Durante décadas, la meseta de Loess, en el norte de China, fue uno de los ejemplos más dramáticos de degradación ambiental. Sus montañas estaban atravesadas por profundos barrancos, la vegetación era escasa y las lluvias arrastraban enormes cantidades de sedimentos hacia el río Amarillo. En 1999, el Gobierno chino decidió cambiar aquella situación mediante un ambicioso programa de reforestación y recuperación de tierras agrícolas.
Los resultados fueron espectaculares. Las laderas comenzaron a reverdecer, la erosión disminuyó y enormes extensiones recuperaron una cobertura vegetal que parecía perdida. Sin embargo, mientras los satélites registraban el éxito del proyecto desde el espacio, otros instrumentos comenzaron a detectar algo preocupante bajo la superficie.
Las reservas de agua subterránea estaban disminuyendo. Y una serie de investigaciones ha revelado una paradoja difícil de resolver: los mismos árboles y plantas que ayudaron a recuperar el paisaje también pueden estar consumiendo parte del agua necesaria para mantenerlo.
Una de las mayores restauraciones ecológicas del planeta escondía una consecuencia inesperada

La meseta de Loess abarca aproximadamente 640.000 kilómetros cuadrados y se extiende por varias provincias y regiones del norte de China. Su suelo, formado por depósitos de partículas finas acumuladas durante miles de años, resulta especialmente vulnerable a la erosión.
Para combatirla, China puso en marcha en 1999 el programa Grain for Green, destinado a transformar tierras agrícolas de elevada pendiente en bosques y pastizales. El objetivo era estabilizar el suelo, recuperar ecosistemas y reducir la cantidad de sedimentos transportados hacia el río Amarillo. La iniciativa consiguió importantes mejoras ambientales. Sin embargo, un estudio publicado en Journal of Hydrology en diciembre de 2020 encontró que la expansión de la vegetación estaba relacionada con un deterioro de las condiciones hídricas subterráneas.
Los investigadores analizaron el periodo comprendido entre 2003 y 2015 y comprobaron que, mientras el índice de vegetación NDVI aumentaba rápidamente, el almacenamiento de agua subterránea registraba un descenso estadísticamente significativo.
La sequía subterránea también se extendió geográficamente y aumentó de intensidad. El vínculo entre ambos fenómenos fue especialmente marcado cerca de las principales zonas de restauración vegetal. Y ahí aparece el dilema: recuperar árboles y pastizales ayuda a frenar la erosión, pero esas mismas plantas necesitan extraer agua del suelo para sobrevivir.
Los satélites revelaron lo que el nuevo paisaje verde estaba ocultando

Para analizar el problema, los investigadores utilizaron datos de la misión GRACE, desarrollada por la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán. Estos satélites permiten estudiar variaciones en la masa de agua almacenada en grandes regiones del planeta mediante cambios en el campo gravitatorio terrestre.
El equipo combinó esas observaciones con modelos de humedad del suelo y mediciones de vegetación obtenidas por teledetección. Así pudo estimar cómo evolucionaban las reservas subterráneas y compararlas con el crecimiento de las plantas.
Los resultados de 2020 encontraron una correlación más estrecha entre la expansión vegetal y la sequía subterránea que entre esta última y algunos factores meteorológicos. Eso no significa que todos los árboles consuman directamente agua de los acuíferos: la vegetación también intercepta lluvia, favorece la evapotranspiración y modifica la cantidad de agua que consigue infiltrarse hacia capas profundas.
La advertencia ganó fuerza con una investigación publicada en iScience en 2024. Al analizar datos entre 2002 y 2021, sus autores identificaron una reducción media del almacenamiento subterráneo equivalente a 6,13 milímetros de agua por año en la región estudiada. También señalaron que la vegetación y la evapotranspiración eran factores dominantes en la evolución de la sequía.
China consiguió frenar la erosión, pero ahora necesita encontrar un equilibrio con el agua

La conclusión no es que reforestar haya sido un error. Los programas de restauración ayudaron a estabilizar terrenos, limitar pérdidas de suelo y recuperar importantes funciones ecológicas. El desafío aparece cuando se intenta sostener una cobertura vegetal superior a la que permite el agua disponible. De hecho, un estudio de 2025 publicado en Remote Sensing siguió examinando la relación entre vegetación y reservas hídricas durante el periodo 2003-2020, demostrando que comprender ambas variables sigue siendo fundamental para gestionar la meseta.
Una respuesta posible consiste en seleccionar especies adaptadas al clima local, combinar árboles con pastizales y ajustar la densidad de plantación a las precipitaciones. Las investigaciones también apuntan a que algunas plantaciones de crecimiento rápido pueden ejercer mayor presión sobre la humedad del suelo que otras alternativas.
El caso de la meseta de Loess plantea una lección que trasciende las fronteras chinas. Un paisaje más verde no siempre significa un ecosistema con más agua disponible. La restauración puede ser un éxito frente a la erosión y, al mismo tiempo, generar nuevos desafíos hidrológicos. China consiguió transformar una región que parecía condenada a la degradación. Ahora necesita garantizar que esa recuperación pueda mantenerse durante las próximas décadas, incluso cuando el agua disponible bajo tierra sea cada vez más limitada.