Una nave espacial convencional transporta personas durante días, meses o, como mucho, algunos años. Chrysalis pretende hacer algo radicalmente distinto: sostener una civilización durante cuatro siglos mientras cruza el vacío que separa al sistema solar de su vecino estelar más cercano.
El proyecto imagina una estructura cilíndrica de 58 kilómetros de longitud, formada por capas concéntricas y capaz de albergar hasta 2.400 personas. Dentro habría viviendas, hospitales, escuelas, bibliotecas, parques, fábricas y extensas zonas agrícolas. No sería exactamente una nave con pasajeros, sino una ciudad espacial en movimiento.
Chrysalis ganó en 2025 la competición de diseño de Project Hyperion, organizada por la Initiative for Interstellar Studies, una entidad británica sin ánimo de lucro dedicada a investigar los viajes interestelares. El jurado destacó la coherencia general de la propuesta, su arquitectura modular y el nivel de detalle con el que abordaba la fabricación, la vida cotidiana y la preparación psicológica de sus ocupantes.
No es una nave de la NASA ni está siendo construida

Pese a algunos titulares que presentan Chrysalis como una nave ya existente, el proyecto continúa siendo un estudio conceptual. No hay piezas en fabricación, presupuesto aprobado, fecha de lanzamiento ni programa espacial encargado de convertirlo en realidad.
Tampoco es una iniciativa de la NASA. Project Hyperion fue organizado por la Initiative for Interstellar Studies, aunque su jurado contó con especialistas vinculados a instituciones como el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, la Universidad de Houston y la Universidad del Sur de California. La competición repartió 10.000 dólares entre sus tres diseños ganadores, de los cuales 5.000 correspondieron a Chrysalis.
El equipo responsable estuvo formado por los italianos Guido Sbrogio, Giacomo Infelise, Veronica Magli, Nevenka Martinello y Federica Chiara Serpe, con perfiles que abarcan la astrofísica, la arquitectura, la ingeniería ambiental y la psicología.
Los propios autores describen Chrysalis como una base para futuras investigaciones, no como un vehículo listo para construirse. Su intención era estudiar cómo podría diseñarse una misión tecnológicamente coherente y qué problemas deberían resolverse antes de enviar seres humanos a otra estrella.
Una ciudad giratoria encerrada dentro de varias capas
La nave tendría una estructura parecida a una gigantesca muñeca rusa. Sus diferentes cilindros se organizarían alrededor de un eje central y algunos girarían para producir gravedad artificial mediante fuerza centrífuga.
Esa rotación sería esencial. La exposición prolongada a la microgravedad provoca pérdida de masa muscular, debilitamiento óseo y cambios cardiovasculares. En una misión que abarcaría numerosas generaciones, no bastaría con mantener vivos a los pasajeros: sus descendientes deberían conservar cuerpos capaces de desenvolverse algún día sobre la superficie de un planeta.
Las capas interiores de Chrysalis estarían dedicadas a las viviendas, los servicios comunitarios y los espacios naturales. Habría parques, bibliotecas, galerías, centros educativos y áreas destinadas a mantener una vida social semejante a la de una ciudad terrestre. Otras secciones albergarían industrias, almacenes, talleres y sistemas de fabricación.
La nave también incluiría ecosistemas cerrados con plantas, hongos, insectos y pequeños animales. Su función no sería únicamente producir alimentos: tendrían que generar oxígeno, absorber dióxido de carbono, reciclar residuos y ayudar a purificar el agua.
El gran desafío sería mantener esos ciclos en equilibrio durante cientos de años. Una enfermedad vegetal, la pérdida de una especie esencial o la acumulación de un contaminante podría propagarse por un sistema del que dependería toda la población.
Las primeras personas nunca llegarían al destino

La propuesta contempla una travesía aproximada de 400 años hasta el sistema de Próxima Centauri. Eso significa que quienes iniciaran el viaje morirían mucho antes de alcanzar el destino. Sus hijos, nietos y numerosas generaciones posteriores nacerían y vivirían dentro de la nave sin conocer personalmente la Tierra.
La población no permanecería fija. Chrysalis estaría diseñada para mantener alrededor de 1.500 habitantes de manera estable, con margen para alcanzar unos 2.400. La natalidad tendría que planificarse cuidadosamente para evitar tanto la superpoblación como una reducción peligrosa de la diversidad genética.
La misión necesitaría médicos, agricultores, profesores, ingenieros y técnicos durante siglos. No serviría de mucho almacenar millones de libros si las generaciones futuras perdieran la capacidad práctica para reparar un reactor, realizar una operación o recuperar una cosecha.
Por eso, Project Hyperion exigió que los diseños incluyeran mecanismos para transmitir conocimientos, cultura, profesiones y valores sociales. Chrysalis propone una gobernanza compartida entre seres humanos y sistemas de inteligencia artificial, con algoritmos encargados de ayudar a gestionar recursos, detectar riesgos y simular posibles crisis.
El problema más difícil quizá no sería técnico. Las generaciones nacidas durante el viaje nunca habrían elegido participar en la misión. Tampoco existiría ninguna garantía de que, después de cuatro siglos, quisieran abandonar la nave y asentarse en un planeta desconocido.
Los autores reconocen esa posibilidad: Chrysalis podría acabar convirtiéndose en el verdadero hogar de sus habitantes, mientras la colonización planetaria pasaría a ser una historia heredada de antepasados remotos.
El motor de fusión sigue perteneciendo al futuro

Para recorrer 4,2 años luz en unos cuatro siglos, la nave tendría que viajar a cerca del 1% de la velocidad de la luz, aproximadamente 3.000 kilómetros por segundo. Es una velocidad extraordinariamente superior a la de cualquier vehículo tripulado construido hasta ahora.
Chrysalis utilizaría un sistema de propulsión por fusión alimentado con deuterio y helio-3. Sobre el papel, la fusión podría proporcionar una enorme cantidad de energía sin exigir las cantidades imposibles de combustible químico que necesitaría una nave semejante.
Pero no existe actualmente ningún motor de fusión operativo capaz de impulsar una nave interestelar, explica The Times. La humanidad todavía trabaja para obtener energía de fusión comercial estable en la Tierra, por lo que construir un reactor que funcione durante siglos en el espacio plantea un desafío mucho mayor.
También habría que fabricar la nave fuera de la Tierra. Lanzar una estructura de 58 kilómetros desde la superficie sería inviable. El equipo propuso ensamblarla cerca del punto de Lagrange L1 del sistema Tierra-Luna, utilizando recursos obtenidos de la Luna y posiblemente de asteroides. Incluso en su propio planteamiento, el proceso de construcción requeriría décadas y una industria espacial muy superior a la actual.
Próxima b tampoco es todavía una segunda Tierra
El destino elegido suele identificarse como Próxima Centauri b, el exoplaneta conocido más cercano a nuestro sistema solar. Se encuentra a unos 4,2 años luz y orbita una enana roja en apenas 11,2 días. Su masa es similar a la terrestre y recibe una cantidad de energía compatible con la posible existencia de agua líquida bajo determinadas condiciones.
Sin embargo, “potencialmente habitable” no significa habitable para los seres humanos. Se desconoce si Próxima b posee una atmósfera estable, océanos, un campo magnético o una superficie adecuada para establecer una colonia. Además, su estrella produce llamaradas capaces de bombardear el planeta con radiación intensa.
Project Hyperion evitó parcialmente ese problema al establecer en sus reglas que el destino debía ser un mundo rocoso previamente preparado por sondas robóticas y con un ecosistema artificial compatible con la vida humana. Es una suposición útil para diseñar la nave, pero está muy lejos de una capacidad real.
Chrysalis no es todavía el vehículo que salvará a la humanidad. Es algo más modesto, aunque igualmente fascinante: un intento de calcular qué significaría convertir una nave espacial en un mundo completo. El diseño no demuestra que podamos viajar a otra estrella, pero deja claro que el motor sería solo una parte del problema. También tendríamos que mantener vivos un ecosistema, una cultura y el deseo de llegar durante cuatrocientos años.