En lo que una persona tarda en trabajar, cenar y dormir, este mundo podría haber celebrado su primer cumpleaños y estar cerca del segundo. La señal detectada alrededor de KIC 9139163 se repite cada 0,60474 días: unas 14 horas y media. Eso significa que completaría más de 600 años mientras la Tierra termina uno.
El objeto se encuentra a unos 335 años luz, en la constelación del Cisne, y todavía tiene una etiqueta importante pegada al nombre: es un candidato a planeta, no un mundo confirmado. Pero si las estimaciones son correctas, estaríamos ante uno de los lugares más extremos descubiertos hasta ahora: una especie de sub-Neptuno abrasado, posiblemente rico en agua y cubierto por nubes capaces de cambiar con el tiempo.
Un “mundo de agua” que no tendría océanos

El equipo dirigido por Sylvain N. Breton combinó observaciones de Kepler y TESS con mediciones del espectrógrafo HARPS-N. Según el estudio aceptado en Astronomy & Astrophysics, el candidato tendría unas 8,4 veces la masa de la Tierra y un radio 2,43 veces mayor.
Esa combinación produce una densidad compatible con una composición formada aproximadamente por un 50% de agua. Pero “mundo acuático” no significa playas, lluvia y océanos azules. El planeta estaría situado a solo 0,0158 unidades astronómicas de su estrella, alrededor de 2,4 millones de kilómetros.
Su temperatura de equilibrio rondaría entre 2.780 y 2.960 kelvin, mientras que la cara permanentemente iluminada podría alcanzar entre 2.840 y 3.750 kelvin. En semejante horno, el agua estaría atrapada en forma de vapor, fluidos supercríticos o materiales sometidos a presiones enormes bajo la atmósfera. Definitivamente, no es un lugar para darse un chapuzón.
Lo encontraron observando cómo cambiaba su brillo

Normalmente descubrimos exoplanetas cuando pasan delante de su estrella y bloquean una fracción diminuta de su luz. KIC 9139163 b no hace eso: su órbita está inclinada de tal manera que nunca cruza el disco estelar desde nuestra perspectiva.
Los investigadores siguieron otra pista. El brillo conjunto del sistema aumenta y disminuye cada 14 horas y media, como si el planeta mostrara alternativamente su cara iluminada y su lado nocturno. Es el fenómeno conocido como curva de fase, una técnica que permite estudiar la reflectividad y la temperatura de mundos que no podemos separar visualmente de sus estrellas, según explica la NASA.
Además, las señales observadas por Kepler y TESS, separadas por seis años, no son idénticas. El máximo de brillo parece haberse desplazado de un lado al otro del planeta. El modelo que mejor reproduce los datos incluye nubes reflectantes cuya distribución habría cambiado con el tiempo, posiblemente formadas por silicatos en las regiones relativamente más frías.
Sí, pero: las nubes no han sido fotografiadas ni detectadas directamente. El propio trabajo reconoce otra posibilidad bastante menos acogedora: una superficie total o parcialmente fundida, con muy poca atmósfera, cuya reflectividad varíe según la región observada.
Está en un desierto donde casi ningún Neptuno sobrevive
Por su tamaño y su órbita, el candidato cae en el llamado desierto neptuniano, una zona tan cercana a las estrellas que la radiación suele arrancar las envolturas gaseosas de los planetas medianos. Encontrar allí un mundo rico en agua y con una atmósfera reflectante sería como descubrir vegetación creciendo en medio de un horno.
Las mareas gravitatorias indican, además, que su órbita podría estar decayendo. Eso no significa que vaya a ser devorado mañana: el estudio no calcula una fecha para su desaparición y señala que actualmente está fuera del límite de destrucción por mareas.
Antes de escribir su obituario habrá que demostrar que el planeta existe. Los autores piden nuevas mediciones de velocidad radial y proponen observar una órbita completa con el James Webb. Bastarían unas 14 horas para averiguar si estamos ante un mundo de agua hirviendo, una esfera de roca fundida o una señal que todavía guarda otra explicación.