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Ciencia

Bajo los primeros 15 centímetros del suelo se esconde una red de hongos que suma 110.000 billones de kilómetros. El primer mapa global de sus filamentos revela una infraestructura esencial para las plantas y el clima que la agricultura está debilitando

Un equipo internacional utilizó más de 16.000 muestras de suelo, imágenes de cientos de miles de hifas y modelos de aprendizaje automático para calcular la extensión de los hongos micorrícicos arbusculares. Sus redes son especialmente densas en pastizales, pero disminuyen con fuerza en las tierras agrícolas.
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Bajo nuestros pies existe una infraestructura biológica tan extensa que resulta difícil expresarla mediante comparaciones terrestres. No está formada por raíces, tuberías ni organismos gigantescos, sino por hifas: filamentos microscópicos con los que determinados hongos exploran el suelo y se conectan con las plantas.

Un estudio publicado en la revista Science ha calculado por primera vez la longitud global de las redes creadas por los hongos micorrícicos arbusculares. Según estima el trabajo dirigido por Justin D. Stewart, los primeros 15 centímetros de los suelos del planeta contienen alrededor de 1,1 × 10¹⁷ kilómetros de hifas, equivalentes a 110.000 billones de kilómetros.

La cifra, explica The Times, suele aparecer traducida desde el inglés como “110 cuatrillones de kilómetros”, pero esa expresión puede generar confusión por las diferencias entre las escalas numéricas anglosajona y española. En términos más visuales, la longitud estimada permitiría cubrir la distancia entre la Tierra y el Sol más de 700 millones de veces.

Según explicó Stewart a The Guardian, una sola cucharadita de suelo puede contener hasta diez metros de red micorrícica. Su tamaño individual es minúsculo, pero la suma de todos esos filamentos convierte al subsuelo en uno de los sistemas biológicos más amplios del planeta.

Los hongos funcionan como una ampliación invisible de las raíces

Bajo los primeros 15 centímetros del suelo se esconde una red de hongos que suma 110.000 billones de kilómetros. El primer mapa global de sus filamentos revela una infraestructura esencial para las plantas y el clima que la agricultura está debilitando
© Alf Jacob Nilsen/Alamy.

Los hongos micorrícicos arbusculares mantienen relaciones simbióticas con alrededor del 70% de las especies vegetales. Las plantas les entregan parte del carbono que producen mediante la fotosíntesis y, a cambio, los hongos extienden sus hifas mucho más allá del alcance de las raíces para conseguir agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes.

La relación comenzó a desarrollarse hace cientos de millones de años y habría resultado fundamental para que las primeras plantas colonizaran la superficie terrestre. Desde entonces, estos hongos se han convertido en una pieza discreta pero decisiva de los ecosistemas.

De acuerdo con la Universidad Libre de Ámsterdam, las redes micorrícicas transportan cada año hacia el suelo una cantidad de carbono equivalente a unos 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono. Esto no significa que todo ese carbono quede almacenado permanentemente, pero sí muestra el papel que desempeñan los hongos en su circulación y permanencia bajo tierra.

Las hifas también ayudan a mantener unido el suelo, facilitan el movimiento de nutrientes y reducen la cantidad de fertilizantes que llega a ríos y acuíferos. El sistema funciona como una red de transporte microscópica que conecta la actividad de las plantas con los procesos químicos del subsuelo.

El primer mapa necesitó miles de muestras y 300.000 hifas observadas

Medir una estructura invisible y distribuida por todo el planeta no podía hacerse extendiendo físicamente sus filamentos. Los investigadores tuvieron que combinar observaciones de campo, experimentos de laboratorio y modelos matemáticos.

Según detalla la Sociedad para la Protección de Redes Subterráneas, conocida como SPUN, el equipo reunió información procedente de más de 16.000 muestras de suelo obtenidas en distintos ecosistemas. Después utilizó algoritmos de aprendizaje automático para relacionar la densidad de las hifas con variables como el clima, la vegetación, el tipo de suelo y el uso de la tierra.

El grupo del instituto neerlandés AMOLF aportó otra parte decisiva del cálculo. Según explica la propia institución, sus investigadores utilizaron sistemas robóticos de imagen para medir más de 300.000 hifas vivas y calibrar los modelos empleados en la estimación global.

El resultado no es un censo exacto de cada filamento, sino una estimación basada en los lugares muestreados y en las condiciones ambientales. Aun así, constituye el primer intento de cuantificar y cartografiar a escala planetaria la densidad y biomasa de estas redes.

Los pastizales esconden algunas de las redes más densas

El mapa muestra que las hifas no se distribuyen de forma uniforme. Según recoge The Guardian a partir del estudio, algunos de los sistemas más densos aparecen en pastizales, praderas, estepas y zonas inundables como los Everglades de Florida y el Sudd de Sudán del Sur.

Este resultado es relevante porque la conservación suele prestar más atención a los bosques visibles que a los ecosistemas abiertos y a sus comunidades subterráneas. Muchos de los lugares con una elevada densidad de hongos se encuentran poco protegidos o sometidos a cambios intensos en el uso del suelo.

Un trabajo anterior de SPUN, publicado en Nature, ya había mostrado que alrededor del 90% de los principales focos mundiales de diversidad micorrícica se encuentran fuera de áreas protegidas. Aquel mapa se centraba en la variedad de especies; el nuevo estudio añade ahora la cantidad de filamentos y la biomasa que forman.

La agricultura intensiva reduce casi a la mitad la densidad de la red

Bajo los primeros 15 centímetros del suelo se esconde una red de hongos que suma 110.000 billones de kilómetros. El primer mapa global de sus filamentos revela una infraestructura esencial para las plantas y el clima que la agricultura está debilitando
© Tomás Munita.

La cartografía también permitió comparar los ecosistemas naturales con las tierras destinadas a la producción agrícola. Según el estudio citado por The Guardian, la densidad de hifas en los cultivos es, de media, un 47,3% inferior a la registrada en ecosistemas silvestres comparables.

El arado es una de las causas más directas. Al remover la tierra, las máquinas rompen físicamente los filamentos y obligan a los hongos a reconstruir sus redes. El uso intensivo de fertilizantes también puede debilitar la simbiosis: cuando una planta recibe nutrientes de manera artificial, disminuye su dependencia del hongo y entrega menos carbono a cambio.

Según señaló Stewart a The Guardian, los fungicidas, la labranza y determinadas prácticas agrícolas a gran escala pueden interrumpir la conexión entre las plantas y los hongos. Toby Kiers, coautora del trabajo y directora ejecutiva de SPUN, advirtió al mismo medio que la pérdida de esas redes podría aumentar la llegada de nitrógeno, fósforo y otros compuestos químicos a los cursos de agua.

La solución no pasa por abandonar la agricultura, sino por diseñar sistemas que permitan conservar una parte mayor de esa infraestructura. La reducción del laboreo, las rotaciones de cultivos, las cubiertas vegetales y un uso más preciso de fertilizantes pueden favorecer la continuidad de las redes subterráneas.

El mapa convierte lo invisible en una variable que puede protegerse

Hasta ahora, muchos proyectos de restauración medían su éxito observando el regreso de plantas y animales. El nuevo atlas permite añadir otra referencia: comprobar si también se están recuperando las comunidades fúngicas que sostienen el ecosistema desde abajo.

Según explicó Kiers a The Guardian, los investigadores utilizarán los datos para establecer cómo debería ser una comunidad microbiana saludable y presentarán sus resultados ante responsables políticos en la próxima conferencia de Naciones Unidas sobre desertificación.

El mapa no convierte automáticamente a los hongos en una solución climática. Todavía es necesario determinar cuánto tiempo permanece almacenado el carbono que transportan, cómo responden las diferentes especies a las perturbaciones y qué prácticas agrícolas ofrecen mejores resultados en cada región.

Pero el estudio sí cambia la escala con la que podemos imaginar el suelo. Bajo una pradera, un bosque o un cultivo no existe simplemente tierra alrededor de las raíces. Hay una red viva de 110.000 billones de kilómetros que lleva millones de años moviendo agua, nutrientes y carbono sin que pudiéramos siquiera medirla.

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