Imagen: IIHS

En la era de las fake news y los titulares tendenciosos, vale la pena repasar el trabajo de la psicóloga Elizabeth Loftus sobre cómo el lenguaje puede influir en los recuerdos de las personas. Todo se reduce a dos preguntas: ¿A qué velocidad iban los vehículos cuando chocaron? ¿Viste cristales rotos?

Son las dos preguntas en las que se basa el estudio Reconstruction of Automobile Destruction que Loftus publicó en 1974 junto a John Palmer. La psicóloga había reunido a 45 estudiantes de la Universidad de Washington y los había convertido en testigos oculares del mismo accidente de tráfico mostrándoles la película de un choque frontal entre dos automóviles.

Después de ponerles la película, Loftus los dividió en grupos y les pidió que estimaran la velocidad de los coches usando verbos específicos para describir el impacto. La pregunta se formuló de cinco formas distintas:

  1. ¿Aproximadamente a qué velocidad iban los coches cuando se estrellaron? (About how fast were the cars going when they smashed)
  2. ¿Aproximadamente a qué velocidad iban los coches cuando colisionaron? (About how fast were the cars going when they collided)
  3. ¿Aproximadamente a qué velocidad iban los coches cuando chocaron? (About how fast were the cars going when they bumped)
  4. ¿Aproximadamente a qué velocidad iban los coches cuando se golpearon? (About how fast were the cars going when they hit)
  5. ¿Aproximadamente a qué velocidad iban los coches cuando se tocaron? (About how fast were the cars going when they contacted)

Todos los estudiantes habían sido testigos del mismo accidente, pero la manera en la que estaba redactada la pregunta manipuló su percepción. Así, los verbos que transmitían una mayor gravedad daban la impresión de que los coches iban más rápido, y los que se correspondían con un impacto más leve llevaron a pensar que los coches iban en realidad más lento.

Los participantes a los que se les preguntó por los vehículos “estrellados” estimaron una velocidad media de 65,18 km/h, los que fueron interrogados sobre una “colisión” calcularon una velocidad promedio de 63,25 km/h, los del “choque” respondieron con una media de 61,32 km/h, los del “golpe” dijeron que 54,72 km/h y finalmente los del “toque” contestaron que 51,18 km/h.

En un segundo experimento, Loftus reunió a otros 150 estudiantes y les mostró una película de un accidente de tráfico múltiple. A continuación dividió a los participantes en tres grupos: a unos les preguntó a qué velocidad aproximada iban los coches cuando “se estrellaron” (when they smashed) y a otros a qué velocidad iban cuando “se golpearon” (when they hit). El tercero era un grupo de control al que no se le preguntó nada.

Una semana después, Loftus volvió a reunir a los tres grupos y les preguntó si habían visto cristales rotos en la película. Del grupo de control, seis participantes contestaron que no y 44 que sí. Del grupo del verbo “golpear”, 43 dijeron que no y siete que sí. Del grupo que había sido interrogado con el verbo “estrellar”, 34 respondieron que no y 16 que sí. En realidad, no salían cristales rotos en la película.

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Como en el experimento anterior, el verbo empleado alteró las percepciones de los participantes y demostró que un testimonio puede verse sesgado por la manera en la que se formulan las preguntas (especialmente si están redactadas de forma tendenciosa o abordan una cuestión que no sabemos resolver con facilidad, como la velocidad relativa a la que iba un coche).

Gracias al trabajo de Loftus y Palmer sabemos que la memoria es altamente flexible, y que un testigo expuesto a nueva información entre que presencia un evento y lo recuerda puede ver sus recuerdos influenciados o alterados. Tras el estudio, Elizabeth Loftus se convirtió en una psicóloga muy popular entre los abogados (por razones evidentes), pero sus hallazgos aplican a otros campos, como la política y el periodismo de esta era de posverdad.