En la Antártida, unos pocos kilómetros pueden marcar la diferencia entre sobrevivir y morir. Para los pingüinos emperador, llegar al océano y regresar a la colonia con alimento es una tarea esencial durante la temporada de cría. Pero en 2025, un acontecimiento inesperado alteró esa rutina y convirtió un recorrido habitual en un obstáculo difícil de superar.
Un gigantesco iceberg quedó encallado cerca de una isla y modificó el acceso de miles de aves a las zonas donde conseguían comida. Lo más inquietante es que el bloque de hielo no solo aumentó la distancia hasta el mar abierto: su particular forma también creó una barrera que los animales no podían atravesar como esperaban.
Las consecuencias se hicieron evidentes cuando los investigadores compararon las imágenes de dos temporadas reproductivas consecutivas. La diferencia entre ambos registros reveló la magnitud de una tragedia que afectó especialmente a los ejemplares más jóvenes.

El iceberg que transformó una ruta esencial para sobrevivir
El episodio ocurrió junto a la isla Coulman, en la Antártida, donde un iceberg quedó varado al norte de la zona en julio de 2025. El bloque permaneció en ese lugar hasta comienzos de enero de 2026, durante buena parte de una etapa fundamental para la reproducción de los pingüinos emperador.
El fenómeno fue reconstruido por un equipo dirigido por el investigador polar Jeong-Hoon Kim, del Instituto Coreano de Investigación Polar. Los resultados se publicaron en la revista científica Nature Communications Earth & Environment, a partir de imágenes satelitales, fotografías aéreas y modelos tridimensionales que permitieron analizar la posición del iceberg y sus posibles efectos sobre la colonia.
Para comprender la gravedad del problema, es necesario tener en cuenta cómo viven estas aves. Los adultos deben desplazarse regularmente entre el lugar donde se concentran las crías y las zonas de alimentación. Allí capturan peces, calamares y otros organismos marinos que después transportan para alimentar a sus polluelos.
Este sistema depende de que los progenitores puedan completar sus recorridos con suficiente frecuencia. Si el trayecto se vuelve demasiado largo o complicado, las crías pueden pasar más tiempo del habitual sin recibir alimento.
Eso fue precisamente lo que sucedió en 2025. La distancia mínima entre la colonia y las aguas abiertas pasó de unos 9,3 kilómetros en 2024 a aproximadamente 14,9 kilómetros al año siguiente. Aunque el incremento pueda parecer limitado, para una población que depende de desplazamientos constantes representó una dificultad considerable.
Una forma inesperada convirtió el hielo en una trampa
El problema no se explicaba únicamente por los kilómetros adicionales. La reconstrucción tridimensional del iceberg permitió identificar una característica que habría complicado todavía más el regreso de los adultos.
Uno de sus lados presentaba una pendiente relativamente suave. Esa superficie podía parecer transitable desde la distancia, por lo que numerosos pingüinos se aproximaban e intentaban subir por ella. Sin embargo, al avanzar descubrían que no podían continuar: delante se encontraba una caída abrupta de unos 20 metros.
Las fotografías mostraron grandes concentraciones de aves sobre el iceberg y alrededor de sus bordes. Los animales que llegaban hasta aquella barrera tenían que retroceder y buscar otra forma de rodear el bloque para alcanzar la colonia.
El biólogo marino Michael Polito, de la Universidad de California en Santa Cruz, quien no participó en la investigación, destacó la importancia de esa configuración física. Según explicó, la forma del iceberg atrapó a los adultos que regresaban desde el océano.
Cada intento fallido podía añadir tiempo y esfuerzo a un viaje que ya se había vuelto más largo. Mientras los ejemplares adultos buscaban un camino alternativo, sus crías continuaban esperando en la colonia.
El episodio demuestra que, en un entorno tan extremo como la Antártida, una modificación aparentemente puntual del paisaje puede alterar procesos biológicos esenciales. No hacía falta que desapareciera el hielo marino ni que toda la colonia perdiera su hábitat: bastó con que un obstáculo interfiriera en una ruta de alimentación.
Los censos revelaron la magnitud de la tragedia
La diferencia entre las temporadas de 2024 y 2025 ofreció uno de los datos más impactantes del estudio.
Durante 2024, los investigadores contabilizaron 21.242 crías vivas en la colonia. En cambio, las imágenes aéreas correspondientes a 2025 permitieron identificar solamente 6.658.
La diferencia asciende a 14.584 ejemplares, lo que representa una disminución aproximada del 69 % respecto del año anterior. Por eso, el episodio se describe como una tragedia que afectó a cerca de 15.000 crías.
Los científicos consideran que muchas de ellas pudieron morir de hambre debido a las dificultades que afrontaron sus progenitores para regresar con alimento. Sin embargo, el descenso observado no equivale por sí solo a un recuento individual de todas las muertes ni permite atribuir cada pérdida exclusivamente al iceberg. La investigación relaciona la alteración del acceso al mar con el desplome registrado en la cantidad de polluelos vivos.
La situación resulta especialmente preocupante porque los pingüinos emperador dependen de condiciones ambientales muy específicas para reproducirse con éxito. Sus crías necesitan recibir alimento de manera regular, mientras los adultos deben desplazarse por superficies heladas que cambian constantemente.
Cuando una barrera natural interrumpe esa dinámica, las consecuencias pueden extenderse a una parte importante de la colonia en una sola temporada.
¿Puede volver a ocurrir algo parecido en la Antártida?
El iceberg ya abandonó la zona, por lo que los investigadores consideran que las próximas temporadas reproductivas podrían desarrollarse con una dinámica más habitual. Sin embargo, su desaparición no elimina las preguntas que dejó el episodio.
El caso pone de relieve la vulnerabilidad de las colonias de pingüinos emperador frente a los cambios físicos del entorno. Los desprendimientos de grandes bloques de hielo forman parte de la dinámica natural de las regiones polares, pero sus efectos pueden ser especialmente graves cuando coinciden con áreas de reproducción y rutas esenciales para conseguir alimento.
Además, el debilitamiento de las plataformas de hielo podría favorecer desprendimientos capaces de modificar nuevamente el paisaje antártico. Eso no significa que todos los icebergs representen una amenaza para las colonias, sino que su ubicación, su tamaño y su geometría pueden determinar si interfieren con el comportamiento de los animales.
Para Kim, lo sucedido fue una experiencia difícil de olvidar. El investigador reconoció que esperaba no presenciar algo semejante en una de las colonias que su equipo vigila.
La tragedia de 2025 deja una conclusión inquietante: incluso en uno de los lugares más remotos del planeta, una barrera de hielo puede cambiar el destino de miles de animales. Y, en ocasiones, el peligro no está solamente en las condiciones extremas de la Antártida, sino en un obstáculo inesperado que aparece justo cuando la supervivencia depende de llegar a tiempo.
[Fuente: El Confidencial]