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Ciencia

Vegeta y Piccolo hicieron algo más que pelear contra Goku. Obligaron a millones de niños a aprender que las personas no son solo buenas o malas

Dragon Ball convirtió a enemigos despiadados en aliados, maestros y padres sin borrar todo lo que habían hecho antes. La psicología lleva años estudiando cómo las historias y los personajes moralmente ambiguos pueden ayudarnos a comprender intenciones, cambios y puntos de vista diferentes.
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Vegeta llegó a la Tierra dispuesto a matar. Piccolo quería derrotar a Goku. Años después, uno había formado una familia y el otro se había convertido en maestro y protector de Gohan.

Para los millones de niños que crecieron con Dragon Ball, aquello ocurría mientras esperaban transformaciones, torneos y ataques imposibles. Pero detrás de las peleas había otra idea que la serie repetía constantemente: una persona no tiene por qué permanecer para siempre en el mismo lado de la historia.

Eso conecta con algo que la psicología lleva tiempo estudiando. Comprender a los demás implica aprender a interpretar sus pensamientos, motivaciones e intenciones, y las narraciones pueden funcionar como pequeños escenarios donde practicamos precisamente esas habilidades. Una revisión publicada en Trends in Cognitive Sciences describía la ficción como una especie de simulación de los mundos sociales que nos permite involucrarnos con las experiencias de otros personajes.

Dragon Ball estaba lleno de oportunidades para hacerlo.

Vegeta era difícil de explicar simplemente como “el malo”

Vegeta y Piccolo hicieron algo más que pelear contra Goku. Obligaron a millones de niños a aprender que las personas no son solo buenas o malas
© Crunchyroll.

Los niños pequeños tienden inicialmente a realizar valoraciones morales bastante categóricas. Con la edad, sin embargo, aumenta la capacidad de interpretar personajes cuyos comportamientos mezclan elementos positivos y negativos.

Un estudio publicado en 2025 en Journal of Experimental Child Psychology mostró precisamente esa evolución. Niños de seis y ocho años diferenciaban mejor que los de cuatro a los personajes moralmente ambiguos de aquellos claramente buenos o malos.

Vegeta podría haber sido diseñado para poner a prueba esa clasificación. Fue responsable de actos atroces, después luchó junto a quienes había intentado matar y lentamente desarrolló vínculos con Bulma, Trunks y sus antiguos enemigos. Su transformación no obliga al espectador a olvidar su pasado. Le exige algo más complejo: incorporar nueva información y volver a juzgarlo.

Piccolo ofrecía otra versión de lo mismo. La propia web oficial de Dragon Ball recuerda cómo el antiguo enemigo de Goku acabó entrenando a su hijo y construyendo con él una de las relaciones entre maestro y alumno más importantes de la saga.

No cambiaban porque un episodio anunciase que ahora eran buenos. Cambiaban mediante decisiones repetidas.

La ficción puede entrenar nuestra mirada social, aunque Dragon Ball nunca haya sido un experimento psicológico

Vegeta y Piccolo hicieron algo más que pelear contra Goku. Obligaron a millones de niños a aprender que las personas no son solo buenas o malas
© Crunchyroll.

La conexión resulta tentadora, pero conviene no convertirla en algo que la ciencia no ha demostrado. No existe evidencia de que ver Dragon Ball otorgase específicamente una “habilidad social única” a sus espectadores. Los estudios disponibles investigan la ficción y la cognición social de manera general, no comparan a adultos que crecieron viendo a Goku con quienes nunca lo hicieron.

Lo que sí sabemos es que existe una relación entre interactuar con narraciones y utilizar capacidades relacionadas con la perspectiva y la cognición social. Algunos trabajos han encontrado asociaciones positivas entre exposición a ficción y habilidades sociales, aunque establecer cuánto de ese efecto es realmente causal sigue siendo complicado. Y eso hace que Dragon Ball resulte especialmente interesante visto desde la infancia.

Mientras muchos adultos veían únicamente golpes, violencia y personajes gritándose durante varios episodios, la serie presentaba una y otra vez rivales obligados a cooperar, enemigos capaces de cambiar, héroes que cometían errores y personajes que nunca encajaban perfectamente en una sola categoría moral.

No sabemos si aquello convirtió a una generación en mejores lectores de las personas. Pero sí sabemos algo mucho más reconocible para cualquiera que creciera frente al televisor: Dragon Ball nos enseñó muy pronto que alguien podía aparecer como el peor enemigo imaginable y, cientos de episodios después, conseguir que termináramos preocupándonos por él.

Quizá una de sus mejores peleas nunca fue Goku contra Vegeta. Fue nuestra propia necesidad infantil de decidir quién era bueno y quién era malo.

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