Ocurrió el 2 de agosto de 1947. Los pasajeros se subieron a bordo del Star Dust británico con dirección a Santiago. Pero el avión jamás llegaría a su destino. Tuvieron que pasar 50 años para descifrar parte del misterio que rodea a este viaje. El último de todos sigue siendo una incógnita: STENDEC.

La historia del Star Dust permaneció durante largo tiempo como uno de esos relatos de la aviación sin respuesta. Un avión que pertenecía a la British South American Airways y que realmente se trataba de un Avro 691 Lancastrian (versión civil del famoso bombardero Lancaster de la Segunda Guerra Mundial), un aparato de transporte de correo y de pasajeros británico utilizado en los años 40 y 50.

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Aquel verano de 1947 nada hacía presagiar los acontecimientos que iban a tener lugar. Además, a los mandos del Star Dust iban los tipos más experimentados del planeta, pilotos de guerra que se habían enfrentado a decenas de batallas en el aire.

Hoy muchos siguen haciéndose la misma pregunta, ¿qué trataron de decir con ese último mensaje?

Empecemos por el principio.

Un viaje sin retorno en los Andes

Avro Lancastrian 691 pintado como el Star Dust. Wikimedia Commons

La lista de pasajeros que fue subiendo en el Star Dust desde el 30 de julio, momento en el que el vuelo sale del aeropuerto de Heathrow (Londres) con dos pasajeros, ya daba para el principio de una película de misterio o para una partida del juego de mesa Cluedo.

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A bordo del avión se encontraban dos amigos y hombres de negocio que viajaban a Sudamérica en busca de oportunidades: un suizo amante de la diversión y un ejecutivo inglés. Junto a ellos se sumaría un hombre palestino elegantemente vestido, un agente sudamericano de la compañía de neumáticos Dunlop (el tipo había sido el tutor de Miguel I de Rumanía). También estaba la alemana Martha Limpert, una señora de 70 años viuda que volvía a su segunda casa en Chile después de un largo período en su tierra natal durante la guerra.

Y claro, para añadirle algo de picante no podía faltar el elemento intrigante. En este caso se trataba, por un lado de un agente del tesoro, Paul Simpson, quien supuestamente llevaba una remesa de oro en barras en las bodegas del Star Dust. El tipo era miembro de un selecto cuerpo de funcionarios británicos conocidos como los Mensajeros de la Reina. Este último había entrado portando una bolsa diplomática.

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Como decíamos, el vuelo partió el 30 de julio desde Londres para hacer escala en Isla Ascensión y luego cruzar el Atlántico hasta el aeropuerto de Morón (Buenos Aires). El 2 de agosto el vuelo estaba programado que saliera con destino a Santiago de Chile. A los mandos se encontraba el capitán Reginald James Cook, con experiencia en más de 90 misiones de guerra y que había atravesado en hasta 8 ocasiones Los Andes. Junto a este se encontraba Donald Chekling, el segundo oficial, quien contaba con 36 horas misiones de combate. Para completar la tripulación de cabina estaban el copiloto Norman Hilton, el radio operador Dennis Harmer y la sobrecargo Iris Adams.

Avro Lancastrian 691. Wikimedia Commons

Por tanto, aunque recorrer las montañas de los Andes con un clima invernal terrible era una empresa que exigiría todos los conocimientos y habilidades de Cook y su tripulación, el viaje debía estar dentro de las capacidades del equipo (y del Star Dust).

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Un aparato que podía alcanzar una velocidad de crucero de 370 km/h y una altitud de hasta 6 mil metros, es decir, más alto que la gran mayoría de aeronaves de la época y lo suficiente como para pasar por encima de los picos más altos de la zona. Cook, quien además había sido condecorado en numerosas ocasiones, fue reclutado de la RAF y al igual que la gran mayoría de los pilotos de la BSAA había recibido entrenamiento adicional para el avión.

Una vez en el aire y según los registros que se tienen, la tripulación mantuvo el contacto con el suelo a través de la radio bajo código Morse, y justo antes de que fuera programada la llegada señalaron su acercamiento. Y es justo en este momento, sobre las 15:00 horas, cuando se recibe una primera misteriosa señal en el aeródromo de Santiago, una señal que comprendía las letras: “S-T-E-N-D-E-C”.

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El tipo que estaba en la radio en Santiago no entendía nada. Llevaba demasiados años como para saber que aquellas letras no existían en la abreviatura Morse. Así que el hombre pidió al Star Dust que volvieran a repetir la señal. Y desde el avión volvieron a emitir hasta en dos ocasiones el mismo mensaje críptico. Un mensaje inexplicable que además fue el último que se recibió desde el vuelo. El tipo de la radio desde Santiago pedía posición, pero al otro lado solo encontró silencio.

Ese día el Star Dust no llegó a su destino.

En realidad no llegó a ningún destino.

La búsqueda y la leyenda

Los Andes. Wikimedia Commons

Rápidamente se montó una extensa búsqueda aérea. Mientras, los ejércitos chileno y argentino peinaban el área de pie, con barridas de kilómetros. Fueron pasando las horas y los días y las labores se dieron de bruces con la extraña realidad: no había ni rastro del avión o los pasajeros. Un enigma que duró más de 50 años, tiempo en el que se clasificó al incidente como uno de los mayores misterios sin resolver de la aviación. No sólo eso, se creó toda una mitología e inventiva que no hizo más que crecer alrededor de aquel extraño suceso.

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Probablemente esto último tenga mucho que ver con el momento de la desaparición. Ocurrió en unas fechas especialmente turbulentas en cuanto a la política en Sudamérica. Para empezar el deterioro de las relaciones anglo-argentinas ya le conferían al incidente un halo de implicaciones intrigantes. Por ejemplo con el contenido de aquella misteriosa bolsa diplomática del Mensajero de la Reina, el sabotaje pudo haber sido una manera muy conveniente de asegurarse que nunca llegara a su destino.

Por otro lado, también hay quienes veían difícil ignorar la presencia en el vuelo de la mujer nacida en Alemania, más aún en un momento en el que las autoridades estadounidenses y británicas estaban cada vez más frustradas con la tendencia de Argentina a acoger a criminales nazis que huían de la Europa desgarrada por la guerra.

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O quizá ese hombre palestino elegantemente vestido. Hubo quien vio una conexión palestina como parte de una teoría de la conspiración. Por último y no menos intrigante, estaban esos dos tipos de negocios. En este caso se daba rienda suelta a toda una trama corporativa. Por no hablar de los lingotes de oro que supuestamente habían en la bodega.

Los Andes argentinos. Getty

Sin embargo y por más que los periódicos y los amigos del misterio hilaran fino, lo cierto es que las posibilidades de que la solución se encontrara en la lista de pasajeros nunca fue una vía de investigación oficial. Básicamente no existían hechos definidos para ello. Así que la desaparición del Star Dust y sus pasajeros fue tan desconcertante que incluso algunos vieron la posibilidad de una abducción alienígena. En este caso revistas de la época como la española UFO no dudaron en aplicar esta teoría basándose en la letras STENDEC.

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No sólo España. En Argentina comenzó a correr el rumor de que mucha gente local de los pueblos creían haber visto lingotes de oro por las laderas rocosas de las montañas. De repente comenzaron a peregrinar curiosos y amantes de los tesoros en busca de un enorme botín. Otros, probablemente los más sobrios, consideraban la posibilidad de que el avión hubiera sobrevolado Chile y abandonado en algún punto del Océano Pacífico.

Pasaron los meses, los años, las décadas y aquel misterioso incidente se fue olvidando del imaginario popular, y como suele ocurrir en estos casos, permaneció el mito y la leyenda de lo que pudo haber ocurrido.

Hasta 1998.

Los restos del Star Dust

Monte Tupungato. Wikimedia Commons

Ese año dos escaladores iban a descubrir algo fuera de lo común en un tramo de un glaciar a 4.500 metros sobre el monte Tupungato, a unos 50 kilómetros al este de Santiago. Se trataba de una pieza de maquinaria tendida en el hielo, una pieza sobre la que se podía leer las letras grabadas “ROLLS-ROYCE”. Junto a esta se encontraban:

  • Unas franjas de tela de rayas muy desgastadas, probablemente por el tiempo que llevaban ahí.
  • Más trozos de metal destrozados.
  • Una rueda en perfecto estado.
  • Un brazo del tren de aterrizaje.
  • Restos de ropa.
  • Tres torsos congelados.
  • La mano de una mujer.
  • Un asiento.

Curioso, porque aunque el sitio era un lugar remoto y bastante inaccesible, antes de que estos dos escaladores llegaran debían haber pasado muchos más en los últimos 50 años. Pero ninguno había informado de ningún accidente como el que parecían estar viendo.

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A su regreso ambos lo comentan a las autoridades y el boca a boca hace el resto. La tentación por la perspectiva de resolver el misterio del Star Dust acaba creando al año siguiente una expedición conjunta entre militares y montañistas locales. Este grupo tuvo que abortar la misión en 1999 debido al temporal que asolaba la zona. Un año después, en enero del 2000, retoman la misión para llegar hasta allí.

La rueda encontrada del Star Dust. Wikimedia Commons

Poco después de llegar a la base del glaciar Tupungato encontraron la evidencia que estaban buscando y verificaron el descubrimiento de los escaladores. La zona tenía restos del avión y partes de cuerpos alterados por la erosión y exposición al frío. Más tarde encontraron los restos identificables del motor y la hélice del Avro. Estaban, sin lugar a dudas, en el lugar de descanso del Star Dust.

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La historia cobró un renacido interés en Argentina, Reino Unido y en el resto del mundo. En las semanas siguientes se creó una expedición mucho más grande, ahora únicamente con el ejército argentino, con el objetivo de documentar lo más posible el descubrimiento y recuperar los restos humanos. Por allí comenzaron a llegar grandes medios como la BBC y se montó oficialmente una Junta de Investigación de la Fuerza Aérea Argentina.

Las primeras pesquisas empezaron a proporcionar piezas importantes del rompecabezas. Se trataba de la primera vez desde hacía más de 50 años que existía una línea razonable de investigación, una que podía contar las últimas horas del Star Dust.

¿Qué ocurrió realmente?

Los Andes. Getty

Según esta investigación, mientras se dirigía a la aparentemente impenetrable barrera de los Andes para llegar a una pista al oeste, Reginald Cook habría visto el mal tiempo que les esperaba por delante. Confiado en su capacidad y la del Star Dust habría subido hasta cerca de los límites de la aeronave para superar las nubes y los picos de las montañas. A medida que el avión no presurizado iba ganando altura, la sobrecargo Iris Evans avisó al resto de pasajeros de la necesidad de hacer uso de las máscaras de oxígeno.

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Sin balizas de navegación terrestres fijas en la zona y, por supuesto, sin navegación por satélite, la tripulación se basó “a ojo” en la brújula, el cronómetro y las velocidades del viento previstas para estimar su posición. Puede parecer una temeridad, pero no para tipos experimentados como Cook, capaces de hacer proezas impresionantes con estas pocas herramientas.

Presumiblemente, después navegar durante horas por la densa manta de nubes, los cálculos de Cook le habrían dicho al capitán que habían sobrepasado los Andes y que estaban muy cerca de llegar a su destino. Entonces debería haber empezado un suave descenso. Fue allí también cuando el radio operador del Star Dust indicó su inminente llegada a Santiago, estimada en cuatro minutos, para posteriormente lanzar por primera vez el enigmático mensaje: STENDEC. El tipo en la radio desde Santiago no tenía ninguna razón para cuestionar la posición de navegación, aunque el significado del mensaje final le dejara perplejo en hasta tres ocasiones.

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A unos 80 kilómetros del aeródromo el Star Dust se estrelló en la parte superior del glaciar Tupungato matando al instante a los pasajeros y la tripulación. El impacto de la colisión sacudió la ladera de la montaña, lo que supuso que la creación de una avalancha que se tragó el resto del aparato. Dando por válido esta hipótesis la mayor parte del Star Dust ha estado oculto a la mirada de las misiones de búsqueda posteriores. Además, las nevadas en los años siguientes enterraron los escombros hasta que el avión se convirtió en parte del glaciar.

Volcán de Tupungato. Wikimedia Commons

Enterrado en el hielo durante décadas y moviéndose muy lentamente por el paso del tiempo, los restos del Star Dust y sus ocupantes emigraron a través del hielo durante varias décadas, saliendo finalmente de la zona de fusión del glaciar 51 años después.

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La investigación también concluyó, siempre bajo hipótesis, que las cartas meteorológicas sugerían que el error de navegación partió de Reginald Cook. La razón es que estas muestran que en el momento del vuelo las condiciones sobre esa parte de Sudamérica eran perfectas para la formación de un viento de alta velocidad y altitud conocido como corrientes de chorro. Cuando hablamos de ellas hablamos de un flujo de aire rápido y estrecho concentrado en la atmósfera, una especie de “ríos” estrechos de aire que fluyen muy rápido y que serpentean a través del globo en ambos hemisferios en altas altitudes.

Siendo así, parece que Cook y su tripulación descubrieron este fenómeno durante el vuelo. La corriente de chorro sobre los Andes en agosto de 1947 soplaba de oeste a este, a una velocidad de hasta 320 km/h. A casi 7 mil metros de altura el Star Dust probablemente penetró en los tramos inferiores de la corriente. El resultado fue que el avión no estuvo ni cerca de llegar a Santiago.

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Lo cierto es que para el capitán Cook y su tripulación esta “corriente de chorro” era algo tan factible como detectar un OVNI. En cuanto a los antecedentes e historial de los pasajeros del vuelo fatídico, es probable que simplemente se deba a que eran un reflejo de la turbulenta época de la posguerra en Sudamérica.

Sin embargo y pesar de que la teoría oficial es la explicación más científicamente plausible, en los glaciares de los Andes sigue escondido el misterio final, el mismo que muy probablemente mantenga entretenidos a los amigos del misterio y la conspiración hasta la eternidad. Y es que a pesar de las numerosas conjeturas, seguimos sin saber el significado de ese mensaje final.

Han pasado 70 años y nadie sabe lo que significa STENDEC.