Durante décadas, los modelos astronómicos establecieron que solo las estrellas masivas pueden dar origen a planetas gigantes. Pero un descubrimiento reciente ha sacudido esa certeza. Un equipo internacional ha detectado un planeta colosal orbitando una estrella enana diminuta. El hallazgo, publicado en Nature Astronomy, no solo es inesperado: pone a prueba las bases de nuestra comprensión sobre cómo nacen los mundos.
Un planeta gigante en el lugar menos esperado

La protagonista de este hallazgo es TOI-6894, una estrella enana roja ubicada en la Vía Láctea con apenas el 20 % de la masa solar. A su alrededor orbita TOI-6894b, un planeta gaseoso del tamaño de Saturno, aunque con la mitad de su masa. La existencia de este sistema resulta, como mínimo, desconcertante.
Según los modelos tradicionales, las estrellas pequeñas no deberían tener la capacidad de formar planetas tan grandes. El motivo es simple: disponen de menos material en sus discos protoplanetarios. Por lo tanto, se pensaba que no podían generar cuerpos de dimensiones gigantescas. Pero TOI-6894b parece haber ignorado esa lógica, y su presencia marca un antes y un después.
El hallazgo forma parte del análisis de datos de la misión TESS, el satélite de la NASA que estudia tránsitos de exoplanetas. Para Edward Bryant, autor principal del estudio, este planeta representa un caso extremo que “servirá como punto de referencia” para futuras investigaciones sobre cómo se forman los planetas en condiciones atípicas.
Una joya para el James Webb
Más allá del impacto en los modelos teóricos, TOI-6894b ha despertado el interés de la comunidad científica por otro motivo: sus posibles atmósferas frías. Los investigadores creen que podría permitir la detección de gases como el metano o incluso amoniaco, lo cual sería inédito en un exoplaneta.
Por esta razón, el sistema ha sido seleccionado para observaciones con el telescopio espacial James Webb. Las imágenes previstas permitirán analizar su composición atmosférica con un nivel de detalle sin precedentes.
Daniel Bayliss, de la Universidad de Warwick, destaca que este descubrimiento no es aislado, pero sí “uno de los más extremos jamás registrados”. Según Francisco José Pozuelos, del Instituto de Astrofísica de Andalucía, el hallazgo no contradice las teorías actuales, pero sí estira sus límites: “Nos obliga a preguntarnos hasta dónde llegan los modelos que creíamos sólidos”.
En otras palabras, lo que parecía imposible acaba de volverse real. Y con ello, los astrónomos deben volver a mirar el universo con ojos más abiertos.