Lucy lleva más de medio siglo presentada como una australopiteca. El esqueleto, descubierto en Etiopía en 1974, perteneció a una hembra de Australopithecus afarensis que caminó por África hace unos 3,2 millones de años. Pero una nueva propuesta científica sostiene que el nombre con el que aparece en museos y libros podría estar representando mal su lugar en nuestra familia.
El paleoantropólogo Ian Towle, investigador de la Universidad de Monash, plantea ampliar el género Homo para absorber a las especies clasificadas actualmente como Australopithecus, Paranthropus y probablemente Kenyanthropus. Si la idea prosperase, Lucy pasaría a denominarse Homo afarensis, mientras que el célebre Paranthropus boisei podría convertirse en Homo boisei.
La propuesta aparece en un artículo publicado en American Journal of Biological Anthropology. No parte de un nuevo fósil ni de un análisis secreto de Lucy, sino de un problema acumulado durante décadas: las fronteras utilizadas para ordenar a nuestros antepasados ya no coinciden bien con el árbol evolutivo reconstruido por la anatomía, la genética y los análisis filogenéticos.
El género de Lucy se ha convertido en un enorme cajón de sastre

La taxonomía moderna intenta que cada género represente un clado: un antepasado común y todos sus descendientes. Sin embargo, Australopithecus sería un grupo parafilético. Algunas especies incluidas en él parecen estar más estrechamente emparentadas con Homo o Paranthropus que con otros australopitecos.
Eso convierte al género de Lucy en una especie de cajón de sastre para homininos bípedos, con cerebros relativamente pequeños, que no encajan cómodamente en las demás categorías. Una solución sería dividirlo en numerosos géneros menores. Towle propone justo lo contrario: unir bajo Homo toda la gran radiación evolutiva de los últimos cuatro o cinco millones de años.
La frontera tradicional de nuestro género también se ha debilitado. Durante décadas, Homo estuvo asociado a cerebros grandes, cuerpos modernos y fabricación sofisticada de herramientas. Después aparecieron especies como Homo floresiensis y Homo naledi, ambas con cerebros pequeños y anatomías que combinan características primitivas y modernas.
Las herramientas tampoco solucionan el problema. Existen industrias líticas anteriores a los primeros integrantes indiscutibles de Homo, y encontrar piedras trabajadas cerca de fósiles no permite determinar automáticamente qué especie las fabricó. Los rasgos supuestamente “humanos” no surgieron juntos, sino como piezas de un mosaico repartidas entre diferentes linajes.
Lucy no se volvería más humana, pero nuestro género cambiaría para siempre

La reorganización no significaría que Lucy pensaba o se comportaba como nosotros. Continuaría siendo una criatura de cerebro pequeño, brazos largos y adaptaciones que le permitían caminar erguida sin abandonar por completo los árboles. El cambio afectaría a su dirección taxonómica, no a su anatomía.
También tendría un coste. Nombres como Paranthropus comunican inmediatamente una arquitectura corporal reconocible, con mandíbulas potentes y enormes dientes posteriores. Al incluir criaturas tan diferentes dentro de Homo, se ganaría coherencia genealógica, pero se perdería parte de esa información anatómica. Una posible salida sería conservar las antiguas denominaciones como subgéneros.
La propuesta tampoco producirá un cambio inmediato. La taxonomía carece de una autoridad que pueda aprobar de golpe la nueva clasificación: deberá ganar aceptación progresivamente entre los especialistas, aparecer en publicaciones y sobrevivir a futuros descubrimientos. El propio Towle reconoce que el proceso podría resultar largo y controvertido.

Lucy no entraría en Homo por haberse vuelto más parecida a nosotros. Seríamos nosotros quienes aceptaríamos que nuestro género nunca fue una marcha ordenada hacia cerebros mayores, sino una familia extraordinariamente diversa, ramificada y difícil de encerrar en las etiquetas que inventamos para comprenderla.