En 1985, Yin Yuzhen tenía unos 19 años cuando se casó y se mudó a Jingbeitang, un rincón aislado del desierto de Mu Us, en la región de Ordos, en Mongolia Interior, al norte de China. El paisaje era casi solo arena. Las tormentas enterraban caminos y casas, y la familia vivía en una vivienda excavada en la tierra. Ella decidió hacer algo que en ese lugar parecía absurdo: plantar árboles.
Los primeros intentos fueron un fracaso. El viento y la sequía mataron casi todos los plantones, y apenas unos pocos lograron sobrevivir. Pero insistió, junto a su esposo, Bai Wanxiang. Según medios oficiales chinos, en casi cuatro décadas lograron estabilizar unos 70.000 mu de tierra arenosa, una unidad de superficie china que equivale a unas 4.667 hectáreas.
De la arena al bosque

El trabajo era duro y repetitivo: cavar hoyos en la arena, plantar, regar y fijar cada ejemplar para que el viento no lo arrancara. Con el tiempo, Yin aprendió qué funcionaba. Al principio plantó álamos y sauces, especies que crecen rápido, pero también probó otras más resistentes, como pinos y albaricoqueros en zonas sin fuentes de agua.
Su ejemplo se extendió. Según la prensa estatal china, más de 240 familias de la región se sumaron a la plantación y desarrollaron sus propios proyectos forestales. En 2005 fundó una empresa que combina la reforestación con la agricultura y la ganadería. Recibió decenas de reconocimientos dentro y fuera de China, entre ellos el premio Somazzi en 2013.
La gran muralla verde

La historia de Yin se convirtió en un símbolo de una de las campañas ambientales más ambiciosas del planeta. En 1978, China lanzó el Programa de Cinturones Protectores de los Tres Nortes, conocido como la Gran Muralla Verde, para frenar el avance de los desiertos en el norte del país. El objetivo es completarlo hacia 2050, con una franja forestal de unos 4.500 kilómetros. Es considerado el mayor bosque artificial del mundo.
Los resultados son visibles incluso desde el espacio. Los análisis con imágenes satelitales muestran que China es uno de los países que más aumentaron su cobertura vegetal en las últimas décadas. Según un estudio del investigador Minghong Tan, la frecuencia de las tormentas de polvo en el norte de China cayó de forma significativa entre mediados de los años ochenta y fines de los noventa, y una parte importante de esa mejora se atribuye al programa. En noviembre de 2024, China anunció además que había completado un cinturón verde de unos 3.000 kilómetros alrededor del desierto de Taklamakán, uno de los más grandes del mundo.
Lo que la ciencia advierte
Sin embargo, plantar árboles en zonas áridas no siempre es la mejor solución. Un análisis de la Royal Geographical Society resume las principales críticas al programa. Muchas plantaciones son monocultivos de álamos y sauces, más vulnerables a plagas y menos útiles para la fauna. En algunas zonas, la tasa de supervivencia es baja y hay que replantar con frecuencia.
El problema más serio es el agua. Los árboles consumen mucha más agua que los arbustos y pastos que crecen naturalmente en las regiones secas. En el condado de Minqin, en la provincia de Gansu, el nivel de las aguas subterráneas llegó a bajar hasta 19 metros en algunos lugares. Incluso en la zona donde trabajó Yin, los álamos se volvieron una fuente de ingresos importante, pero también contribuyeron a reducir las reservas de agua subterránea.
Por eso, muchos especialistas sostienen que, en ambientes áridos, puede ser más efectivo restaurar la vegetación nativa resistente a la sequía, como arbustos y pastos, que plantar bosques. Desde 2012, el Banco Mundial apoyó en China proyectos que promueven mezclas de especies autóctonas.
Un símbolo con matices
Nada de eso le quita mérito al esfuerzo de Yin Yuzhen, que logró transformar su entorno con recursos mínimos y en condiciones extremas. Pero su historia también muestra que la lucha contra la desertificación no se gana solo plantando árboles. Requiere elegir las especies correctas, cuidar el agua y entender cómo funciona cada ecosistema. Es una lección que vale para cualquier región del mundo que enfrente el avance de la aridez.