Durante años, Alemania fue el país que recordaba al resto de Europa la importancia de controlar el gasto público. Mientras Francia acumulaba déficits y deuda, Berlín defendía la disciplina fiscal como una condición indispensable para mantener la estabilidad económica. Aquella diferencia parecía formar parte de la identidad de ambas potencias. Sin embargo, las decisiones adoptadas recientemente por el Gobierno alemán están empezando a cuestionarla.
La advertencia procede del propio sector financiero germano. Jörg Krämer, economista jefe de Commerzbank, considera que Alemania corre el riesgo de aproximarse al modelo económico francés, caracterizado por una creciente dependencia del gasto estatal y las dificultades para impulsar reformas estructurales. No se trata de que ambos países tengan todavía las mismas cuentas públicas, sino de que podrían estar acercándose en la manera de afrontar sus problemas.
Alemania ha empezado a desmontar una de las reglas que la hicieron diferente

Durante mucho tiempo, la principal garantía de disciplina fiscal alemana fue el Schuldenbremse, conocido como freno a la deuda. Este mecanismo constitucional estableció restricciones al endeudamiento público y convirtió la prudencia presupuestaria en una obligación institucional. Pero en marzo de 2025, Alemania aprobó una reforma constitucional de sus reglas fiscales que permitió crear un fondo extraordinario de 500.000 millones de euros para infraestructuras. También excluyó del cálculo del freno a la deuda determinados gastos de defensa superiores al 1% del PIB.
El cambio responde a dificultades reales. Alemania necesita modernizar infraestructuras, fortalecer su defensa y recuperar competitividad frente a China y Estados Unidos. Sin embargo, el interrogante es si ese dinero terminará financiando inversiones capaces de aumentar la productividad o si aliviará temporalmente problemas que exigen reformas más profundas.
La Comisión Europea prevé que el déficit alemán pase del 2,7% del PIB en 2025 al 4,1% en 2027. La deuda pública, mientras tanto, aumentaría del 63,5% al 68% del PIB en ese mismo período. Son cifras todavía alejadas de las francesas, pero reflejan un cambio de dirección.
Francia se ha convertido en la advertencia que Berlín no puede ignorar

La preocupación alemana coincide con un momento especialmente delicado para las finanzas francesas. La deuda de Francia se aproxima al 120% del PIB y las dificultades para alcanzar acuerdos políticos han complicado los intentos de reducir su déficit.
La tensión ya llegó a los mercados. El 19 de octubre, la prima de riesgo francesa rondó los 145 puntos básicos respecto a Alemania, mientras sus bonos a diez años se acercaron al 5% de rentabilidad. Los inversores exigen así una compensación considerablemente mayor por prestar dinero a París. Pero el riesgo para Berlín no se limita a los números. La fragmentación política también amenaza su capacidad de decisión. El crecimiento de Alternativa para Alemania (AfD) y las tensiones de la coalición gobernante complican las reformas del sistema de pensiones, el mercado laboral y la política energética.
La paradoja es que Alemania necesita gastar para modernizar su economía, pero también necesita demostrar que puede transformar ese gasto en crecimiento. El Banco Central Europeo ha subrayado precisamente que la composición y eficiencia de la inversión pública son determinantes para obtener beneficios económicos duraderos. Por eso, Alemania no está condenada a repetir la crisis francesa. Su posición fiscal sigue siendo considerablemente más sólida y dispone de mayor margen de actuación. El verdadero peligro sería utilizar esa ventaja para posponer decisiones difíciles, hasta que el margen desaparezca.
La economía que durante décadas exigió disciplina al resto de Europa enfrenta ahora su propia prueba: demostrar que puede abandonar parte de su antigua austeridad sin perder la estabilidad que la convirtió en su principal fortaleza.