargo, entre el pueblo Shuar de Ecuador, un estudio mostró que quienes sentían menos asco tenían mayor probabilidad de infección, sin diferencias claras por género. Los investigadores explican que factores como el acceso a infraestructura sanitaria y la modernización también influyen en la intensidad de esta emoción.
Una defensa que se intensifica en el embarazo
El asco funciona como primera línea de defensa del sistema inmune. En mujeres embarazadas, cuya inmunidad se reduce para proteger al embrión, esta emoción se agudiza: mayor repulsión ante alimentos en mal estado o insectos se asocia a menos signos de infección. Así, la respuesta emocional compensa la vulnerabilidad biológica en etapas críticas.
Evolución, longevidad y supervivencia
Desde la perspectiva evolutiva, la mayor sensibilidad femenina al asco tiene sentido: al gestar y criar, las hembras minimizan riesgos de contagio que podrían afectar a sus crías. Para la ecóloga Cécile Sarabian, estas conductas protectoras explican en parte por qué las hembras de primates suelen vivir más que los machos. La emoción, lejos de ser una simple incomodidad, aparece como un sofisticado mecanismo de supervivencia que la ciencia apenas empieza a desentrañar.
Fuente: Infobae.