A veces, para encontrar una obra de ingeniería romana hay que empezar construyendo una del siglo XXI.
Suiza preparaba la renovación de un puente ferroviario sobre el río Aare, a su paso por Solothurn, cuando los trabajos previos obligaron a investigar arqueológicamente el fondo del río. Desde la primavera de 2025, un equipo de buzos comenzó a buscar restos de estructuras antiguas alrededor de la zona.
Lo que encontraron estaba apenas unos metros río arriba del actual puente de Wengi: varios pilotes de madera clavados todavía en el lecho del Aare. Las muestras enviadas a datación dieron una respuesta mucho más antigua de lo esperado. Procedían del siglo IV d.C., en plena Antigüedad tardía.
No eran simples maderos perdidos.
Los arqueólogos creen que formaban parte de un pilar que sostenía un puente romano construido hace aproximadamente 1.700 años. Y su aparición resuelve una incógnita histórica que llevaba mucho tiempo abierta en Solothurn.
Los romanos dejaron carreteras a ambos lados del río. Faltaba encontrar cómo lo cruzaban
La antigua Solothurn era conocida por los romanos como Salodurum y ocupaba una posición especialmente importante dentro de su red de comunicaciones.
Solothurn y Olten surgieron durante el siglo I como pequeñas ciudades vinculadas a los puentes y a la carretera que atravesaba la meseta suiza. Con el tiempo se convirtieron en puntos de parada donde había viviendas, almacenes, comercios, posadas e incluso edificios públicos.
El problema era bastante sencillo: los arqueólogos sabían que por allí pasaba una gran vía romana, pero faltaba una pieza física fundamental.
El río Aare estaba en medio.
La carretera conectaba Italia con el Rin atravesando el paso del Gran San Bernardo, la meseta occidental suiza y el Jura. Cerca de Solothurn ya se habían encontrado restos de aquella ruta entre Büren an der Aare y Nennigkofen. Todo indicaba que tenía que existir un puente, pero hasta ahora no había restos materiales capaces de demostrarlo.
Los pilotes cambian eso.
La hilera localizada mide cerca de dos metros y se encuentra aproximadamente a diez metros de la orilla sur. Según la arqueología cantonal, probablemente pertenecía a un Pfahljoch, una estructura formada por pilotes que soportaba el tablero por el que circulaban personas, mercancías y vehículos.
El propio río explica por qué Roma eligió exactamente ese lugar

La ubicación tampoco parece casual.
Antes de llegar a Solothurn, el Aare describe fuertes curvas. Justo en este punto, sin embargo, el río queda comprimido en un cauce más estrecho, convirtiéndolo en un lugar especialmente adecuado para construir un cruce. Incluso el antiguo nombre de Salodurum procede de un topónimo celta relacionado con una “estrechez del río” o una especie de “puerta de las aguas”.
Para el siglo IV, además, la ciudad estaba cambiando. La antigua población abierta de los siglos anteriores comenzó a transformarse en un castrum fortificado, en un momento en el que el Imperio trataba de reforzar numerosos puntos estratégicos de sus territorios.
Ese contexto convierte al puente en algo más que dos o tres trozos de madera bajo un río: permite localizar físicamente una conexión de la red romana que había sobrevivido hasta ahora fundamentalmente como hipótesis.
El agua que ocultó el puente durante siglos también fue lo que consiguió salvarlo
Que esos pilotes sigan existiendo tiene algo de accidente arqueológico.
En 1969, unas grandes obras hidráulicas profundizaron amplias zonas del lecho del Aare y podrían haber eliminado cualquier resto de la construcción romana. Los pilotes sobrevivieron porque estaban protegidos por la zona del puente de Wengi.
Y ahora tampoco serán retirados.
La nueva obra ferroviaria no los afecta, por lo que permanecerán sumergidos en el mismo lugar, donde el ambiente acuático ayuda a proteger la madera frente a su deterioro. Los arqueólogos planean nuevas inmersiones para buscar más pilotes y reconstruir con mayor precisión cómo era aquel cruce.
La paradoja es difícil de mejorar: durante 1.700 años, uno de los mejores lugares para conservar un puente romano resultó ser exactamente donde Roma lo había construido: debajo del río que debía atravesar.