A unos 20 kilómetros de Managua, el volcán Masaya alberga un sistema magmático más complejo de lo que indicaban las observaciones realizadas en superficie. Un nuevo estudio identificó dos reservorios activos situados a distintas profundidades, capaces de evolucionar de forma independiente y modificar el comportamiento del volcán.
El hallazgo resulta especialmente relevante por la cercanía de Masaya a una zona densamente poblada. Investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania estimaron anteriormente que alrededor de dos millones de personas vivían dentro de un radio aproximado de 20 kilómetros del complejo volcánico.
Dos reservorios bajo el mismo volcán
Los científicos analizaron imágenes obtenidas por los satélites Sentinel-1 entre enero de 2018 y febrero de 2024. Mediante interferometría de radar, o InSAR, compararon numerosas observaciones para detectar desplazamientos del terreno de apenas unos centímetros.
Después introdujeron esas deformaciones en modelos geofísicos que permiten estimar dónde se encuentran las fuentes de presión responsables del movimiento superficial.
Los resultados apuntan a un reservorio central situado a unos 3.200 metros de profundidad, aproximadamente bajo el centro de la caldera. También identificaron una fuente mucho más pequeña y superficial, localizada alrededor de 200 metros bajo el cráter Santiago.
Estas profundidades corresponden al centro estimado de cada fuente dentro del modelo. No representan necesariamente dos enormes cavernas huecas: los reservorios volcánicos suelen consistir en regiones de roca parcialmente fundida, cristales, gases y magma comunicadas mediante fracturas y conductos.
Mientras uno se recarga, el otro pierde volumen
El reservorio profundo experimentó dos etapas muy diferentes. Entre 2018 y mediados de 2022, el terreno situado al norte del cráter se desplazó unos tres centímetros alejándose del satélite, un patrón interpretado como pérdida de presión o volumen.
Los modelos calculan que durante ese periodo el reservorio perdió alrededor de 1,3 millones de metros cúbicos. Desde mediados de 2022 hasta comienzos de 2024, la tendencia se invirtió y el terreno comenzó a elevarse, lo que sugiere una nueva entrada de magma desde mayor profundidad. El aumento de volumen estimado fue de unos 450.000 metros cúbicos.
El reservorio situado bajo el Santiago, en cambio, se contrajo durante todo el periodo analizado. Los investigadores relacionan esa pérdida sostenida con el descenso de la actividad del lago de lava y con un menor suministro hacia la zona más superficial.
Que ambos reservorios reaccionen de forma distinta demuestra que observar únicamente el cráter puede ofrecer una imagen incompleta. Un volcán puede estar perdiendo magma cerca de la superficie mientras acumula material varios kilómetros más abajo.
Un sistema parecido al del Kīlauea
La organización interna del Masaya recuerda a la propuesta para el Kīlauea de Hawái. Los dos cuentan con una región superficial de almacenamiento asociada a lagos de lava y otra fuente situada aproximadamente a tres kilómetros de profundidad.
Sin embargo, esta semejanza no significa que ambos volcanes vayan a comportarse igual. Masaya es una amplia caldera basáltica de unos 6 por 11 kilómetros que contiene más de una docena de centros eruptivos. Su cráter actualmente activo es el Santiago.
Aunque gran parte de su actividad reciente ha consistido en emisiones de gases, actividad térmica y explosiones relativamente pequeñas, su historia incluye erupciones basálticas muy explosivas. Hace unos 6.500 años produjo una gran erupción pliniana, algo poco habitual pero posible en volcanes alimentados por magma basáltico.
(1/2) Masaya, el volcán de Nicaragua ubicado cerca de 2 millones de personas, tiene dos cámaras de magma pic.twitter.com/h3JWvQILaB
— WIRED en español (@wiredenespanol) August 2, 2026
El hallazgo no anuncia una erupción inminente
La nueva entrada de magma en el reservorio profundo podría favorecer un aumento futuro de la actividad si continúa durante suficiente tiempo. Sin embargo, los datos estudiados terminan en febrero de 2024 y no constituyen una predicción de una erupción próxima.
La deformación del terreno es solo una de las señales utilizadas para vigilar un volcán. Debe analizarse junto con los terremotos, las emisiones de dióxido de azufre, la temperatura, la actividad térmica y los cambios observados dentro del cráter.
El Masaya continúa bajo vigilancia del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales, que mantiene cámaras y sistemas de seguimiento volcánico. El Programa Global de Vulcanismo del Smithsonian registró incluso una débil emisión de ceniza el 26 de abril de 2026, aunque un episodio aislado no implica por sí mismo una gran erupción.
El descubrimiento no significa que el volcán se haya vuelto repentinamente más peligroso. Lo que cambia es la imagen de su interior: bajo el cráter visible funciona un sistema de almacenamiento a varios niveles, y parte de su actividad puede comenzar lejos de la zona donde finalmente aparece en la superficie.