Desde el aire, resulta difícil no verla. En el este de Turquía, a unos 29 kilómetros del monte Ararat, una enorme formación geológica dibuja sobre el terreno la silueta casi perfecta de un barco. Mide alrededor de 164 metros, presenta un extremo puntiagudo y lleva más de seis décadas alimentando una pregunta tan irresistible como controvertida: ¿podría tratarse del Arca de Noé?
Una nueva campaña científica acaba de sumar razones para seguir mirando bajo la superficie. El equipo dirigido por el arqueólogo Cenker Atila, de la Universidad Cumhuriyet de Sivas, detectó mediante radar anomalías con bordes regulares y puntos donde las señales parecen cruzarse formando ángulos rectos. Los análisis preliminares también encontraron aproximadamente un 40% más de carbono dentro de la formación que en los terrenos circundantes, según los resultados adelantados por Arkeonews.
El radar encontró algo extraño, pero no puede decir qué es

La campaña comenzó a finales de junio de 2026 y reúne a cerca de 20 investigadores y estudiantes de cinco países. El proyecto combina coordenadas GPS de alta precisión, modelos digitales en dos y tres dimensiones, radar de penetración terrestre y análisis de suelo. Más adelante se realizarán perforaciones para extraer testigos del subsuelo, según el programa anunciado por el equipo.
El radar GPR funciona enviando ondas electromagnéticas al terreno y registrando sus reflejos. Si las ondas encuentran cambios de humedad, cavidades, rocas o materiales distintos, la señal se altera. Eso permite localizar anomalías, pero no identificar automáticamente habitaciones, paredes ni restos de madera.
Lo mismo ocurre con el carbono. Que su concentración sea mayor dentro del perímetro puede señalar la presencia de materia orgánica, aunque no demuestra que proceda de madera degradada. Tampoco debe confundirse con una datación por carbono 14: el dato mide una diferencia química, no establece la edad de aquello que la produjo. Para despejar la incógnita, los investigadores planean comparar cerca de 1.000 muestras.
Las cerámicas prueban que hubo personas, no que hubiera un arca

Otros indicios asociados al lugar pertenecen en realidad a campañas anteriores. Las muestras recogidas en 2022 contenían materiales arcillosos y restos de origen marino, mientras que fragmentos cerámicos encontrados durante unas obras cercanas apuntaron a actividad humana desde el Calcolítico, aproximadamente entre el 5500 y el 3000 a. C.
Son descubrimientos importantes para reconstruir la historia de la región, pero no conectan directamente la formación con el diluvio. El propio geógrafo Faruk Kaya, de la Universidad Ağrı İbrahim Çeçen, puso freno a las interpretaciones más entusiastas: las piezas demuestran que hubo población en la zona, pero hasta ahora no existe una evidencia arqueológica satisfactoria que permita identificar Durupınar como el Arca de Noé, explicó a Christian Daily International.
La coincidencia de dimensiones tampoco es tan exacta como suele contarse. El Génesis habla de una embarcación de 300 codos, pero el resultado cambia según qué versión de esa antigua unidad se utilice: puede oscilar desde unos 135 hasta cerca de 157 metros.
La geología sigue siendo el gran obstáculo
La nueva hipótesis todavía debe superar una explicación publicada en 1996. En aquel estudio, el geólogo Lorence Collins y el explorador David Fasold concluyeron que Durupınar era una formación natural originada por el plegamiento y la erosión de las capas del terreno. Las supuestas piezas metálicas y maderas petrificadas podían explicarse, según su investigación geológica, mediante rocas volcánicas y concentraciones naturales de limonita y magnetita.
Por eso, los ángulos rectos y el exceso de carbono no cierran el misterio: señalan dónde conviene perforar. La prueba decisiva sería recuperar madera trabajada, materiales constructivos o capas artificiales dentro de un contexto arqueológico verificable.
Los análisis continuarán durante los próximos meses y el informe completo está previsto para 2027. Hasta entonces, Turquía no ha encontrado el Arca de Noé. Ha encontrado algo más modesto, aunque científicamente valioso: lugares concretos donde buscar una respuesta.