Semáforos, pasos de cebra, límites de velocidad... Las carreteras están llenas de señales que nos indican cómo circular, pero ¿realmente son necesarias? ¿Y si de la noche a la mañana las quitáramos todas? Esto, que parece una locura, es una realidad en varios lugares del mundo, y la mejor parte es que funciona.

La idea de quitar las señales no es la ocurrencia de un alcalde chiflado que quiere ahorrar en semáforos. Se trata de un movimiento urbanístico llamado Espacio Compartido (Shared Space) que acuñó el ingeniero de tráfico holandés Hans Monderman en la década de los 80. La idea detrás de este movimiento es eliminar las barreras que delimitan por dónde deben circular los automóviles, los peatones y demás vehículos. En sus aplicaciones más radicales, hablamos de eliminar no solo las señales de tráfico, sino también las líneas que delimitan los carriles y hasta los pasos de peatones.

Esto es precisamente el ejemplo de Poynton, una pequeña localidad británica de casi 15.00 habitantes. En 2011, Poynton puso en marcha un ambicioso plan para convertir las calles de su centro en un espacio compartido. El ayuntamiento invirtió cuatro millones de libras (más de 5 millones de dólares) en eliminar las señales, los semáforos, las líneas de la carretera y hasta las aceras.

Hoy, todas las calles del casco urbano de Poynton son un bonito espacio empedrado. El pueblo solo tiene una señal de tráfico. Está a la entrada y alerta precisamente de que estás entrando en una localidad de espacio compartido sin señales.

Conductores más cuidadosos

Contra todo pronóstico, eliminar las señales no hace que la zona se convierta en una selva sin ley. A falta de indicaciones a las que atenerse, los conductores reducen ellos solos la velocidad y comienzan a prestar mucha más atención a su entorno. Conductores, ciclistas y peatones se fijan más unos en otros y todas sus interacciones se negocian en el momento. No hay nadie que crea tener razón porque se lo dice una señal. En lugar de ello solo hay diálogo espontáneo.

La velocidad se limita mediante un hábil diseño de los elementos verticales en las paredes que rodean a las vías, que permiten a los conductores darse cuenta de si van a excesiva velocidad observando de reojo cómo de rápido pasan esos elementos verticales. En cuanto a los peatones, la falta de paso de cebra hace que ellos mismos elijan el lugar más estrecho y seguro para cruzar y lo hagan con más cuidado.

La solución no es del gusto de todos. Un apabullante 80% de los peatones entrevistados se siente más vulnerable con este sistema y le gustaría volver al antiguo. Desde luego, no pensar y limitarse a cumplir lo que las señales dicen es más fácil y da más seguridad, pero las cifras no les dan la razón. La idea del espacio compartido funciona tan bien que reduce las cifras de accidentes de tráfico de manera radical. En lugares donde había más de 30 accidentes al año, la cifra después de quitar las señales se reduce a uno. En otros, la siniestralidad desciende un 60%, que sigue siendo un avance más que notable.

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No es solo una cuestión de siniestralidad. Las zonas que siguen esta filosofía han logrado que su tráfico sea mucho más fluido. Poynton no es ni mucho menos el único ejemplo. Hay decenas de localidades y zonas que ya siguen esa misma filosofía.

No todo es de color de rosa para esta idea. El movimiento de espacio compartido tiene un punto débil importante: las personas con discapacidad, especialemente las que tienen problemas de visión. Los pocos accidentes que han tenido lugar en Reino Unido implicaban a personas invidentes. La polémica resultante ha terminado cuando el parlamento británico ha suspendido los espacios compartidos hasta que encuentren una solución a este problema.

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Queda claro que la tendencia no es la solución definitiva a los accidentes de tráfico, o al menos no todavía. Sin embargo, sí que pone de manifiesto una cosa: Las señales de tráfico no son necesarias si la educación vial es la adecuada. [vía Vox]