Image: The Flat Earth Society

El investigador Harry T. Dyer tenía la misma duda que millones de personas que creen que la Tierra no solo no es plana, sino que afirmar tal cosa demuestra una extraña forma de pensar. Dyer desgrana en un artículo para The Conversation qué hacen y dicen los “tierraplanista” durante una convención de tres días.

El encuentro tuvo lugar en Birmingham, nada menos que la primera convención pública de estos “creyentes” en el Reino Unido. Un evento donde cualquier profano se hace la misma pregunta, ¿qué demonios tratan durante 72 horas? Quizás más importante que eso, Dyer no buscaba en su investigación burlarse o denigrar a esta comunidad, lo que realmente quería saber o entender es a qué se debía este resurgimiento en pleno siglo XXI.

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Además de discursos y vídeos, el encuentro tenía una gran cantidad de talleres, debates y, sobre todo, experimentos “con métodos científicos”, o cómo señalo el maestro de ceremonias el primer día, “trataremos durante estos días de buscar pruebas múltiples y verificables, siempre debemos llevar acabo nuestra propia investigación y aceptar que podríamos estar equivocados”.

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Curioso, porque la primera clave que sacó el investigador del encuentro es que los “tierraplanistas” confían y apoyan los métodos científicos, pero no se fían de los propios investigadores, a quienes durante toda la conferencia los criticaban por su relación entre el “poder” y el “conocimiento”. ¿A qué se refieren con ambos conceptos?

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Lo cierto es que la comunidad no es el primer grupo en ser escéptico respecto de las estructuras de poder existentes y su comprensión sobre el conocimiento. Un punto de vista muy parecido al trabajo de Michel Foucault, un filósofo famoso y muy influyente del siglo 20 que hizo carrera al estudiar a aquellos en los márgenes de la sociedad para entender lo que podían decirnos sobre la vida cotidiana.

Foucault sugirió que el conocimiento se crea y se utiliza de una manera que refuerza los reclamos de legitimidad de los que están en el poder. Al mismo tiempo, aquellos en el poder controlan lo que se considera conocimiento correcto e incorrecto. Según Foucault, existía una relación íntima e interrelacionada entre el poder y el conocimiento.

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Lo interesante, tal y como apunta Dyer, es que Foucault escribía en un momento en que el control del poder y el conocimiento se había alejado de las instituciones religiosas, quienes anteriormente tenían un control muy singular sobre, no solo el conocimiento, sino también la moralidad.

En cambio, ahora comenzaban a moverse hacia una red de instituciones científicas, monopolios mediáticos, tribunales legales y gobiernos burocratizados. Foucault argumentó que estas instituciones trabajan para mantener sus reclamos de legitimidad controlando el conocimiento.

Si lo extrapolamos al siglo XXI, el investigador observa otro cambio importante tanto en el poder como en el conocimiento debido a factores que incluyen el aumento de las plataformas públicas proporcionadas por las redes sociales. Sin un poder centralizado que controle surgen propuestas capaces de salir del guión establecido, el “experto” ya no hace falta, y ahora cualquiera tiene poder para crear y compartir “su” contenido, dando como resultado situaciones como el Brexit o el cambio impensable hasta hace poco a presidentes políticos más propios de un cómic de Marvel.

Durante gran parte de la convención se habló de modelos que iban desde la tierra plana “básica”, hasta modelos de tierra con paredes de hielo, con mundos paralelos en su interior e incluso una de las teorías incluía un huevo cósmico gigante. Sin embargo, la discusión no solía girar en torno a estos modelos, sino en cuestiones mucho más amplias de actitudes hacia las estructuras de conocimiento existentes y las instituciones que apoyaban y presentaban estos modelos.

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De la misma forma, y como apunta el autor, la sociedad actual vive una mayor polarización, una donde el foco está simplemente en campos con intereses compartidos, “el conocimiento se ha descentralizado cada vez más, y han surgido narrativas competitivas”, explica. Según Dyer:

Esto fue especialmente evidente cuando cuatro tierraplanistas debatieron con tres estudiantes de doctorado de física. Un punto particular de la discordia ocurrió cuando uno de los físicos suplicó a la audiencia que evitara confiar en YouTube y en los bloggers. La audiencia se opuso a esto, señalando que “ahora que tenemos internet y comunicación de masas ... no dependemos de lo que la corriente principal nos dice en los periódicos, podemos decidir por nosotros mismos”. Era evidente que estas personas deseaban separar el conocimiento de las instituciones científicas.

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Por último, Dyer señaló al avance del populismo para entender el resurgimiento de los tierraplanistas, y para ello lo ejemplificó en Donald Trump o el Brexit en Reino Unido. Mientras que muchas afirmaciones científicas sobre el conocimiento y el poder se ven socavadas, algunas estructuras de poder se separan del conocimiento científico, avanzando hacia un tipo de política populista cada vez más escéptica respecto del conocimiento:

Se alentó a los asistentes a confiar en “la poesía, la libertad, la pasión, la viveza, la creatividad y el anhelo” sobre la regurgitación más clínica de teorías y hechos establecidos. A los asistentes se les dijo que “la esperanza lo cambia todo”.

Dyer termina su artículo sobre estos tres días con el grupo con una idea de fondo: este tipo de reuniones son un producto y un signo de nuestro tiempo, y posiblemente más peligroso que todo eso, “un reflejo de nuestra creciente desconfianza en las instituciones científicas, y los movimientos de las instituciones de poder hacia el populismo y las emociones”.

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Por cierto, tras el éxito de público en el evento, se preparan dos más, Canadá y Estados Unidos, en los próximos meses. Parece que hay tierra plana para rato. [The Conversation]