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Ciencia

París solo quería convertir la explanada de Notre-Dame en un oasis con 160 árboles. A cuatro metros bajo el suelo apareció otra ciudad: la Lutecia romana seguía allí

Las obras para transformar el entorno de Notre-Dame han abierto una ventana inesperada al pasado de París. Bajo la plaza, los arqueólogos están encontrando casas medievales, fosas de hace más de mil años, monedas romanas y objetos que permanecieron intactos durante siglos. Y todavía quieren seguir bajando.
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París tenía un plan bastante sencillo sobre el papel. Después de reconstruir Notre-Dame tras el incendio de 2019, tocaba ocuparse de su entorno: convertir la enorme explanada de piedra frente a la catedral en un lugar más verde, fresco y soportable durante los veranos cada vez más calurosos.

La propuesta incluye 160 nuevos árboles, zonas de sombra y una fina lámina de agua sobre parte del pavimento. El proyecto debería estar prácticamente terminado en 2028. Pero había un pequeño inconveniente: en uno de los lugares más antiguos de París no puedes hundir una pala en el suelo y confiar en que debajo solo haya tierra.

Así que antes de plantar árboles llegaron los arqueólogos. Y empezaron a bajar.

A apenas medio metro aparecieron los primeros restos. Después llegaron muros y sótanos medievales. Más abajo, estructuras de los siglos VI al X. Y cuando la excavación alcanzó unos cuatro metros de profundidad, el París moderno prácticamente había desaparecido: allí abajo esperaba un barrio de la antigua Lutecia romana.

Cuatro metros de tierra se han convertido en una máquina del tiempo

La excavación preventiva comenzó a principios de 2026 en el parvis, la explanada situada justo delante de Notre-Dame, como paso previo a su remodelación. Forma parte de un programa arqueológico más amplio en la Île de la Cité que incluye también el Hôtel-Dieu y el Palacio de Justicia.

Lo espectacular es que los arqueólogos no están encontrando una única época. Están encontrando París apilado sobre París.

Cuando comenzó a levantarse Notre-Dame en el siglo XII, la plaza que hoy ven los turistas estaba ocupada por viviendas medievales atravesadas por una calle. Los arqueólogos han llegado hasta los sótanos de esas casas. Debajo aparecen fosas destinadas originalmente al almacenamiento de grano de épocas merovingia y carolingia, entre los siglos VI y X. Y todavía más abajo surge un barrio romano de los siglos IV y V.

Son alrededor de 1.700 años de ocupación comprimidos en apenas cuatro metros. Entre los hallazgos aparece incluso algo tan cotidiano como un antiguo umbral romano arrancado de algún edificio, dado la vuelta y reutilizado posteriormente como piedra para pavimentar una calle.

La ciudad llevaba siglos reciclándose a sí misma.

Algunas de las piezas mejor conservadas aparecieron donde nadie querría buscarlas

París solo quería convertir la explanada de Notre-Dame en un oasis con 160 árboles. A cuatro metros bajo el suelo apareció otra ciudad: la Lutecia romana seguía allí
© Jeanne Petitbon / DHAAP / Direction des affaires culturelles.

No todo son grandes muros romanos. Parte de la información más valiosa ha salido de lugares bastante menos glamurosos: antiguas letrinas y basureros medievales.

Los arqueólogos han recuperado jarras, copas, cerámica, restos animales y otros objetos cotidianos. Algunas vasijas aparecieron prácticamente completas, algo poco habitual después de tantos siglos. La explicación resulta curiosa: el material blando acumulado en aquellas fosas amortiguó los golpes y ayudó a proteger los objetos enterrados.

También hay pequeños misterios. Al limpiar ciertos fragmentos de cerámica medieval, los especialistas descubrieron marcas rojizas pintadas en su interior. Se repiten en varias piezas y todavía no se ha conseguido determinar exactamente qué significan.

Más abajo apareció otro objeto capaz de poner fecha a la historia: una moneda del siglo IV. Tras examinar aquel pequeño disco ennegrecido mediante rayos X, emergió el rostro del emperador Constantino. Las monedas son especialmente útiles porque permiten ayudar a fechar los estratos en los que aparecen.

Todo lo recuperado acaba en el centro arqueológico de la ciudad, donde se limpia, conserva, estudia y cataloga.

Lo más interesante es que todavía no han llegado al final

París conoce bien lo que significa tener otra ciudad escondida bajo Notre-Dame. La propia Cripta Arqueológica de la Île de la Cité, creada a partir de excavaciones iniciadas en 1965, conserva restos que permiten recorrer la evolución de la zona desde la Antigüedad hasta etapas mucho más recientes. Pero esta excavación ofrece una nueva oportunidad.

El equipo quiere continuar descendiendo y comprobar si logra atravesar las capas romanas hasta alcanzar niveles anteriores a Lutecia: el París de los galos previo a la ocupación romana. El problema es que no dispone de todo el tiempo que quiera. Esto es arqueología preventiva y las excavaciones existen porque después tiene que empezar una obra urbana, con sus propios calendarios y límites.

Hay algo especialmente paradójico en todo esto. El incendio de Notre-Dame obligó a París a reconstruir uno de sus monumentos más famosos. Una vez terminada aquella fase, la ciudad decidió preparar sus alrededores para el futuro, con árboles, agua y sombra para adaptarlos a un clima más cálido. Y para poder construir ese futuro tuvo que excavar primero.

Cuatro metros fueron suficientes para descubrir que, debajo del París que intenta prepararse para el siglo XXI, todavía quedaban varias versiones anteriores de la ciudad esperando su turno.

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