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Ciencia

Bajo los bosques hay una red de hongos que no solo alimenta a los árboles, también reacciona al peligro. Un nuevo estudio muestra que el micelio puede enviar señales de alarma cuando el suelo se contamina con metales

Una investigación doctoral de la Vrije Universiteit Brussel analizó cómo el hongo Laccaria bicolor y los chopos responden al zinc y al cadmio. El resultado revela una relación más compleja de lo esperado: un metal debilita la simbiosis, el otro puede estimularla y el micelio parece transmitir señales de estrés a distancia.
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Los bosques no empiezan en los troncos ni terminan en las copas. Debajo del suelo hay otra arquitectura, mucho menos visible, que sostiene buena parte de su salud: raíces, filamentos microscópicos, intercambios químicos y alianzas antiguas entre árboles y hongos. Esa red subterránea no solo ayuda a absorber agua y nutrientes. También puede reaccionar cuando el entorno se vuelve hostil.

Una investigación de la Vrije Universiteit Brussel acaba de añadir una pieza interesante a esa historia. Maarten Ottaway, investigador de la VUB, estudió cómo responden los chopos y el hongo ectomicorrícico Laccaria bicolor ante la contaminación por zinc y cadmio, dos metales presentes en suelos alterados por actividades humanas. Según la universidad, su tesis doctoral muestra que esta alianza subterránea no reacciona de forma uniforme frente a todos los contaminantes: el zinc parece inhibir la colaboración, mientras que el cadmio puede estimularla en determinadas condiciones.

La alianza escondida que sostiene a muchos bosques

La mayoría de los árboles de los bosques templados y boreales del hemisferio norte vive asociada a hongos ectomicorrícicos. Estos hongos forman una red alrededor y entre las raíces: reciben azúcares producidos por la planta y, a cambio, ayudan al árbol a absorber agua, nutrientes y a resistir ciertos factores de estrés del suelo. La VUB describe esta relación como una asociación esencial para la salud forestal, pero cada vez más presionada por la contaminación metálica.

El trabajo de Ottaway se centró en un modelo concreto: Laccaria bicolor y chopos del género Populus. Esta pareja biológica se utiliza con frecuencia en laboratorio porque permite observar con detalle cómo se forma la simbiosis, cómo cambia el crecimiento de raíces y micelio, y qué genes se activan cuando aparece un contaminante.

El punto de partida era bastante directo: si el suelo se contamina con metales, tanto el árbol como el hongo sufren estrés. Lo que no estaba tan claro era si todos los metales dañaban la simbiosis de la misma manera. Y ahí apareció la sorpresa.

El zinc y el cadmio no hacen lo mismo

Según la VUB, los resultados fueron más complejos de lo esperado: el zinc debilitó la colaboración entre el árbol y el hongo, mientras que el cadmio pareció estimularla. Ottaway lo resume con una idea importante: no todos los metales tienen el mismo impacto sobre la simbiosis y la respuesta del sistema es mucho más compleja de lo que el equipo anticipaba.

El matiz es clave. Un estudio publicado en Frontiers in Plant Science sobre exposición subletal al zinc mostró que la simbiosis ectomicorrícica podía mantenerse incluso bajo exceso de zinc, pero con una reducción del crecimiento fúngico y vegetal, además de cambios en genes marcadores de simbiosis y en mecanismos relacionados con especies reactivas de oxígeno. Es decir: el sistema no colapsa necesariamente, pero sí queda tensionado.

Con el cadmio ocurrió algo distinto. En un preprint asociado a esta línea de investigación, Ottaway y sus colegas observaron que la exposición elevada al cadmio reducía el crecimiento del hongo, pero estimulaba la formación de la simbiosis entre Laccaria bicolor y el chopo. También aumentaba la expresión de genes vinculados a la simbiosis y a enzimas antioxidantes, especialmente cuando el hongo estaba en presencia de la planta.

Dicho de otra forma: el cadmio no deja de ser tóxico, pero en ese modelo parece empujar a ambos organismos a reforzar su alianza. La simbiosis funcionaría como una estrategia de supervivencia compartida.

La parte más llamativa: el micelio parece mandar señales de estrés

Bajo los bosques hay una red de hongos que no solo alimenta a los árboles, también reacciona al peligro. Un nuevo estudio muestra que el micelio puede enviar señales de alarma cuando el suelo se contamina con metales
© Vasilis Kokkoris, VU Amsterdam/AMOLF/SPUN.

La investigación no se quedó solo en medir si la relación entre árbol y hongo crecía o se debilitaba. Ottaway también estudió los mecanismos moleculares que usa el hongo para responder al estrés y ajustar su crecimiento. Y ahí apareció el hallazgo más sugerente: la exposición al cadmio puede generar una señal de estrés que viaja a través de la red fúngica, incluso hacia partes del micelio que no estuvieron en contacto directo con el metal.

La palabra “comunicación” necesita cuidado. No significa que los hongos hablen, ni que exista una conversación consciente bajo tierra. Lo que sugiere el trabajo es un sistema interno de señalización: una parte del organismo detecta el estrés y esa información se transmite a otras zonas de la red. Según Ottaway, los hongos parecen transmitir señales de estrés a distancias mayores de las que se había demostrado hasta ahora.

Esto encaja con el papel de las especies reactivas de oxígeno, o ROS, en la biología celular. En concentraciones altas pueden dañar ADN, proteínas y lípidos, pero en niveles controlados también pueden funcionar como moléculas de señalización. La tesis de Ottaway se centra precisamente en la regulación redox celular dentro de la simbiosis ectomicorrícica, con especial atención a cómo estos mecanismos ayudan al hongo a responder al estrés.

Una proteína distinta a las conocidas en levaduras y hongos patógenos

Otro resultado relevante fue la identificación de una proteína que podría participar en estas respuestas al estrés. La VUB señala que esta proteína se comporta de forma diferente a proteínas similares descritas previamente en levaduras y hongos patógenos, lo que abre una vía para estudiar mejor la biología particular de los hongos ectomicorrícicos.

La tesis identifica esa línea de trabajo alrededor de LbAP1, una proteína relacionada con respuestas al estrés oxidativo. Según el resumen académico de la VUB, LbAP1 no se comporta como YAP1 en Saccharomyces cerevisiae, una proteína de referencia en levaduras: en lugar de acumularse en el núcleo tras el estrés, aparece localizada de forma constitutiva en las puntas de las hifas.

Ese detalle puede parecer muy técnico, pero importa porque recuerda algo básico: no todos los hongos funcionan igual. Lo aprendido en levaduras o en hongos patógenos no siempre se puede trasladar directamente a especies que viven en simbiosis con árboles y forman redes extensas en el suelo.

Los bosques no son solo árboles

La lectura ecológica del trabajo es bastante clara. Si queremos entender cómo responden los bosques a la contaminación, no alcanza con mirar únicamente a los árboles. Hay que mirar también a sus socios subterráneos. Los hongos ectomicorrícicos pueden ayudar a las plantas a tolerar suelos difíciles, pero ellos mismos también sufren estrés, reorganizan su metabolismo y activan señales internas para adaptarse.

Ottaway lo plantea desde la conservación: los bosques son importantes para la biodiversidad, la regulación del clima y la captura de carbono, y protegerlos exige comprender cómo árboles y hongos responden juntos a la contaminación y otras formas de estrés.

El hallazgo no convierte al bosque en una red mágica ni confirma todas las ideas populares sobre la llamada “wood wide web”. Pero sí muestra algo igual de fascinante: bajo nuestros pies hay sistemas biológicos capaces de detectar cambios químicos, ajustar alianzas y enviar señales internas cuando el suelo se vuelve peligroso.

La contaminación metálica suele imaginarse como un daño silencioso. Esta investigación sugiere que, al menos para algunos hongos, el silencio no es tal. El micelio puede estar avisándose a sí mismo, reorganizando su relación con las raíces y activando defensas invisibles. El bosque, visto desde abajo, parece menos una colección de árboles aislados y más una red viva intentando resistir.

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