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Ciencia

Una enorme mancha verde apareció en medio del océano y comenzó a expulsar piedra pómez. Los satélites revelaron una erupción submarina que incluso podría levantar una nueva isla

La erupción comenzó el 8 de mayo en una zona poco conocida del mar de Bismarck. Landsat 9, Terra y otros satélites detectaron columnas de vapor, anomalías térmicas y enormes balsas de piedra pómez que terminaron alcanzando las costas de Papúa Nueva Guinea.
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En medio del azul oscuro del mar de Bismarck apareció una mancha verde difícil de ignorar. A su alrededor se extendían columnas blancas, líneas grises sobre la superficie y enormes cantidades de roca flotante. El océano parecía haber cambiado de textura de un día para otro, aunque el verdadero responsable permanecía oculto bajo el agua.

Los satélites de observación terrestre permitieron descubrir que un volcán submarino había comenzado a entrar en erupción al norte de Papúa Nueva Guinea. La actividad se inició el 8 de mayo de 2026 en una región remota situada a unos 125 kilómetros al sureste de la isla de Manus, donde no existen instrumentos permanentes capaces de mostrar directamente qué está ocurriendo en el fondo marino.

El sistema volcánico ha recibido provisionalmente el nombre de Titan Ridge. Según indica el Programa de Vulcanismo Global del Smithsonian, la erupción surgió alrededor de 16 kilómetros al sureste de otro episodio submarino detectado mediante instrumentos en 1972. La zona se encuentra junto al límite de la placa de Bismarck Sur, en un entorno donde convergen fallas transformantes y procesos de expansión del fondo oceánico.

El océano cambió de color antes de revelar lo que ocurría debajo

Una enorme mancha verde apareció en medio del océano y comenzó a expulsar piedra pómez. Los satélites revelaron una erupción submarina que incluso podría levantar una nueva isla
© NASA Earth Observatory/Michala Garrison.

El primer aviso llegó mediante una sucesión de terremotos. Los observatorios habían registrado algunos movimientos aislados desde finales de marzo, pero el 8 de mayo apareció un enjambre sísmico que coincidió con el comienzo probable de la erupción.

Durante los días siguientes, los satélites observaron columnas de vapor y gases elevándose hasta tres kilómetros sobre el nivel del mar. También comenzaron a formarse grandes extensiones de agua verde y marrón alrededor del punto de emisión.

Ese color no significa que el océano se haya llenado simplemente de lava. Lo que muestran las imágenes es una mezcla mucho más compleja de sedimentos removidos, partículas volcánicas, gases disueltos y posibles alteraciones químicas producidas cuando el material caliente entra en contacto con el agua.

El instrumento OLI-2 de Landsat 9 obtuvo el 11 de mayo una imagen detallada de las columnas que atravesaban la superficie. Cuatro días después, el sensor MODIS del satélite Terra mostró una extensa pluma de agua decolorada desplazándose hacia el suroeste, acompañada por bandas de piedra pómez y una nube volcánica que avanzaba hacia el oeste.

Otros observatorios se sumaron al seguimiento. Sentinel-2, de la Agencia Espacial Europea, proporcionó imágenes de mayor resolución, mientras que el instrumento VIIRS del satélite Suomi NPP detectó el 12 de mayo anomalías térmicas distribuidas sobre una superficie aproximada de siete kilómetros cuadrados.

Según explicó el vulcanólogo Simon Carn al Observatorio de la Tierra de la NASA, la presencia de tantos puntos calientes indicaba que debía existir una gran cantidad de material a alta temperatura muy cerca de la superficie. Eso resultaba extraño porque los mapas batimétricos disponibles situaban el fondo del mar a varios cientos de metros de profundidad.

La erupción comenzó a fabricar enormes balsas de roca

Una de las señales más espectaculares fue la aparición de balsas de piedra pómez. Esta roca se forma cuando la lava rica en gases se enfría rápidamente y queda atravesada por miles de pequeñas cavidades. Su estructura puede ser tan ligera que algunos fragmentos flotan en el agua durante semanas, meses o incluso años.

Las corrientes agruparon millones de esos fragmentos en largas franjas grises que comenzaron a alejarse del volcán. Algunas balsas se desplazaron hacia el oeste, el noroeste y el suroeste, convirtiéndose en un peligro para barcos pequeños, motores, puertos y comunidades costeras.

A comienzos de junio, una de estas acumulaciones habría alcanzado unos tres kilómetros de ancho, cinco de largo y varios metros de espesor. La piedra pómez cubrió arrecifes y praderas marinas, dificultó la navegación y estuvo asociada con la aparición de peces muertos. Más de 10.000 habitantes dependientes de la pesca en Manus y otras islas cercanas terminaron afectados por la llegada del material volcánico.

Las balsas también ofrecen información científica. Su temperatura, distribución y velocidad permiten estimar dónde se encuentran los respiraderos, cómo evolucionan las corrientes superficiales y cuánto material está logrando alcanzar el exterior.

A mediados de mayo, las imágenes mostraron que la actividad no procedía de un único punto. Había al menos dos zonas de emisión separadas por unos 2,5 kilómetros, lo que sugiere una estructura volcánica submarina más extensa de lo que podía apreciarse inicialmente desde la superficie.

Los científicos llegaron a preguntarse si estaba naciendo una nueva isla

Una enorme mancha verde apareció en medio del océano y comenzó a expulsar piedra pómez. Los satélites revelaron una erupción submarina que incluso podría levantar una nueva isla
© NASA Earth Observatory/Michala Garrison.

Las fotografías tomadas por pescadores y las anomalías térmicas hicieron pensar que la erupción podía estar construyendo un arrecife volcánico poco profundo. Si continuaba acumulándose suficiente lava y piedra fragmentada, parte de la estructura podría terminar emergiendo por encima del nivel del mar.

James Garvin, científico jefe del Centro Goddard de la NASA, explicó que los investigadores esperaban comprobar si el proceso acabaría produciendo una nueva isla. Un nacimiento semejante permitiría observar casi desde el primer momento cómo la lluvia, las olas, los organismos y la erosión transforman una superficie terrestre completamente nueva.

Sin embargo, la posibilidad nunca estuvo garantizada. Las islas volcánicas recién formadas suelen ser muy frágiles. El oleaje puede destruirlas en cuestión de semanas o meses, especialmente cuando están compuestas por ceniza y fragmentos poco consolidados en lugar de gruesas coladas de lava.

La erupción tampoco parecía dirigirse hacia una explosión comparable a la de Hunga Tonga-Hunga Ha’apai en 2022. Según la evaluación recogida por la NASA, Titan Ridge está asociado a una dorsal volcánica y a una zona de expansión del fondo marino, entornos que suelen producir magma más fluido y erupciones menos violentas que las de los grandes volcanes situados en zonas de subducción.

El volcán continúa allí, aunque casi ha vuelto a desaparecer

La actividad comenzó a reducirse después de las primeras semanas. A finales de mayo todavía surgían columnas desde dos respiraderos y continuaba llegando piedra pómez a la superficie, pero las emisiones eran menos intensas. Durante junio persistieron algunas plumas de vapor, señales hidroacústicas y una franja de agua decolorada que llegó a extenderse más de 100 kilómetros desde el punto de origen.

La actualización más reciente del Observatorio Vulcanológico de Rabaul situaba la actividad en niveles muy bajos a comienzos de julio. No se habían detectado terremotos durante más de un mes y quedaba únicamente una pluma menor de agua decolorada, junto con pequeños parches de piedra pómez atrapados en zonas costeras protegidas.

Titan Ridge no ha producido todavía una isla permanente. Tampoco ha revelado con exactitud qué estructura se encuentra bajo el océano. Pero las imágenes han mostrado algo que hace unas décadas habría ocurrido prácticamente fuera de nuestra vista: el momento en que el fondo marino comenzó a expulsar calor, gases y roca hasta cambiar el color de una porción completa del Pacífico.

El volcán permanecía oculto bajo cientos de metros de agua. Para encontrarlo, los científicos no tuvieron que descender hasta él. Bastó con observar cómo el océano empezó a comportarse de una manera imposible de ocultar.

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