Durante siglos, los agujeros negros fueron metáforas de lo insondable. Hoy, las ondas gravitacionales y la astrofísica de precisión los convierten en laboratorios del espacio-tiempo. Una investigación coordinada por el Instituto Galego de Física de Altas Enerxías logró lo que parecía imposible: descifrar la velocidad y dirección del retroceso de un agujero negro a miles de millones de años luz.
La escopeta cósmica y el retroceso invisible

Cuando dos agujeros negros orbitan entre sí y acaban fusionándose, liberan una descarga de ondas gravitacionales. Ese estallido produce un efecto comparable al de una escopeta: la bala avanza, pero el arma también se sacude hacia atrás. Así lo explica Juan Calderón Bustillo, investigador del IGFAE, quien recuerda que estas velocidades pueden alcanzar miles de kilómetros por segundo. La fusión analizada se registró en 2019, a 2.300 millones de años luz, y permitió calcular un retroceso de más de 50 km/s, suficiente para expulsar al nuevo agujero negro de su cúmulo estelar de origen.
Cómo escuchar la orquesta del universo

El equipo utilizó la variación del “sonido” de las ondas gravitacionales según la perspectiva del observador. Tal como si una orquesta interpretara una pieza y cada espectador percibiera matices distintos, los científicos identificaron la dirección del retroceso midiendo qué combinaciones de frecuencias llegaban a la Tierra. Así, determinaron un ángulo de unos 40 grados respecto a nuestro planeta. La imagen, además de poética, prueba que la orientación de estas colisiones puede medirse con los detectores actuales, una idea concebida por el grupo ya en 2018.
Lo que revelan las nuevas señales
Más allá del retroceso, la investigación abre la puerta a estudios que combinen ondas gravitacionales con emisiones electromagnéticas. Cuando estas fusiones ocurren en entornos densos, como núcleos galácticos activos, pueden producir destellos de energía que acompañen al “salto” del agujero negro. Según el coautor Samson Leong, esta sinfonía de señales permitiría no solo describir el entorno inmediato de las fusiones, sino también avanzar hacia uno de los grandes enigmas: medir con más precisión el ritmo de expansión del universo.