Durante siglos, los pergaminos sirvieron para conservar textos religiosos, registros y conocimientos que de otro modo habrían desaparecido. Pero algunos de estos documentos podrían guardar algo mucho más inesperado: señales de enfermedades que afectaron a los animales y, con ellas, una ventana hacia epidemias ocurridas hace miles de años. Ahora, un grupo internacional de investigadores ha utilizado técnicas genéticas para descubrir que ciertos patógenos dejaron su huella en materiales que nadie había pensado examinar de esta manera.
El virus que sobrevivió mucho más de lo esperado
La historia de las enfermedades infecciosas suele reconstruirse a partir de esqueletos, dientes, restos arqueológicos o documentos que describen síntomas. Sin embargo, esta vez los científicos recurrieron a una fuente bastante más peculiar: el pergamino utilizado para fabricar antiguos manuscritos y encuadernaciones.
El protagonista pertenece a la familia Poxviridae, el mismo gran grupo al que pertenece el virus responsable de la viruela humana. Pero en este caso se trata de los Capripoxvirus, un conjunto de virus que afecta principalmente a ovejas y cabras.
Entre ellos se encuentra el virus de la viruela ovina, una enfermedad capaz de provocar fiebre, lesiones cutáneas y daños en distintos órganos. Su impacto puede ser especialmente grave en animales jóvenes. Y aunque pueda parecer una enfermedad perteneciente exclusivamente al pasado, sigue teniendo consecuencias importantes en la actualidad.
Entre 2024 y 2025, por ejemplo, los brotes registrados en Grecia provocaron la muerte de cientos de miles de animales y obligaron al cierre de numerosas explotaciones ganaderas. España también sufrió pérdidas importantes durante los años anteriores.
Ese contexto actual llevó a los investigadores a mirar hacia atrás. Si el virus continúa circulando hoy, ¿desde cuándo lleva acompañando a los rebaños? La respuesta estaba escondida en materiales que habían sobrevivido durante siglos.

Los libros medievales se convirtieron en una cápsula del tiempo
Investigadores del University College Dublin, junto con especialistas de más de 30 instituciones, analizaron distintos manuscritos medievales en busca de restos de ADN viral.
La idea resulta tan sencilla como sorprendente: muchos pergaminos fueron fabricados a partir de pieles de animales. Aunque esas pieles eran procesadas antes de convertirse en material de escritura, algunos fragmentos biológicos podían permanecer conservados durante cientos de años.
En lugar de limitarse a buscar referencias escritas a enfermedades, el equipo examinó directamente el material físico de los documentos. Entre los manuscritos estudiados se encontraban los Evangelios de York y el Corpus Glossary.
Los análisis permitieron detectar material genético relacionado con Capripoxvirus. El hallazgo demuestra que los pergaminos medievales pueden funcionar como una especie de archivo biológico accidental. No solo conservaron las palabras de quienes vivieron en aquella época: también pudieron conservar rastros de los animales que formaron parte de su vida cotidiana.
La posibilidad abre una puerta especialmente interesante. Bibliotecas y archivos de todo el mundo podrían contener miles de muestras potenciales que permitan reconstruir la evolución de enfermedades animales que hasta ahora apenas tenían registro histórico.
Y la investigación todavía tenía una segunda parte. Para saber cuánto tiempo llevaba existiendo este virus, los científicos tuvieron que retroceder todavía más.
Una historia que comenzó miles de años antes
El equipo no se limitó a los documentos medievales. También estudió material genético procedente de dientes de ovejas que vivieron durante la Edad del Bronce, hace aproximadamente 3.700 años.
El resultado sitúa la presencia de estos virus mucho antes de la Edad Media y demuestra que su historia es considerablemente más antigua de lo que podían sugerir los registros escritos.
Al comparar los genomas antiguos con muestras medievales y modernas, los investigadores estimaron que los principales representantes del género (la viruela ovina, la viruela caprina y el virus de la enfermedad nodular cutánea) comenzaron a separarse evolutivamente hace entre 3.700 y 11.500 años.
Pero hay un detalle especialmente llamativo. El genoma del virus de la viruela ovina parece haber cambiado relativamente poco durante los últimos milenios.
Esta estabilidad contrasta con la enorme transformación que pueden experimentar otros virus y plantea una cuestión importante: quizá las modificaciones genéticas decisivas ocurrieron mucho antes de que comenzaran los registros disponibles.
Comprender esos cambios puede ayudar a explicar cómo estos patógenos desarrollaron la capacidad de infectar a determinados animales y por qué algunos continúan representando una amenaza para la ganadería actual.
Lo que comenzó como una búsqueda en antiguos manuscritos termina así revelando una historia mucho más profunda. Los pergaminos no solo conservaron textos medievales: también pudieron convertirse, sin que nadie lo supiera, en auténticas cápsulas del tiempo capaces de preservar la evolución de enfermedades durante miles de años.
[Fuente: La Razón]