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Un desierto chino empieza a teñirse de verde. No fue un milagro, fueron siete millones de paneles solares

En Qinghai, una planta fotovoltaica del tamaño de Madrid no solo genera energía para millones de hogares: también está cambiando el paisaje. Los paneles frenan la erosión, conservan humedad y han creado praderas donde ahora pastan miles de “ovejas fotovoltaicas”.

Durante siglos, la meseta tibetana en Qinghai fue un páramo árido castigado por el viento y la erosión. Hoy, en ese mismo lugar, el paisaje se tiñe de verde. El responsable no es un proyecto de reforestación masiva ni un milagro climático, sino una gigantesca granja solar. Un complejo con siete millones de paneles que no solo impulsa la transición energética china, sino que también está creando un inesperado ecosistema.

El mayor parque solar del mundo

China no solo construyó la mayor planta solar del mundo: también convirtió un desierto en un laboratorio verde
© Mokun Renewables.

El proyecto en Qinghai se extiende sobre 610 kilómetros cuadrados, un área equivalente a la ciudad de Madrid. Con siete millones de paneles fotovoltaicos, será capaz de generar electricidad suficiente para abastecer a cinco millones de hogares. Es, con diferencia, la instalación solar más grande del planeta, y un símbolo del ritmo vertiginoso con el que China expande su infraestructura energética renovable.

Lo sorprendente, sin embargo, no está únicamente en las cifras. Lo que más llama la atención es cómo esta infraestructura está transformando la ecología de una de las zonas más áridas del país.

Un desierto en proceso de reverdecimiento

China no solo construyó la mayor planta solar del mundo: también convirtió un desierto en un laboratorio verde
© Pixabay – Bru-nO.

Los paneles, dispuestos en interminables filas, cumplen un papel inesperado: actúan como barreras contra el viento. Esa protección reduce la erosión, retiene la humedad del suelo y permite que brote vegetación en lugares donde antes solo había arena y polvo.

Bajo la sombra parcial de las placas empiezan a crecer hierbas y arbustos, creando microclimas más húmedos que favorecen la biodiversidad. La fauna local, atraída por esta nueva cobertura vegetal, ha comenzado a regresar a la zona, alterando un ecosistema que parecía condenado a la desertificación permanente.

Las “ovejas fotovoltaicas”

China no solo construyó la mayor planta solar del mundo: también convirtió un desierto en un laboratorio verde
© Sungrow.

El reverdecimiento ha traído consigo un reto: la hierba que crece entre los paneles necesita control. La solución llegó de la mano de los pastores locales, que llevan a miles de ovejas a pastar entre las hileras solares.

Esta curiosa convivencia entre tecnología y ganadería se ha descrito como un “win-win”: las ovejas mantienen el terreno limpio sin necesidad de maquinaria, y los pastores encuentran una nueva fuente de ingresos. Así, las “ovejas fotovoltaicas” se han convertido en símbolo inesperado de la transición energética.

China y la magnitud de su apuesta

El parque de Qinghai es solo una pieza de un plan mucho mayor. En 2024, China fue responsable del 61% de la capacidad solar instalada en el mundo y del 70% de la eólica. Solo en la primera mitad de 2025 añadió 212 GW solares —más que toda la capacidad acumulada de EE.UU.— y 51 GW eólicos.

El impacto ya se nota: el país alcanzó antes de lo previsto sus metas de 2030 y registró la primera caída de emisiones de carbono. Y mientras esas cifras marcan récords globales, los paneles en Qinghai cuentan otra historia: la de un desierto que empieza a florecer gracias a la energía del sol.

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