Entre diciembre de 2024 y marzo de 2025, un equipo internacional liderado por la investigadora Carolina Pagli, de la Universidad de Pisa, rastreó mediante datos satelitales el desplazamiento de aproximadamente 1,4 kilómetros cúbicos de magma a lo largo de unos 50 kilómetros bajo la región de Afar, en Etiopía. El hallazgo se publicó en la revista Science Advances.
Según la investigación, el magma provenía de reservorios ubicados entre 6 y 12 kilómetros de profundidad, que se activaron tras una disminución repentina de la presión interna del sistema. El fenómeno no llegó a alcanzar la superficie en ningún momento, pero su desplazamiento provocó deformaciones visibles en el terreno y una intensa actividad sísmica en toda la zona.
Más de 300 sismos y un desalojo de 75.000 personas

La actividad incluyó más de 300 terremotos de magnitud 4 o superior, entre ellos uno de magnitud 5,8, además de derrumbes y daños en infraestructura. Una estación GNSS ubicada en Adís Abeba, la capital etíope, llegó a desplazarse unos 20 milímetros hacia el oeste como consecuencia del fenómeno. La magnitud del episodio obligó al desalojo preventivo de cerca de 75.000 personas en la localidad de Fentale-Dofen, en el segmento magmático más activo del sector norte del Rift etíope principal.
Por qué Afar es un laboratorio geológico único

La región de Afar es especialmente relevante para los científicos porque ahí interactúan tres placas tectónicas: la placa Nubia, la placa Somalí y la placa Arábiga. Estas placas se separan lentamente desde hace millones de años, un proceso que a escala geológica puede modificar por completo la geografía de la región. El movimiento del magma detectado está directamente relacionado con esa actividad tectónica y permite observar en vivo cómo el material caliente del interior de la Tierra asciende y se desplaza mientras la corteza se estira y se fractura.
A escala de tiempo geológica, este tipo de procesos podría eventualmente derivar en una separación cada vez mayor de la región y, en un futuro extremadamente lejano, permitir el ingreso de agua para formar un nuevo océano. Se trata, de todos modos, de un proceso que se desarrolla a lo largo de millones de años, sin ninguna relación con la aparición de un océano en un plazo humano cercano.
Una oportunidad excepcional para estudiar el interior de la Tierra
Los propios investigadores destacan que la magnitud del evento, que requirió siglos de acumulación de estrés tectónico para desencadenarse, convierte a esta observación en una oportunidad científica de primer nivel, dado que este tipo de procesos son extremadamente raros y muy difíciles de capturar mientras están activos. La combinación de observaciones satelitales, actividad sísmica registrada por redes internacionales y mediciones de deformación del terreno permitió seguir el recorrido completo del magma sin que este llegara a emerger en ningún punto.