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Ciencia

Vesta no es un planeta, pero esconde un núcleo, un manto y una corteza como los grandes mundos rocosos. Una colisión casi lo destruyó y dejó un cráter de 500 kilómetros coronado por una montaña que duplica la altura del Everest

Vesta mide unos 525 kilómetros, concentra cerca del 9% de la masa del cinturón de asteroides y posee una estructura interna parecida a la de un planeta. Su polo sur está dominado por Rheasilvia, un cráter casi tan ancho como el propio cuerpo y con una montaña central dos veces más alta que el Everest.
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Vesta suele aparecer descrito como un asteroide, pero basta observarlo de cerca para que esa etiqueta empiece a quedarse pequeña. Bajo su superficie golpeada por cráteres existe una corteza de roca basáltica, un manto y un núcleo metálico. En uno de sus extremos, además, se abre una cicatriz tan descomunal que ocupa prácticamente todo su hemisferio sur.

Con un diámetro medio cercano a los 525 kilómetros, este cuerpo situado entre Marte y Júpiter es el segundo objeto con más masa del cinturón principal. Solo Ceres lo supera. Vesta concentra por sí solo casi el 9% de la masa combinada de los asteroides de esa región, una cifra extraordinaria para un objeto que representa apenas una reliquia de los primeros momentos del sistema solar.

El título de mayor asteroide necesita un pequeño matiz

Vesta no es un planeta, pero esconde un núcleo, un manto y una corteza como los grandes mundos rocosos. Una colisión casi lo destruyó y dejó un cráter de 500 kilómetros coronado por una montaña que duplica la altura del Everest
© NASA / JPL – Caltech / UCLA / MPS / DLR / IDA.

Ceres fue clasificado como planeta enano por la Unión Astronómica Internacional en 2006. Desde entonces, Vesta aparece con frecuencia presentado como el asteroide más grande del sistema solar, incluida la propia documentación divulgativa de la NASA. Sin embargo, no existe una ceremonia oficial mediante la cual la UAI le entregara ese título.

La comparación también depende de cómo se midan cuerpos irregulares como Vesta y Pallas. La NASA señala que Vesta tiene unos 525 kilómetros de diámetro medio, aunque sus dimensiones cambian considerablemente entre el ecuador y los polos. Por masa, la situación es más clara: Vesta ocupa el segundo lugar del cinturón, inmediatamente después de Ceres.

Su forma tampoco es perfectamente esférica. Vesta estuvo cerca de alcanzar el equilibrio necesario para convertirse en un objeto redondeado, pero dos impactos gigantescos remodelaron su hemisferio sur. Esa deformación es una de las razones por las que no fue incluido junto a Ceres en la categoría de planeta enano.

Un planeta en miniatura que quedó sin terminar

La mayoría de los asteroides son cuerpos relativamente simples, acumulaciones de roca y metal que nunca llegaron a evolucionar como un planeta. Vesta siguió un camino diferente.

La NASA considera que se formó apenas entre uno y dos millones de años después del nacimiento del sistema solar. En aquel momento todavía existían abundantes elementos radiactivos de vida corta capaces de producir calor. Su desintegración elevó tanto la temperatura interior de Vesta que parte del cuerpo llegó a fundirse.

Los materiales más densos descendieron hacia el centro, mientras que los más ligeros ascendieron. El resultado fue una estructura diferenciada con corteza, manto rocoso y un núcleo rico en hierro y níquel, parecido en concepto al interior de Mercurio, Venus, la Tierra o Marte. Los datos gravitatorios recopilados por la misión Dawn son compatibles con un núcleo de hierro de unos 225 kilómetros de diámetro.

Vesta sería, por tanto, un superviviente de la época en la que pequeños planetesimales chocaban y se fusionaban para construir mundos mayores. Muchos de aquellos objetos desaparecieron dentro de los planetas actuales. Vesta quedó varado en el cinturón de asteroides, conservando una etapa de la evolución planetaria que la Tierra borró hace miles de millones de años.

Una montaña de hasta 25 kilómetros nacida de un impacto

La estructura más impresionante de Vesta se encuentra alrededor de su polo sur. Allí aparece Rheasilvia, una cuenca de impacto de aproximadamente 500 kilómetros de diámetro. La cicatriz alcanza cerca del 95% del diámetro medio del propio asteroide y tiene unos 19 kilómetros de profundidad.

En el centro de la cuenca se levanta una montaña de aproximadamente 180 kilómetros de ancho y entre 20 y 25 kilómetros de altura desde su base. La comparación con el Everest es válida siempre que se tenga presente que se utilizan sistemas de referencia distintos: el Everest alcanza 8.849 metros sobre el nivel del mar, mientras que el pico de Rheasilvia se mide desde el suelo de la enorme depresión que lo rodea.

Aun con ese matiz, la escala sigue siendo difícil de imaginar. La montaña central supera dos veces la altura del Everest y ocupa una extensión mayor que muchas regiones terrestres. La NASA la ha descrito como una de las elevaciones más altas conocidas del sistema solar.

Rheasilvia se formó hace alrededor de 1.000 millones de años, cuando otro cuerpo chocó contra Vesta con suficiente energía como para arrancarle cerca del 1% de su masa. El impacto creó la cuenca, levantó la montaña central y lanzó una nube de fragmentos al espacio. Parte de esos restos permanece hoy agrupada en la llamada familia de Vesta.

Trozos de Vesta han terminado cayendo sobre la Tierra

Vesta no es un planeta, pero esconde un núcleo, un manto y una corteza como los grandes mundos rocosos. Una colisión casi lo destruyó y dejó un cráter de 500 kilómetros coronado por una montaña que duplica la altura del Everest
© NASA / JPL / MPS / DLR / IDA / Daniel Macháček

Algunos fragmentos expulsados por los grandes impactos acabaron modificando lentamente sus órbitas hasta cruzarse con nuestro planeta. Los meteoritos conocidos como howarditas, eucritas y diogenitas (agrupados bajo las siglas HED) presentan composiciones químicas y minerales que coinciden con la superficie de Vesta.

La misión Dawn confirmó esa relación al comparar sus mediciones con muestras estudiadas en laboratorios terrestres. La NASA estima que alrededor del 6% de los meteoritos encontrados en la Tierra podrían proceder de este pequeño mundo. Eso convierte a Vesta en uno de los pocos cuerpos extraterrestres de los que poseemos fragmentos físicos sin haber realizado una misión de retorno de muestras.

Dawn convirtió un punto brillante en un mundo

Vesta fue descubierto el 29 de marzo de 1807 por Heinrich Wilhelm Olbers desde Bremen. Fue el cuarto asteroide identificado y recibió su nombre por sugerencia del matemático Carl Friedrich Gauss, quien eligió a la diosa romana del hogar. Además, es el asteroide más brillante observado desde la Tierra y, en condiciones excepcionales, puede verse a simple vista desde un lugar oscuro.

Más de dos siglos después, la sonda Dawn entró en su órbita en julio de 2011 y permaneció allí hasta septiembre de 2012. Sus cámaras y sensores cartografiaron la superficie, midieron la gravedad y confirmaron que Vesta no era simplemente una roca de gran tamaño, sino un mundo geológicamente complejo que estuvo a punto de convertirse en algo mayor.

Vesta no llegó a ser planeta y probablemente sobrevivió por poco al impacto que excavó Rheasilvia. Precisamente por eso resulta tan valioso: es una pieza incompleta del sistema solar primitivo, conservada entre Marte y Júpiter con una montaña imposible sobresaliendo de la cicatriz que casi acabó con él.

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