Los campos magnéticos de los planetas son invisibles, pero sus efectos pueden extenderse miles o millones de kilómetros. En la Tierra desvían parte de las partículas cargadas que llegan desde el Sol y producen las auroras. En un sistema situado a unos 33 años luz, un planeta parece estar haciendo algo todavía más llamativo: alterar directamente la actividad de su propia estrella.
Un equipo internacional liderado por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) ha encontrado la evidencia más sólida hasta ahora de la interacción magnética entre un exoplaneta y la estrella que orbita. El protagonista es GJ 436 b, un mundo parecido en tamaño a Neptuno cuyo campo magnético podría ser entre 2,33 y 27 veces más intenso que el de Júpiter. Los resultados han sido publicados en la revista Science.
Un planeta tan cercano a su estrella que ambos llegan a conectarse

GJ 436 b no se parece demasiado a la Tierra. Tiene una masa cercana a 22 veces la terrestre, un tamaño equivalente aproximadamente al 37% del radio de Júpiter y completa una órbita alrededor de su estrella en solo 2,6 días. Se encuentra a una distancia de apenas 0,029 unidades astronómicas de ella, mucho más cerca que Mercurio del Sol.
Esa proximidad convierte al sistema en un laboratorio excepcional. El planeta atraviesa constantemente el entorno magnético de su estrella, una enana roja de baja masa conocida como GJ 436. En determinadas condiciones, los campos de ambos objetos pueden conectarse y transferir energía.
Los investigadores sostienen que esa energía termina alcanzando la cromosfera, una de las capas superiores de la atmósfera estelar. El proceso aumenta el brillo de la estrella en longitudes de onda concretas y crea un fenómeno comparable, salvando las enormes distancias, a una aurora producida sobre la propia estrella.
La pista estaba escondida en 16 años de observaciones

El descubrimiento no procede de una única imagen ni de una observación especialmente brillante. El equipo tuvo que analizar 16 años de datos espectroscópicos de alta resolución recogidos por los instrumentos CARMENES y HARPS.
CARMENES está instalado en el Observatorio de Calar Alto, en Almería, y fue diseñado para buscar planetas alrededor de estrellas pequeñas y estudiar sus atmósferas. HARPS, por su parte, opera en el observatorio de La Silla, en Chile. Ambos instrumentos separan la luz estelar en sus diferentes longitudes de onda, permitiendo identificar variaciones extremadamente sutiles.
Los cambios asociados con el planeta aparecieron en tres momentos: 2008, 2016 y 2024. Es decir, se repetían cada ocho años. Ese intervalo coincide con el ciclo de actividad magnética de la estrella, lo que sugiere que la interacción solo se vuelve suficientemente fuerte (o suficientemente visible) durante determinadas fases del ciclo estelar.
“Hemos observado que GJ 436 b provoca cambios regulares en el brillo y la energía que emite la estrella en ciertas longitudes de onda”, explicó Daniel Revilla, investigador del IAA-CSIC y autor principal del trabajo. La periodicidad fue esencial para descartar que las señales fueran simples fluctuaciones aleatorias de la estrella.
No han fotografiado el campo magnético, sino sus consecuencias
Hablar de una “medición” puede dar la impresión de que los astrónomos han observado directamente una magnetosfera rodeando el planeta. No es exactamente así.
Los campos magnéticos de los exoplanetas son demasiado débiles y lejanos para obtener una imagen convencional. Lo que ha hecho el equipo es detectar las consecuencias de la interacción entre el planeta y la estrella y compararlas con modelos físicos capaces de reproducir cuánta energía se transfiere entre ambos.
A partir de esa relación, los investigadores estimaron que el campo de GJ 436 b sería entre 2,33 y 27 veces más intenso que el de Júpiter. Se trata de un rango amplio, pero obtener siquiera esa limitación supone un avance importante para una propiedad que hasta ahora resultaba extraordinariamente difícil de estudiar.
La principal novedad del trabajo no consiste, por tanto, en la primera estimación magnética realizada para cualquier exoplaneta. Estudios anteriores ya habían propuesto valores indirectos mediante interacciones entre estrellas y planetas. El nuevo resultado aporta la primera evidencia considerada concluyente de que un planeta está modulando periódicamente la actividad de su estrella y utiliza esa señal para restringir su campo magnético.
La astrofísica española ha liderado una colaboración internacional

El trabajo reúne a investigadores del IAA-CSIC, el Centro de Astrobiología, el Institut d’Estudis Espacials de Catalunya, el Instituto de Ciencias del Espacio, el Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universitat de les Illes Balears. También participan instituciones de Estados Unidos, Italia, Israel, Alemania y Chipre. La investigación ha sido liderada desde el IAA-CSIC por Daniel Revilla, junto con científicos como Pedro J. Amado y Rafael Luque.
La aportación española resulta especialmente relevante por el uso de CARMENES, un instrumento coliderado por instituciones españolas que ha acumulado durante años observaciones de algunas de las estrellas y atmósferas planetarias más cercanas.
Un campo magnético no convierte al planeta en habitable
La importancia del hallazgo va mucho más allá de GJ 436 b, aunque este planeta no sea un candidato razonable para albergar vida similar a la terrestre. Es un gigante gaseoso extremadamente próximo a su estrella, sometido a temperaturas y radiación muy diferentes de las de nuestro planeta.
Los campos magnéticos pueden influir en la manera en que una atmósfera interactúa con el viento estelar, cuánto material pierde con el tiempo y cómo evoluciona el planeta. Sin embargo, poseer un campo magnético potente no garantiza por sí solo que un mundo pueda conservar agua o sostener vida. La masa, la gravedad, la composición atmosférica, la actividad de la estrella y la distancia orbital también resultan fundamentales.
El verdadero avance consiste en haber encontrado una nueva forma de investigar una propiedad que hasta ahora permanecía prácticamente oculta. El mismo método podría aplicarse a otros sistemas cercanos y ayudar a construir un catálogo de campos magnéticos exoplanetarios.
GJ 436 b no puede verse directamente alterando su estrella. Pero cada ocho años deja una pequeña firma en su luz. Después de analizarla durante más de una década, los astrónomos han logrado convertir esa huella en una medida aproximada de algo invisible: el escudo magnético de un mundo situado a cientos de billones de kilómetros.