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Ciencia

Hemos construido tantas presas que la Tierra ya no gira exactamente igual que hace dos siglos. Casi 7.000 embalses han almacenado suficiente agua para desplazar los polos geográficos más de un metro y alterar el nivel del mar

Un estudio ha reconstruido el efecto de 6.862 embalses levantados desde 1835. Al retener enormes cantidades de agua sobre los continentes, la humanidad ha desplazado los polos geográficos más de un metro y reducido el nivel medio del mar unos 21 milímetros.
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Una presa puede transformar un valle, alterar el curso de un río y crear un lago donde antes había pueblos, bosques o tierras de cultivo. Lo que resulta menos intuitivo es que miles de esas obras, sumadas durante casi dos siglos, también pueden modificar ligeramente el movimiento de un planeta entero.

Un equipo de la Universidad de Harvard reconstruyó el impacto de 6.862 embalses construidos entre 1835 y 2011. Sus cálculos indican que el agua atrapada detrás de esas infraestructuras hizo que los polos geográficos recorrieran una trayectoria acumulada de aproximadamente 113 centímetros sobre la superficie terrestre.

El resultado, publicado en Geophysical Research Letters, no significa que la Tierra esté a punto de volcarse ni que su eje haya sufrido una inclinación perceptible. Revela algo mucho más sutil: cuando la humanidad redistribuye cantidades enormes de agua, también altera el reparto de masa del planeta y, con ello, su rotación.

Casi 7.000 embalses movieron una cantidad descomunal de agua

Hemos construido tantas presas que la Tierra ya no gira exactamente igual que hace dos siglos. Casi 7.000 embalses han almacenado suficiente agua para desplazar los polos geográficos más de un metro y alterar el nivel del mar
© Weibo.

Para realizar el estudio, Natasha Valencic y sus colaboradores utilizaron una base de datos mundial que incluía la ubicación, la fecha de construcción y el volumen almacenado por miles de presas. En conjunto, los embalses analizados contienen suficiente agua como para llenar aproximadamente dos veces el Gran Cañón. Esa masa habría terminado en buena medida en los océanos si los ríos hubieran seguido fluyendo sin obstáculos, pero quedó retenida a diferentes alturas y latitudes sobre los continentes.

El efecto acumulado fue una reducción de unos 21 milímetros en el nivel medio global del mar. Puede parecer una cifra pequeña, pero resulta significativa cuando se intenta reconstruir con precisión el aumento oceánico del siglo XX y separar la contribución del deshielo, la expansión térmica y las actividades humanas.

“Cuando atrapamos agua detrás de las presas, no solo la retiramos de los océanos”, explicó Valencic en el comunicado de la Unión Geofísica Americana. También estamos colocando esa masa en otros puntos del planeta, con una distribución geográfica muy diferente a la que tendría de forma natural.

No son los polos magnéticos los que se desplazaron

La expresión “movimiento de los polos” puede llevar a una confusión importante. El estudio no habla de los polos magnéticos, que dependen de los movimientos del hierro líquido en el núcleo externo y cambian continuamente de posición. Los investigadores analizaron los polos geográficos: los puntos de la superficie por los que atraviesa el eje alrededor del cual gira el planeta.

La Tierra no es una esfera rígida y completamente uniforme. Su masa está repartida entre océanos, continentes, hielo, aguas subterráneas y diferentes capas internas. Cuando una parte de esa masa cambia de lugar, el planeta responde para conservar su momento angular, del mismo modo que una patinadora modifica su velocidad al acercar o separar los brazos.

En este caso, el fenómeno se denomina desplazamiento polar verdadero. No debe imaginarse simplemente como una corteza que flota y resbala libremente sobre el manto. Es una pequeña reorientación del conjunto sólido del planeta respecto a su eje de rotación provocada por cambios en la distribución de masa.

El polo no se movió siempre en la misma dirección

Hemos construido tantas presas que la Tierra ya no gira exactamente igual que hace dos siglos. Casi 7.000 embalses han almacenado suficiente agua para desplazar los polos geográficos más de un metro y alterar el nivel del mar
© Magnific.

La trayectoria calculada por el equipo no fue una línea recta. El efecto dependió de dónde se construyeron las presas en cada periodo histórico. Entre 1835 y 1954, buena parte de los nuevos embalses se concentró en Europa y Norteamérica. Esa distribución llevó al polo norte geográfico a desplazarse unos 20,5 centímetros en dirección al meridiano 103 este, que atraviesa regiones de Rusia, Mongolia, China y el sudeste asiático.

La situación cambió a partir de mediados del siglo XX. El crecimiento de las infraestructuras hidráulicas en Asia y África oriental produjo un movimiento de unos 57 centímetros hacia el meridiano 117 oeste, una línea que cruza el oeste de Norteamérica y el Pacífico Sur.

Al considerar todos los giros y cambios de dirección entre 1835 y 2011, la longitud total de la trayectoria alcanza los 113,4 centímetros. Esto no significa que la posición final se encuentre exactamente 113 centímetros del punto inicial: esa cifra mide todo el camino recorrido por el polo, no únicamente la distancia directa entre el comienzo y el final.

La presa de las Tres Gargantas ya había ofrecido una pista

La posibilidad de que una presa altere la rotación terrestre no es nueva. En 2005, científicos del Jet Propulsion Laboratory de la NASA utilizaron el gigantesco embalse de las Tres Gargantas, en China, como ejemplo para explicar cómo el movimiento de grandes masas afecta al planeta.

Según aquella estimación, llenar el embalse con unos 40 kilómetros cúbicos de agua podría alargar la duración del día en aproximadamente 0,06 microsegundos y desplazar la posición del polo unos dos centímetros.

No se trataba de una medición directa que demostrara que el día había cambiado exactamente esa cantidad, sino de un cálculo físico sobre el efecto esperado al trasladar una masa tan grande. La variación sería imposible de percibir en la vida cotidiana, pero puede estimarse mediante modelos de rotación terrestre.

El nuevo trabajo amplía esa lógica. En lugar de estudiar una sola presa monumental, analiza el efecto combinado de miles de embalses distribuidos por todo el planeta y construidos en momentos distintos.

No vamos a notar días más largos ni un planeta inclinado

Los cambios encontrados son diminutos frente a otros movimientos naturales de la Tierra. La posición del eje varía constantemente por la circulación atmosférica y oceánica, los terremotos, los cambios estacionales, el deshielo y el desplazamiento de aguas subterráneas.

Tampoco existe riesgo de que el movimiento calculado altere las estaciones, provoque una nueva edad de hielo o cambie apreciablemente el clima. Como señaló Valencic, un desplazamiento cercano a un metro no supone una amenaza directa para la estabilidad del planeta.

Su importancia está en otro lugar. Para reconstruir el nivel del mar del pasado y anticipar su evolución futura, los científicos necesitan saber cuánta agua se encuentra en los océanos y cuánta ha quedado retenida en tierra. También deben conocer dónde está almacenada, porque los cambios del nivel marino no se reparten uniformemente por todas las costas.

Las presas fueron construidas para generar electricidad, almacenar agua, controlar inundaciones y alimentar sistemas de riego. Sin proponérnoslo, también se convirtieron en uno de los experimentos geofísicos más grandes de la historia. Cada embalse produce un efecto prácticamente imperceptible. Sumados durante 176 años, sin embargo, han demostrado que incluso una obra humana situada sobre un río puede dejar su huella en la forma en que gira todo el planeta.

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