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Ciencia

Egipto acaba de encontrar una ciudad bizantina en pleno desierto y 18 tumbas junto al Mediterráneo. Entre lenguas de oro, hornos de pan y cartas en cerámica aparece una historia mucho más humana

Egipto anunció dos nuevos hallazgos arqueológicos: una ciudad residencial bizantina bien conservada en el oasis de Dakhla y 18 tumbas antiguas en Marina el-Alamein. Entre hornos, calles, monedas, ostraca, sarcófagos y “lenguas de oro”, los descubrimientos abren una ventana poco habitual a la vida diaria, la economía y los rituales funerarios del Egipto tardorromano.
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Egipto no necesita grandes presentaciones arqueológicas. Basta mencionar Giza, Luxor o el Valle de los Reyes para que aparezca la imagen de faraones, templos y tumbas monumentales. Pero una parte enorme de su historia no está en las cámaras funerarias de los reyes, sino en espacios mucho más modestos: calles, hornos, casas, monedas, fragmentos de cerámica usados como papel y tumbas de comunidades que vivieron lejos del centro del poder.

Eso es lo que vuelve interesantes los dos hallazgos anunciados por las autoridades egipcias. Por un lado, arqueólogos descubrieron una ciudad residencial de época bizantina en el oasis de Dakhla, en el desierto occidental. Por otro, una misión en Marina el-Alamein, cerca de Alejandría, sacó a la luz 18 tumbas antiguas con sarcófagos, cerámicas, altares y piezas de oro colocadas en la boca de algunos difuntos. Según el Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto, citado por Associated Press y The Guardian, ambos descubrimientos ayudan a reconstruir cómo se vivía, se comerciaba, se rezaba y se enterraba en distintas regiones del Egipto antiguo tardío.

Una ciudad cristiana en el desierto

Egipto acaba de encontrar una ciudad bizantina en pleno desierto y 18 tumbas junto al Mediterráneo. Entre lenguas de oro, hornos de pan y cartas en cerámica aparece una historia mucho más humana
© Ministry of Tourism and Antiquities.

El primer hallazgo procede del oasis de Dakhla, en la actual gobernación de New Valley. Allí apareció un sector urbano del siglo IV con estructuras residenciales y religiosas, entre ellas una iglesia de tipo basilical. De acuerdo con The Guardian, las calles principales seguían un trazado norte-sur y se cruzaban con vías este-oeste, formando plazas abiertas y espacios públicos. No se trata solo de edificios aislados, sino de una trama urbana capaz de mostrar cómo se organizaba una comunidad en pleno desierto occidental.

El punto más visible del asentamiento es una basílica de mediados del siglo IV situada en la cabecera de la ciudad, dominando sus calles principales. También se identificaron restos de dos torres de vigilancia destinadas a proteger los límites del asentamiento, además de una estructura fortificada con muros gruesos y viviendas con salas de recepción y techos abovedados. AP señala que el oasis de Dakhla figura en la Lista Tentativa de la UNESCO, el paso previo a una eventual candidatura como Patrimonio Mundial.

La arquitectura religiosa también ofrece una transición interesante. Entre las viviendas apareció la llamada casa de Tisous, identificado como diácono de la iglesia, fechada en la segunda mitad del siglo IV. Los arqueólogos creen que pudo funcionar como una iglesia doméstica antes de la construcción de la basílica principal. Ese detalle permite imaginar una comunidad cristiana en transformación: primero reunida en una casa adaptada al culto; después, organizada alrededor de un edificio religioso más formal.

Hornos, monedas y cerámica usada como papel

Egipto acaba de encontrar una ciudad bizantina en pleno desierto y 18 tumbas junto al Mediterráneo. Entre lenguas de oro, hornos de pan y cartas en cerámica aparece una historia mucho más humana
© Ministry of Tourism and Antiquities.

Lo más valioso del hallazgo quizá no esté en la iglesia, sino en las evidencias de vida cotidiana. Los arqueólogos encontraron hornos de pan, cocinas, herramientas de molienda y monedas de bronce con retratos de emperadores bizantinos, inscripciones latinas y símbolos cristianos. También apareció un conjunto de monedas de oro fechado en el reinado de Constancio II, emperador romano entre 337 y 361.

Ese tipo de objetos permite ir más allá de la postal arqueológica. Un horno habla de alimentación; una herramienta de molienda, de producción doméstica; una moneda, de circulación económica; una inscripción cristiana, de identidad religiosa. Juntas, esas piezas convierten al asentamiento en algo más que un conjunto de muros: lo transforman en una ciudad habitada.

El dato más revelador son los cerca de 200 fragmentos de cerámica conocidos como ostraca. En el mundo antiguo, estos trozos rotos podían funcionar como soporte barato para escribir. Según Diaa Zahran, responsable del área de antigüedades islámicas, coptas y judías, los fragmentos hallados contienen inscripciones con transacciones comerciales, correspondencia y otros detalles de la vida diaria. En otras palabras: pequeñas notas de una economía local que sobrevivieron mejor que muchos documentos oficiales.

A 100 kilómetros de Alejandría, otra historia bajo tierra

El segundo descubrimiento se produjo en Marina el-Alamein, un sitio arqueológico situado unos 100 kilómetros al oeste de Alejandría, en la costa mediterránea egipcia. Allí los arqueólogos hallaron 18 tumbas: 11 excavadas en la roca, con una profundidad media de ocho metros, y siete construidas en superficie con piedra caliza. Con este nuevo conjunto, el número total de tumbas documentadas en el sitio asciende a 48 según AP, aunque Ahram Online recoge una cifra de 44 en el marco de los trabajos desde el descubrimiento del lugar en 1986; la diferencia parece depender del recuento específico usado por cada comunicación oficial.

Marina el-Alamein suele identificarse con Leukaspis, una antigua ciudad portuaria grecorromana construida en el siglo II y activa hasta el siglo IV. Esa ubicación ayuda a entender la mezcla de materiales: vasijas, ánforas, lámparas, platos, altares, cuencos de piedra caliza y un sarcófago de granito de 2,5 metros con restos óseos que todavía están siendo estudiados. Cerca del sarcófago apareció también parte de una estatua de esfinge realizada en yeso.

El hallazgo más llamativo, sin embargo, son las llamadas “lenguas de oro”: cuatro piezas colocadas en la boca de algunos difuntos. Eman Abdel-Khaliq, jefa de la misión, explicó que este tipo de práctica se relacionaba con creencias funerarias de la época. La idea no era decorativa en sentido moderno, sino ritual: dotar al muerto de una capacidad simbólica para hablar o presentarse en el más allá.

El valor de lo cotidiano

Egipto acaba de encontrar una ciudad bizantina en pleno desierto y 18 tumbas junto al Mediterráneo. Entre lenguas de oro, hornos de pan y cartas en cerámica aparece una historia mucho más humana
© Ministry of Tourism and Antiquities.

Lo interesante de ambos hallazgos es que no compiten con la arqueología monumental de Egipto; la completan. Dakhla muestra una ciudad bizantina organizada con calles, torres, casas, espacios religiosos y señales de actividad económica. Marina el-Alamein revela un paisaje funerario vinculado a una ciudad mediterránea donde convivían tradiciones egipcias, griegas y romanas.

También recuerdan algo que a veces se pierde cuando la arqueología se cuenta solo a través de tesoros: el pasado no estaba hecho únicamente de faraones, emperadores o grandes monumentos. Estaba hecho de pan, cartas, recibos, monedas, tumbas familiares, cocinas, herramientas y rituales pequeños.

En ese sentido, la ciudad de Dakhla y las tumbas de Marina el-Alamein tienen algo en común. Una mira hacia la vida; la otra, hacia la muerte. Pero las dos hablan de comunidades que no querían desaparecer del todo. Unos dejaron sus nombres, sus monedas y sus notas escritas en cerámica. Otros dejaron ajuares, sarcófagos y piezas de oro en la boca de los muertos. La arena hizo el resto: guardó durante siglos una parte menos espectacular, pero profundamente humana, de la historia de Egipto.

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