Durante más de un siglo, los bosques y pastizales de Uruguay conservaron un vacío difícil de observar. El pecarí de collar, un mamífero robusto y sociable que durante siglos había removido la tierra y dispersado semillas por el país, simplemente dejó de aparecer.
El último registro confirmado de la especie en territorio uruguayo data de 1894. Cuando los primeros animales fueron liberados en 2017 habían transcurrido 123 años: varias generaciones humanas habían vivido sin encontrarse con uno de estos pecaríes en libertad.
No se había extinguido en todo el planeta. La especie (denominada Pecari tajacu y también clasificada como Dicotyles tajacu) todavía ocupaba un enorme territorio desde el sur de Estados Unidos hasta el norte de Argentina. Pero en Uruguay estaba considerada extinta regionalmente, probablemente como consecuencia de la caza, la transformación del hábitat y otras presiones humanas.
Todo comenzó con apenas cuatro animales traídos desde Argentina

A comienzos de la década de 2000, el Bioparque M’Bopicuá, situado cerca de Fray Bentos, comenzó a desarrollar una población reproductora con cuatro pecaríes trasladados desde Argentina. La meta no era mantenerlos indefinidamente detrás de una valla, sino conseguir suficientes ejemplares para devolver la especie al medio natural.
Durante los siguientes 17 años, la población creció bajo cuidado humano. Antes de autorizar su liberación, los equipos evaluaron la genética de los animales, realizaron controles veterinarios y estudiaron si el lugar elegido podía proporcionarles refugio y alimentos como frutos, raíces, tubérculos y palmeras yatay.
Finalmente, en junio de 2017 se efectuó la reintroducción experimental de 140 ejemplares adultos en el departamento de Paysandú, una cifra recogida en el trabajo técnico presentado ante el Congreso Uruguayo de Zoología. La Presidencia de Uruguay informó inicialmente de casi 100 animales liberados en dos etapas, dentro de un proceso coordinado con la entonces Dirección Nacional de Medio Ambiente.
No fue una simple apertura de jaulas. Los pecaríes atravesaron una fase de aclimatación y, después de la suelta, comenzó un seguimiento mediante recorridos, rastros, excrementos y cámaras trampa.
Las primeras crías demostraron que los pecaríes no solo habían sobrevivido

El momento decisivo llegó en mayo de 2018. Las cámaras instaladas en la zona registraron ejemplares adultos acompañados por crías nacidas después de la liberación. Los técnicos reunieron 177 imágenes, además de localizar dormideros y restos que permitían estudiar la dieta y los desplazamientos de los grupos.
Aquellas crías eran una señal mucho más importante que la mera supervivencia. Significaban que los animales habían encontrado alimento, refugio y condiciones suficientes para completar su ciclo reproductivo en libertad. La experiencia fue presentada entonces como una reintroducción exitosa en Paysandú.
El regreso también devolvió al ecosistema un pequeño ingeniero forestal. Mientras busca comida, el pecarí remueve y airea el suelo con el hocico, abre senderos entre la vegetación y transporta semillas después de consumir frutos. Esas acciones pueden modificar la germinación y la distribución de las plantas, aunque sus efectos precisos en la zona liberada necesitan un seguimiento prolongado.
Recuperarlo costó 17 años, pero perderlo de nuevo podría ser muy fácil

La historia no terminó con el nacimiento de las primeras crías. Poco después de la liberación se denunciaron episodios de caza ilegal, una amenaza especialmente grave para una población pequeña que todavía intentaba establecerse.
Tampoco existe un censo público reciente que permita saber cuántos descendientes de aquellos 140 pecaríes permanecen hoy en libertad. Por eso, hablar de recuperación definitiva sería prematuro. El proyecto continúa siendo una de las experiencias de restauración de fauna más ambiciosas de Uruguay, pero su éxito dependerá de la reproducción, la dispersión y la protección de los nuevos grupos.
Después de 123 años de ausencia, el pecarí consiguió volver y tener crías en el mismo territorio del que había desaparecido. La parte más difícil empieza ahora: lograr que esta vez pueda quedarse.