Una planta con hojas de dos metros de diámetro llevaba décadas creciendo en los ríos de Colombia sin que la ciencia reconociera su verdadera identidad. Era tan grande que podía distinguirse en imágenes satelitales, pero el detalle que terminó revelando su existencia apareció en un lugar mucho más cotidiano: una fotografía publicada en Instagram. Lo que parecía otro nenúfar amazónico terminó desencadenando una expedición a una de las regiones más remotas de Sudamérica.
El hallazgo estuvo a punto de fracasar. Después de cinco días navegando entre selvas inundadas, los investigadores no habían conseguido las muestras necesarias para demostrar que estaban ante una especie nueva. Les quedaban apenas unas horas antes del vuelo de regreso cuando un guía indígena los condujo, de madrugada, hasta un pequeño lago. Allí encontraron lo que buscaban. La planta acaba de recibir un nombre científico: Victoria colombiana.
Una fotografía en Instagram abrió un misterio botánico en el Orinoco

La historia comenzó en 2021, cuando Carlos Magdalena, especialista en plantas acuáticas de los Jardines Botánicos Reales de Kew, observó una fotografía publicada por Jeremiah Harris, un horticultor estadounidense.
La imagen mostraba un nenúfar gigante identificado como Victoria amazonica. Sin embargo, había algo que no encajaba: la planta aparecía en el río Inírida, dentro de la cuenca alta del Orinoco, una región donde no se conocían poblaciones naturales de aquella especie. Magdalena comenzó a revisar imágenes satelitales hasta encontrar enormes hojas circulares sobre la superficie de varios cuerpos de agua.
El estudio publicado en Phytotaxa el 7 de octubre de 2026 confirmó posteriormente que se trataba de una especie distinta, descrita por un equipo de ocho investigadores que incluyó a científicos colombianos, especialistas de Kew y conocedores indígenas del territorio.
La nueva planta recibió el nombre de Victoria colombiana. Con este descubrimiento, el género Victoria pasó a contar con cinco especies reconocidas, ya que el mismo trabajo también identificó otra especie, Victoria mattogrossensis, en el Pantanal sudamericano.
Una carrera contra el amanecer para encontrar la flor que faltaba

Llegar hasta las plantas resultó mucho más complicado que identificarlas desde una computadora. Magdalena y Mauricio Bernal, investigador del Jardín Botánico de Bogotá, organizaron una expedición junto con miembros de comunidades indígenas del Guainía. Navegaron durante cinco días por ríos y lagos remotos, pero los primeros ejemplares localizados no tenían flores, necesarias para confirmar las diferencias anatómicas.
Según el relato oficial de Kew, la solución apareció cuando Gustavo Melo, un navegante indígena tucano, les aseguró que conocía otro lugar donde crecían estas plantas. A la una de la madrugada partieron hacia el interior de la selva. Antes del amanecer encontraron cinco ejemplares adicionales, incluido uno en flor. Aquella muestra permitió estudiar características que distinguían a la nueva especie de sus parientes, como la estructura del ovario y la disposición de sus espinas.
Las enormes hojas también esconden una ingeniería natural extraordinaria. Su cara inferior presenta una red de nervaduras que distribuye las cargas y ayuda a mantener una superficie flotante de gran tamaño con relativamente poco material vegetal.
Descubrieron una planta que puede verse desde el espacio, pero casi no quedan ejemplares conocidos

El descubrimiento llegó acompañado de una advertencia. Los investigadores estiman que podrían existir apenas entre 30 y 50 individuos silvestres, aunque todavía necesitan explorar más áreas para conocer su distribución real.
El Jardín Botánico de Kew considera que la planta podría cumplir criterios de peligro crítico de extinción. Sin embargo, aún no cuenta con una evaluación oficial de la Lista Roja de la UICN. Su hábitat presenta dificultades adicionales. Los niveles de agua cambian enormemente entre estaciones, las selvas pueden inundarse varios metros y llegar hasta algunas poblaciones requiere embarcaciones y conocimientos locales. Por eso, los investigadores estudian la posibilidad de cultivar ejemplares en jardines botánicos y establecer poblaciones adicionales en territorios indígenas, combinando conservación y ecoturismo comunitario.
La nueva especie también podría ayudar a reconstruir la historia geológica de Sudamérica. El trabajo científico propone que los cambios en los antiguos sistemas fluviales y el aislamiento progresivo de las cuencas contribuyeron a diversificar estos nenúfares gigantes.
La paradoja resulta difícil de ignorar: una planta suficientemente grande como para ser observada desde imágenes satelitales permaneció desconocida para la clasificación científica hasta que alguien reconoció algo extraño en una fotografía de redes sociales. Y ahora que tiene nombre, comienza una tarea posiblemente más difícil que encontrarla: conseguir que no desaparezca.