En mayo de 2024, un grupo de investigadores y estudiantes de la Universidad de Utah emprendió un viaje que no se parece a ninguna práctica universitaria convencional. Su destino fue Utqiaġvik, la comunidad habitada más septentrional de Estados Unidos, situada apenas cinco kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico. Allí, en un paisaje de hielo agrietado, –20 °C de sensación térmica y la presencia constante de osos polares, el objetivo era uno inesperado: probar modelos matemáticos sobre el terreno para comprender cómo funciona realmente el hielo marino.
La campaña estuvo liderada por Jody Reimer, especialista en matemáticas y biología, y por Ken Golden, uno de los científicos que más veces ha pisado los polos. Golden estudia desde hace décadas cómo se comporta el hielo, desde su textura interna hasta la dinámica de grandes placas que cambian de forma con el viento y las corrientes. Reimer, en cambio, observa cómo esas transformaciones afectan a los organismos que dependen del hielo: desde microbios hasta osos polares.

Ambos comparten un principio: las matemáticas son la herramienta que conecta escalas. Permiten describir cómo una simple bolsa de salmuera atrapada en el hielo influye en el movimiento de nutrientes, en la supervivencia de microbios y, en última instancia, en el equilibrio del ecosistema polar.
Un laboratorio bajo cero
Mover equipos pesados sobre hielo que cruje no es sencillo. Tomar medidas en presencia de osos polares, tampoco. Pero ese es precisamente el valor de esta expedición: convertir un paisaje extremo en un laboratorio viviente. Allí, los investigadores midieron permeabilidad, temperatura, salinidad y flujo de nutrientes, mientras probaban nuevos instrumentos diseñados para mejorar los estudios polares.
Uno de ellos es el PlanktoScope, un dispositivo portátil y de código abierto que permite capturar imágenes detalladas de los organismos microscópicos que viven dentro del hielo marino. Su ventaja es clave: democratiza la observación científica en lugares donde no existen laboratorios avanzados.
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El deshielo acelerado del Ártico no solo redefine el mapa climático: también está reconfigurando el poder global. La Ruta del Norte podría quedar libre de hielo todo el año hacia… pic.twitter.com/uxLuMarEv6
— DW Español (@dw_espanol) November 29, 2025
Modelos que necesitan pies fríos
Una vez de regreso en Utah, el trabajo no terminó. En el laboratorio de Reimer, las muestras congeladas se analizan con algoritmos e inteligencia artificial capaces de clasificar miles de imágenes y detectar patrones invisibles a simple vista. La expedición proporciona así el “dato real”, el insumo que muchos modelos teóricos necesitaban para afinar cómo varía el hielo a medida que el Ártico se calienta.
Un futuro incierto
El hielo marino no es solo un indicador climático: es un hábitat complejo que sustenta una red de vida microscópica y macroscópica. Entender su estructura interna es esencial para predecir cómo cambiarán los ecosistemas polares en las próximas décadas.
La expedición de Utah muestra el camino: solo combinando matemáticas, tecnología y trabajo de campo es posible anticipar el destino del hielo más frágil del planeta.
Fuente: Meteored.